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lunes, febrero 15, 2010

Que resucite Manolo Fábregas o mis legisladores

La película, Mecánica Nacional, se filmó en el año de 1971. Es un muestrario de lo que somos los mexicanos fatigados, vividos, educados y también nacidos en esa época. Luis Alcoriza, el director, apreció tal vez mejor que otro, en aquella década, el “alma” de la nueva familia mexicana. El filme, financiado por Producciones Escorpión, apostaba a los últimos destellos de la gloria del cine mexicano. Después, las ficheras y para los ochentas, reinó la decrepitud de la industria. Golpe que aún duele.

Mecánica Nacional, esa comedia que nos hizo risibles al ver nuestras taras heredadas, puede ser escuela o botón que remiende costales por donde el dinero se convierte en arena. Si los diputados nos representan, algo deben tener de nosotros:

“Qué poca, ma… nera de cumplir. Pobre país. ¿Cómo vamos a progresar y desarrollarnos con tipos como ustedes? Sin responsabilidá, sin decencia, sin…” (Habla el personaje que encarnó Manolo Fábregas, un talachero llamado Eufemio).

Aunque es un cabrón bien hecho, delante de su madre, como buen mexicano, Eufemio se quiebra. Sara García encarna a ese bitoque quejumbroso de doña Lolita, la abuelita necia que se muere por una indigestión: “Pa cuidar la casa, sí soy buena, y pa criar a estas malcriadas. Pero que de sale algo bonito: ‘Ahí que se quede con la gata, la mmmm.. vieja.”

Hasta parece sesión de legisladores en comisiones cuando se rifan el titipuchal de viajes… perdón: de comisiones. Unos se enojan, otros renuncian, otros se sienten y al final todos van sobre el mismo erario, perdón: sobre el mismo coche. Y saludos, desde aquí abajo, a los muertos que actuaron en Mecánica Nacional y a los vivos, pues que vivan muchos años y el cine que también les tocó vivir. A qué doña Lolita, vieja zorra, ella quería que la llevaran donde sobra la comida y hay chisme. Y como dicen en mi pueblo: “Se iba a morir de una pedorrera cuata, verdad de Dios.”

domingo, enero 24, 2010

Nazarín, de Luis Buñuel


Luis Buñuel, cineasta español que vivió muchos años en México, filmó en este país, en 1958, una versión, una lectura suya, a la novela Nazarín. La película cumplirá dentro de poco, más de cincuenta años. Sin que eso le agobie, se le exhibe como una gloria del cine nacional. Ese es un indicador de que los mexicanos somos generosos con los genios, vengan de donde sea… con los demás, nos portamos igual de mezquinos.

Pues en una de las escenas de la película Nazarín, en los primeros minutos, hay un diálogo que destierra la figura del cura desdichado y muerto de hambre como un santón del desierto. Al ver la pobreza y la miseria en que vive el padre Nazario, un rico le pregunta, tras indagar que al padrecito no le interesan los bienes materiales, que si regalarle unas monedas no sería ofender su dignidad sacerdotal. El cura dice que no, pero su rapiña la oculta con ojos de santo y cara de Cristo apaleado hechos con pasta de olotes… pero en la película se supone que si el padre no se ofende, es porque el dinero será para los pobres.

Y así es, lo “roban” y “saquean,” no le mendigan; el limosnero es él. Pero no se queda con ninguna ganancia; es tonto o se trata de un santo. La necedad del señor don Quijote, quien daba y defendía, a pesar de escupir las muelas. Al padre Nazario, aquellas monedas de plata, que al rico no le sobraban pero que para el cura se trataban de una fortuna, no llenó su barriga, sólo “manchó” el orgullo de quien no se niega a trabajar, pero acaba por ser el pelele de todos.

Ah, si esos limosneros de lujo, que saben poner de cara de santo-Cristo fueran un poquitín de tontos como el padre Nazario o se atrevieran a dejar un poco para los pobres, que a fin de cuentas por eso se lo dan, pues viviríamos en otro país, uno más tolerante. Si fuera así, nada más nos contentaríamos con “ver” las magníficas actuaciones de Francisco Rabal, Marga López, Rita Macedo y don Ignacio López Tarso y un titipuchal más, mis contertulios…