miércoles, octubre 19, 2005

La consigna Madrazo


Conforme pasa el tiempo y la situación de la sucesión presidencial entra a sus rectas definitorias, al electorado le está quedando muy claro que sea del partido que sea, el siguiente presidente de México tendrá como perfil el capricho, la bajeza y el desinterés por servir a un país cada vez menos esperanzado en su clase política. Y el panorama se oscurece si nos percatamos de los acontecimientos: firmas de pactos de civilidad, reunión de sectores privilegiados del país —al fin hasta en las repúblicas más austeras quedan signos de aristocracia— para delimitar al futuro mandatario cuál es la postura de lo más granado de la sociedad (Pacto de Chapultepec).
La creciente demanda de escribirlo todo, de constarlo a través de los papeles quizá pudiera semejar que el sistema político mexicano entra a pactos de civilización, que el retintín de la democracia, a 15 años de existir una instancia con autonomía y autoridad para servir de árbitro en las elecciones, es una seguridad. Pero hay que observar detenidamente que los pactos se están constituyendo a partir de un principio casi básico: la no agresión. Esto muestra un escenario de debilidad, la vulnerabilidad del sistema ante la inexistencia de una fuerza capaz de mantener a raya las ambiciones de los distintos grupos que se disputan el poder.
La derrota del PRI, en el año 2000, puso de manifiesto que la vieja maquinaria del estado fincado a partir de la guerra civil de 1910 necesitaba más que una aceitada, un cambio en la mayoría de los engranajes. El partido del régimen de 70 años, al perder su postura de triunfo iba a requerir no sólo de una reestructuración sino de un santón o un Mesías que evitara la desbandada y asumiera el sentimiento de la pérdida y a la vez, que impusiera un orden. Precisamente, la finalidad del partido de Estado surgió para evitar los pronunciamientos militares y las inconformidades; si al Revolucionario Institucional se le quiso ver como un mero partido político, ese fue el primer error. Se trató de una cohesión de fuerzas que aglutinó a una cuidadosa selección de poderes en todos sus niveles.
Ahora, cinco años después, la esperada figura de alguien que lograra imponer orden no existe, porque los dirigentes no supieron o no pudieron acordar el reparto de utilidades y todos se pensaron, primero muy poderosos y luego muy indispensables. Si fue pecado de soberbia es notorio que nada puede enmendarse y los signos vitales de quién será el candidato son más claros aún. Roberto Madrazo está echando mano de todas las estrategias posibles, sucias y limpias. Arturo Montiel está congelado, al menos para la clase política (una muestra de ello fue la ausencia de la gente bonita en su fiesta de cumpleaños, el pasado 15 de octubre) y el grupo que lo apoyó para ser precandidato, la Unidad Democrática, se desperezó, de buenas a primeras, caído el exgobernador mexiquense todos los demás se anotaron como tercera opción. Y ellos son los gobernadores, de Nuevo León, Natividad González Parás, y de Sonora, Eduardo Bours, además de los senadores Enrique Jackson y Emilio Gamboa.
¿Todos contra Roberto Madrazo, el siniestro o el diestro?