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domingo, abril 26, 2009

Los presidentes… Julio Scherer


En el año de 1986 se hizo el lanzamiento de Los presidentes, del periodista Julio Scherer García. Fue un libro no exclusivo pero dirigido sobre todo a los mexicanos que ya estaban en edad, privilegio y obligación de producir y tomar las decisiones que, para bien o para mal, nos afectan. A más de veinte años de distancia, en febrero de 2007, el grupo editorial Mondadori reeditó la obra y como apuntaba en un ensayo reciente —que nada tenía que ver con Scherer, pero sí con una reedición de historia,— su lectura nos permite, a las nuevas generaciones (que comenzamos a responsabilizarnos por la marcha de este país) tener la misma versión pero con una visión diferente a la que mereciera la primera edición.

La utilidad de un libro de memorias, como Los presidentes, es siempre harto compleja. Su valor es apuntalado por el peso de la firma y de allí puede iniciar la carrera por las valoraciones que reciba. Julio Scherer es un personaje con privilegios puesto que atestiguó momentos de la vida pública cuando en este país, las sonajas del presidente de la república eran las únicas que merecían atención, así emitieran música o ruido.

El testimonio del periodista carece del rigor que se le exige o se espera de un historiador, pero a diferencia de los segundos, el lector supone que la fiabilidad de la palabra del periodista descansa primero en asumir y dar por hecho la no revelación de sus fuentes. A los años de distancia para con este libro, las fuentes que empleó Scherer no son claras, puesto que nunca las dice, pero lecturas posteriores de testimonios de periodistas que fungieron como directores de medios me aventura a una primera suposición: las agendas y la memoria certera y fiable de las secretarias. Antes de caer en la tentación de hacer “literatura” y evitar especulaciones, escribo la suspicacia. Federico Arreola, quien fungiera como director del periódico Milenio, anota con reiteración que los testimonios escritos en su libro 2006 La lucha de la gente contra el poder del dinero, vienen de fuentes para él fiables. En los dos primeros párrafos del capítulo dos, por ejemplo, anota:

“… la memoria es el reloj vital del individuo. La memoria lo es todo, en particular si uno no cuenta con la ayuda de apuntes o con el apoyo de esos cuadernos utilísimos llamados agendas, que las secretarias diligentes guardan con todo celo.

No recuerdo la fecha exacta de lo que en seguida voy a contar. De estas cosas nadie toma apuntes y nadie las deja en una agenda porque nadie, en una situación así, supone que se verá obligado a escribirlas en el futuro. Por lo tanto redacto de memoria, pero convencido de que no he olvidado los hechos fundamentales.”


La transcripción vale un dardo de humor negro. Allí está, para el lector, la palabra empeñada del periodista que asegura lo que no se perdona al historiador: fiarse de sus recuerdos. Menos aún, cuando el historiador escriba de lo ocurrido siglos atrás, pues aún no había nacido. Sin alargar teclazos en el asunto, los testimonios deben leerse no como la verdad a pies juntillas sino como una versión de los hechos que pretenden narrarse.

Sean de Arreola, de Julio Scherer o del conductor que piloteaba la camioneta blindada, se trata de atestiguaciones. Y aunque el fundador del semanario Proceso, a veces es más precavido, no queda libre de que su lector caiga en la tentación de preguntarse si todo lo que se le cuenta fue verdad. Mucho menos cuando pensamos, por mero oficio de acercamiento a la lógica, si aún en el año de 1986 era posible tocar la piedra de la que manaba no sólo agua del mito presidencial sino la decisión de apoyar o exterminar a un medio o a un periodista que osara echar piedras a la mansedumbre en que se pudrían las aguas del poder.

PRESIDENTES… SIN HIELO, QUE VOY A CANTAR

El libro de Julio Scherer posee la estructura de una larga charla, con alientos, pero al fin duradera. El estilo es sobrio sin caer en la pesadez del ensayo erudito. Se trata más bien de un anecdotario y como tal, rompe y rasga en cualquier momento. Como se indica en la contraportada: “…su escritura está animada por los recuerdos puntuales de sus conversaciones, encuentros y desencuentros con los protagonistas del poder en México, en este caso los presidentes priistas Díaz Ordaz, Echeverría, López Portillo y De la Madrid”.


En Los presidentes no hay retratos intencionales ni capítulos definidos para acceder al conocimiento de un periodo presidencial en particular. Esa característica lo aleja de las tentaciones de quienes pretendieran acercase al libro como uno de texto-escolar. El hilo conductor de la cronología es endeble, la mayoría de las veces, pero eso no desmerece de la narración del periodista. Independientemente de su valor como un documento testimonial, hay que pensar antes en los lectores para quien el libro fue escrito y esos mexicanos contemporáneos de 1986 no requerían una detallada guía de quiénes habían ejercido como sus anteriores presidentes.

Para los personajes allí esbozados, la valoración del periodista. Leamos una transcripción de las páginas 110 y 111:

“…Echeverría y López Portillo parecían distintos y eran iguales, pavorreales ambos. Echeverría ocultaba sus plumas y se mostraba estricto con él mismo, sin espacio para la vanidad. López Portillo desplegaba sus alas y las exhibía orgulloso bajo los rayos del sol”.

Durante el texto, aquí y allá los hilvanes de la memoria.

Lo que pensaron los lectores de entonces y la recepción del libro es un trabajo propio de historiador. La lectura reciente es una muestra de cómo se tejieron, según lo escrito por el propio Scherer, la red clientelar entre el director de uno de los medios más influyentes para las mentalidades en México (como lo fue en su momento el periódico Excélsior) y las personas que ostentaban un poder casi feudal, casi absoluto.

El libro que hoy nos ocupa, tiene además una referencia directa con los oficiales del periodismo y con los estudiantes del mismo. No se trata de un catálogo de diplomacia que facilite la cercanía entre los periodistas y las redes de poder pero sí un prontuario mediante el cual se accede a las posibilidades de acercamiento entre los que dicen y los que hacen. Antes de caer en telarañas, cual moscas vulgares, hay que considerar que Julio Scherer dirigía un medio de peso, el periódico Excélsior y luego, tras su apabullante salida, fundó el semanario Proceso. El personaje no fue un director de pasquines y mucho menos de las emergentes páginas electrónicas que conocemos hoy y eso le permitía las notas con las que ahora, algunos quijotes de la información pudieran llegar a confundir con una carta abierta y cínica: el derecho casi al picaporte en la oficina presidencial.

En Los presidentes, la noción de la exclusiva mueve apenas las cuerdas que accionan el levantamiento del telón. La información exclusiva lo es en la medida que se propicia el acercamiento con los personajes que son claves. Hay una frase en la página 58 de la reedición: “No quiero imaginar lo que puedo saber, general. Cuénteme”. Si la pregunta es llave, la muestra del autor es que sabe cuándo y a quién preguntarle; al menos así lo escribe.

En este libro de testimonios la técnica está presente. La memoria es un banquete que se sirve con varios platos. Muestra de ello es que ante las posibles lagunas, el autor tiene a mano a otros testigos y cuando los entera que hace un libro, les solicita que entreguen un escrito donde expliquen su versión. Palabra de autor y de sus amigos, ¿quién los desmentiría?

Para finalizar y como una nota amable para los colegas y desatenta para el erario, voy a referirme a que en Los presidentes me encontré con el origen del “chayote” o el embute. El testimonio, por escrito, lo entregó el reportero Elías Chávez. En las páginas 158-159 se lee…

“Informado Elías Chávez de la preparación de este libro, le pedí pormenores sobre el embute en las fuentes reporteriles. Se remontó a Díaz Ordaz y remató con la campaña de la renovación moral. Fruto de sus conocimientos y experiencia son estas cuartillas estrictas:

El chayote florece a su máximo esplendor desde que Gustavo Díaz Ordaz institucionalizó su irrigación. Mientras el entonces presidente de la República pronunciaba un día de 1966 el discurso inaugural de un sistema de riego en el estado de Tlaxcala, entre los reporteros corría la voz: ‘¿Ves aquel chayote? Están echándole agua. Ve allá’.


Allá, semioculto por la trepadora herbácea, un funcionario de la Presidencia entregaba el chayote, nombre con el que desde entonces se conoce el embute en las oficinas de prensa”.


El mismo Scherer, en su muy posterior libro La terca memoria (2007), escribiría una frase: “El chayote espina, pero alimenta”.


martes, enero 20, 2009

Pamuk: Estambul, Ciudad y recuerdos


Rafael Carpinteiro tradujo Estambul, Ciudad y recuerdos. Se trata de un sabroso libro de viajes, amores, filias, rencores y memorias del escritor turco Orhan Pamuk. Escrito antes de que se le concediera el premio Nobel de Literatura, la ciudad se transforma en un dibujo que no sitúa al lector en mero consultante de guías turísticas.

La Estambul trazada por Pamuk ofrece una ciudad observada por un habitante permanente. Quizá la cita que inicia el libro será la llave para abrir cualquiera de los treinta y siete capítulos: “La belleza del paisaje está en su amargura”, pertenece a Ahmet Rasim.

Pamuk recrea una ciudad a partir de su elección personal y de fotografías. Es una biografía bien nutrida con la historia y la literatura. Sus capítulos son una limpia clave para comprender la edificación de la memoria: familia, amigos, vida cotidiana, arte y los paisajes que escapan al visitante oportuno.

El escritor no esconde sus filias: “¿Dependencia por una casa en particular? Puede. Porque cincuenta años después sigo viviendo en el mismo edificio. Más que por las habitaciones y la belleza de los muebles, la casa es importante para mí porque es el centro del mundo que tengo en la cabeza” (p. 109). Poco después, proporciona uno de los detonantes de su texto: “Escribí este libro conversando y discutiendo con las obras de cuatro autores, que descubrieron y desarrollaron esta imagen fantástica a trancas y barrancas, a fuerza de coincidencias, lecturas y paseos” (p. 129).

En el libro no hay enemigos, pero sí una recurrencia a la amargura permanente. “El que Estambul esté dividida entre la cultura tradicional y la occidental, y entre una minoría inmensamente rica y los suburbios, donde viven millones de pobres, y el que permanezca constantemente abierta a una inmigración permanente, ha provocado que en los últimos ciento cincuenta años nadie sienta la ciudad como su verdadero hogar” (p. 137). Esto lo confirmará el mismo Pamuk en su ejercicio literario, en la novela Nieve (2005) que, si bien no se refiere a Estambul, se relaciona estrechamente con la Turquía contemporánea.

Concluida en 2003 y publicada tres años después en su versión castellana por Mondadori, Estambul, Ciudad y recuerdos, es un buen pretexto para un viaje iniciático. Más bien dicho, para dos periplos, el del autor y el del lector que, auxiliado por las fotografías que complementan al libro, todo lo vuelve a fundar.

La traducción de las 436 páginas es impecable. La escritura de Orhan Pamuk es elegante aunque a veces el fraseo obliga a releer algunas líneas. Pero con este libro, la composición del escritor turco muestra que a pesar de la constante amargura y que, como escribiría Neruda: “la patria está de duelo”, no hay mejor forma de conocer una ciudad que de la mano con sus habitantes.


martes, octubre 21, 2008

El miedo a los animales, de Enrique Serna




No hagamos demasiado ruido; él podría despertarse. Todos nos hemos rendido al sueño, al cansancio o al aburrimiento. Las cosas son diferentes cuando sucede en las horas de trabajo, pero quién mejor que perfeccionar la técnica de dormir a pierna estirada y con el periódico sobre la cara que el cínico de Evaristo Reyes. Un tipo que en su juventud fue un reportero con ambiciones y que para escribir el libro de su vida renunció al periódico e ingresó como agente judicial.

El miedo a los animales es la novela en la que Evaristo Reyes lleva el papel central. Se trata de un romántico agente judicial a quien su jefe encargará esclarecer ciertas difamaciones que un “gacetillero lumpen” lanza en contra del Presidente de la República. Antes no había ocurrido nada porque nadie leía lo que el pobre diablo escribe en la sección cultural de un periódico casi inexistente. El agente lo busca pero al otro día, el reporterito con ínfulas de escritor aparece muerto.

La historia apenas comienza y los lectores de El miedo a los animales, podrán constatar que la leyenda impresa en la tapa del libro no defrauda: “las bajas pasiones de la élite intelectual en una intriga policiaca irreverente y demoledora” son palabras de mero anzuelo. Lo que viene es corrosivo, la escalera hacia la fama literaria en México y los peldaños cundidos por serpientes. Una novela facturada a la manera clásica de una historia policiacia pero con un humor negro desbordante.

Escrita en 1995 por Enrique Serna, El miedo a los animales confirma la capacidad de un escritor que no se amedrenta frente al exclusivo cerco intelectual que regentea la cultura en México; el que reparte becas y se juega a los dados o sobre batallas de colchón las plazas de la administración pública. De Serna hay que destacar su atisbo al sesgo histórico con novelas como Su alteza serenísima y Ángeles del Abismo. Deslumbró luego con Fruta verde.

Para beneficio de los lectores de Enrique Serna, los de siempre y los que están por descubrirlo, la editorial Punto de lectura ha reeditado la obra. El miedo a los animales reaparece tras casi trece años de haber sido escrita, pero su vigencia es exacta. La obra está compuesta por 16 capítulos y cada uno de ellos se trata de una atinada muestra del oficio del buen narrador, un lenguaje sencillo que no permitir el detenimiento de la lectura hasta el siguiente capítulo.

El miedo a los animales, de Enrique Serna, tiene 296 páginas en formato bolsillo y fue impresa por Punto de Lectura en septiembre de este 2008. Su precio ronda los cien pesos y dejemos una frase de la novela, como dentro de una botella lanzada al mar: “Mientras más conocía el medio literario más desconfiaba de las reputaciones y los prestigios. ¿A quién creerle, si en público todos eran lo máximo y en privado se arrancaban las vísceras?” (p.152).

Eso le digo yo, pero es mejor que usted lo juzgue

martes, enero 08, 2008

Tabucchi: La línea del horizonte

“…si uno no tiene valor para seguir adelante
nunca entenderá nada., se verá obligado únicamente a
jugar durante toda la vida sin saber por qué”.

Spino a Harpo. Capítulo 15

El aroma que se percibe es marino, pero acaso la brisa que se convierte en caricia arrastra la cierta desolación de la nostalgia. Y probablemente porque se trata de una ciudad vieja o mejor dicho, de lo que sucede en la parte vieja (“histórica”) de una ciudad italiana con puerto, Génova, se aventura a explicar el editor y lo deducirá el lector cuando algunas descripciones coinciden con lo que existe en la capital de Liguria. Pero ante los ojos del escritor italiano Antonio Tabucchi (1943), esta es una ciudad triste, apartada de su trajín vivaracho, de su acuario, de su mar Mediterráneo… no hay el ir y venir de los hombres provenientes de los siete mares, no hay ruido, tan sólo las pisadas de Spino, un médico forense que un día decide comenzar a indagar la existencia de alguien.

Navegar por los veinte capítulos de la novela La línea del horizonte (publicada por primera vez en 1986, bajo el título Il filo dell´orizzonte; la traducción al español es de Joaquín Jordá), de Antonio Tabucchi, no es viajar a la Génova literaria —el autor jamás la nombra, sólo la “induce”— sino adentrarse a los mundos que el escritor ha sabido plantear en novelas como Se está haciendo cada vez más tarde y Réquiem; historias donde el lector participa del engaño literario pero disfruta la magistralidad con que se plantea. Las obsesiones de Tabucchi son los personajes solitarios a quienes el lector va tomando un aprecio muy próximo a lo familiar, porque a través de las páginas los personajes se van completando, se tornan redondos y cuando termina la lectura uno tiene la sensación de haberlos conocido desde siempre. ¿Cómo olvidar al rechoncho periodista que camina por las calles de Lisboa con su bastón en la mano, en la fascinante Sostiene Pereira? Ese es uno de los numerosos méritos del que es considerado el mejor escritor italiano de su generación.

En La línea del horizonte (Anagrama) se cuenta la historia de Spino, un hombre maduro que trabaja en el servicio forense del viejo hospital céntrico, un nosocomio olvidado de las cuentas de las autoridades sanitarias y que sirve únicamente para el depósito de cuerpos. Sabemos que el inmueble es un vejestorio enquistado en una parte poco amable de la ciudad, porque a la salida de su trabajo Spino debe sortear las calles que son más transitadas por inmensas ratas que por las prostitutas que ofrecen sus servicios. Fuera de allí, una vida cómoda, apacible; el forense, ya entrado en años, tiene una novia, Sara, quien le corresponde tanto en la cama como en las terrazas de los cafés, pero no deciden a vivir juntos porque: “…es una lástima que se hayan conocido tan tarde, cuando la suerte ya estaba echada; está segura que con él habría sido feliz; puede que él piense lo mismo, pero para reconfortarla le dirá que no, una cosa es ser amantes y otra cónyuges, lo cotidiano es el peor enemigo del amor, lo tritura” (capítulo 2).

Apenas en el segundo capítulo todo parece indicar que se trata de una novela convencional, burguesa. Ocurren aún cuatro capítulos más que van preparando al lector para la verdadera historia que flota en la superficie de La línea del horizonte. Sí, en el segundo párrafo del capítulo 7 hay una frase contundente: “Spino comienza a fantasear”. No se trata de un maduro que se torna en loco sino de un médico que descubre la necesidad de averiguar la identidad de un cadáver que él mismo ha recibido, ha colocado en el dedo gordo del pie el hilo del que pende la boleta y ha cerrado la gaveta. Es el cuerpo de “…un joven que aparentaba entre veinte y veinticinco años, barba castaña, ojos azules, delgado, estatura media”, pero un desconocido, porque los documentos que se le encontraron eran falsos.

Spino tiene la oportunidad de averiguar, pues finamente es quien tiene acceso al cadáver y a las escasas pertenencias con que lo llevaron. ¿Se interesa en una historia ajena porque nadie reclama el cuerpo del joven? Las pesquisas inician y con ellas, la reconstrucción de toda una historia. Un cura le pregunta al forense: “¿Por qué quiere saber algo sobre él?” y su interlocutor responde: “Porque él está muerto y yo estoy vivo” (capítulo 8).

Después vendrá el viaje que a la vez se trata de una retrospectiva. Spino comienza sus averiguaciones y la etiqueta de la chaqueta lo conduce a un sastre, el sastre a un contable que “tiene el aspecto de quien ha escrito durante toda la vida cartas a países lejanos” (capítulo 12), el contable le ofrece otra pista, una escuela-internado de poca ralea que dirigía la señorita Elvira, una anciana que todo lo guarda y apenas si tiene recuerdos del pequeño Carlito o Carlino… luego la camarera de una panadería, un vendedor de remedios herbolarios, un mensaje esculpido en una lápida y una gaviota que parece hablarle al cada vez más desorientado Spino. Al final, nada o tal vez el descubrimiento de los nexos.

La gran lección que plantea Antonio Tabucchi es que la búsqueda del otro culmina cuando uno se encuentra con la propia historia. Spino descubre la fuerza de los nexos, la presencia que significa sólo cuando observamos y pensamos las cosas. El mundo es una constante lectura de cada mirada.


lunes, enero 07, 2008

Rosario Tijeras: novela y filme

Los besos de la mujer anhelada provocan cientos de metáforas, pero al final todas apuntan hacia descripciones que deben emparentarse con la delicia o la belleza. Surge el contraste justo cuando el herido por el amor declara al fin que los besos de ella tienen sabor a muerto, a muerte. Una joven y atractiva colombiana, mezcla de sicaria y puta de lujo que sabe más de bazucos y rezar balas que de los mismos rezos, logra embollarse con dos jovencitos de la clase alta de Medellín y luego, con un ritmo vertiginoso, se corren por los torrentes de las aventuras de la droga y las desventuras del amor. Drogas, sexo y tres jóvenes; violencia, brutalidad y Medellín; una ciudad que se ha convertido en símbolo del vacío emocional, el bajo mundo del narcotráfico y la leyenda de una hermosa que comanda según los caprichos de la humedad que destila su sexo. Es Rosario, hija de un barrio pobre y de un medio que la ha obligado a fraguarse una historia signada por la pericia con que usó las tijeras para mutilar “las huevas” de un tipo que la había violado.

Rosario Tijeras fue publicada hacia el año de 1999. Su autor, el colombiano Jorge Franco Ramos (1964), mostró la pericia de hilvanar una novela corta que cuenta el ambiente de los sicarios de Medellín y a la vez rescata de crudeza al relato al inmiscuir a su protagonista en un trío amoroso. Se trata de una escritura ágil, pero no escapa a la forma constante en que presentan los dieciséis capítulos: Rosario Tijeras en el quirófano de un hospital, el amante no aceptado pero al tanto de la vida de ella y los recuerdos de éste, como remolinos, enteran al lector sobre los cómo y por qué se encuentran allí, esa madrugada detenida acaso por las manecillas de un reloj que siempre marcan las cuatro y media.

Lejos de criticarla sólo por la constante de las licencias literarias de las que no se escapa, Rosario Tijeras viene a sumarse a uno de los varios testimonios ficticios que se han encargado de mostrar a una región del planeta como un muestrario de la violencia imperante a partir del narcotráfico. Medellín, como tiempo y espacio del que se genera literatura, brinca a la república de las letras de dos décadas a la fecha gracias a trabajos como el de Franco Ramos y a los de Fernando Vallejo (La virgen de los sicarios, El desbarrancadero y también son novelas cortas), por mencionar sólo a dos autores que luego de sus historias, han logrado el peso en sus firmas. Y si no es un espejismo o reflejo de realidad, sí puede tratarse de lo anotado por un crítico literario español que se refería a esta corriente novelística colombiana como la vendimia de postales brutales que son tan bien recibidas en círculos donde la pobreza y la miseria no se advierten con tanta facilidad.

La novela de Jorge Franco Ramos ha sido traducida a varios idiomas, muestra incuestionable de que se lee. La historia se ha exprimido para aprovechar su pasaje a la cinematografía, pero quizá el zumo no fue lo suficientemente bueno como para obtener audiencia y ganancias por demás gratificantes. Rosario Tijeras (bajo la dirección de Emilio Maillé) fue llevada a la pantalla grande en el 2005 y se estrenó en México allá por marzo del siguiente año. Fue una producción de México, Colombia, España, Francia y Brasil; un “thriller” de poco más de dos horas en que el guión, dirección y fotografía no lograron tramar el relato fílmico y sólo para los conocedores de la versión novelística los “símbolos” empleados apenas si tenían eco suficiente como para desentrañar el conflicto de la situación planteada.

Acaso la belleza y la aparente soltura de Flora Martínez (quien protagoniza a Rosario) fue el atractivo de la película. La historia se desarrolla con más bien pocas habilidades de las que permite la narración audiovisual y los espacios abiertos que puedan recurrir a Medellín son muy vagos. A diferencia de un filme estremecedor, como La vendedora de rosas, rodada en 1998 bajo la dirección de Víctor Gaviria y con la inolvidable actuación de Lady Tabares; Rosario Tijeras se queda en la antesala del “thriller” con visos a un documental-ficción.

El filme de Maillé, sin embargo, sortea algunas escenas con un humor que no está implícito en la novela de Franco Ramos. Las secuencias de los funerales del sicario Johnefe, hermano de Rosario, son por demás conmovedoras e hilarantes. Un muerto se merece su última rumba, dice Rosario al consternado Antonio. El espectador se desternilla cuando el cadáver del sicario es transportado casi con una pompa militar a los lugares que suponemos más frecuentaba o le gustaban; en una dicoteca o burdel, una solícita nudista le rinde al fiambre el último placer de que una mujer le baile desnuda.

Rosario Tijeras es una recomendación doble. Si antes sucede la lectura, el filme ofrece la versión en color y con personajes más concretos; si primero es la cinta, la novela será inigualable para comprender la historia.


jueves, diciembre 20, 2007

Una jerigonza pa don Gabo, “voyyyyyyyyyy”

Lea y si le entiende, felicidades. Esfatafa cofolumfunafa prefetenfedefe ifinificifiarfa confo ufunafa cifierfetafa jeferifigonfozafa porfo defemasfa tonfotafa. Usted acaba de leer una “jerigonza”, que antes que tener un significado, pues se trata de una de esas palabras extrañas que no se pegan con facilidad en la punta de nuestras lenguas y por eso la desterramos del uso cotidiano. Ahora bien, significa, a grandes rasgos, un: “Lenguaje de mal gusto, complicado y difícil de entender”. También se trata de una jerga de lenguaje o en otras palabras, menos de diccionario y más coloquiales, pues el caso es darle en toda pero todita la madre al idioma. Y es que una cosa será mostrar las jerigonzas en dos líneas y otra muy diferente querer traducir las obras literarias a sus caprichosos dictámenes. Imagínese la Divina comedia, el Quijote, Los miserables y La guerra y la paz escritos en cantataletita de las “efes”, más que eso, suponga que tras cometer esas mamarrachadas, esos legajos encontrarán lectores.

Pero es que hay personas que son tan, por qué no decirlo así: tan “inquietas”, que sus ansiedades se contagian a los demás. Quizá cuando uno de la raza de los inquietos dice que algo trae en la cabeza, pues la idea es buena, sólo como idea, pero el llevarla a la práctica tiene sus bemoles. En Veracruz somos bien certeros con esos juicios sobre las personas que siempre andan pasándose de hiperactivas y por su misma naturaleza, se adelantan a cualquier acción, sin pensarla y muchas de las veces sin tener el mínimo de experiencia. Aquí les llamamos “pendejos con iniciativa” y si les pusimos así es porque abundan en todos los oficios, pero como que esa plaga se logra mejor entre los asesores de los políticos y visto está, que no sólo en Veracruz sucede… en Nezahualcóyotl, municipio conurbado a la ciudad de México, a algún pendejo con iniciativa se le ocurrió apantallar al jefe (al alcalde) y susurrarle que la harían de miedo si trasladaban algunas frases de Cien años de soledad al lenguaje cuico.

Jugar con las frases predilectas de una novela, sacarlas de su contexto y acomodarlas a donde se nos antoje, pues no representa grandes peligros, porque sucede lo mismo que con los chistes personales; únicamente se entienden dentro de un contenido determinado. Cuando los experimentos se pretenden inculcar a los demás, entonces sí es necesario medir, antes que su impacto, su viabilidad, prudencia. A ver, ¿qué caso tiene realizar el pasaje de algunas frases de la novela más famosa de Gabriel García Márquez y sólo con la finalidad de motivar a su posterior lectura? Con más pausas, los experimentos son así: “Muchos alfas posteriores, frente al grupo que hace 44, el coronel Aureliano Buendía hacía 60 de una tarde remota en que su progenitor le hace 26 a 62 el hielo”. Si a las autoridades de Nezahualcóyotl que convencieron no sólo para hacerlo, sino para cacarear el huevo, no les explicaron que de esa forma sus policías jamás leerán la obra de don Gabo, pues tampoco les dijeron que hay una palabra precisa: desmadrar.

¿No es más sencillo crear una verdadera campaña de lectura, sentarlos en un aula para trabajar con una persona capacitada, a las que suele llamarse “promotores de lectura” y leer de verdad una novela, cualquiera (incluso, las policíacas de Paco Ignacio Taibo II serían más interesantes) y poco a poco ir llenado el cántaro? Pero eso no relumbra, no suena igual que si los señores autoridá concretizan una real cruzada en pro de la alfabetización de los cuerpos de policía. A los señores gendarmes les dan atole con el dedo y los funcionarios se solazan tras pensar que la gran idea la han vendido como la fórmula secreta de la coca cola.

Hay una ventaja que como gota de mercurio, al estrellarse contra una superficie, se divide para crear “ventajitas”. La primera es que sólo se trata de una actividad de relumbrón, sin pena ni gloria. La segunda es que en ciudad Neza —o Nezahualcóyotl— no habrá mejores custodios del orden sólo por el hecho de haber mal leído y peor entendido la pedacería de una obra literaria. La tercera y creo que es la mejor: qué bueno que los balbuceos de los asesores, esos pendejos con iniciativa, no llegarán a Los Pinos… imagínense que se les ocurre aconsejar al presidente de emitir un decreto en el que se autoriza “trasladar” una estrofa del himno nacional a rimo de rap o de hip-hop, sólo para que los muy jóvenes lo canten con gusto.

Y a todo esto. ¿Qué dirá el muy estimado señor don Gabo?



lunes, diciembre 10, 2007

La Guadalupana en la ficción

La novela Los años con Laura Díaz, de Carlos Fuentes, fue publicada por vez primera en el año de 1999. Durante la campaña publicitaria el autor dijo a varios entrevistadores que se trataba de un ejercicio en que pretendía la novela total, mostrar un siglo XX mexicano que no estaba ni estaría consignado jamás en los libros que reproducen la versión oficial de la historia. Esta totalidad, viene sólo del discurso de un Fuentes que se ha empecinado en tomar el pulso imaginario de un país que a pesar de todo, a veces es mejor imaginarlo. A continuación, de Los años con Laura Díaz, transcribo algunos fragmentos del capítulo XIV, titulado “Todos los sitios, el sitio: 1940”, donde hay menciones directas al fenómeno de la virgen de Guadalupe.

“…en la primera fila de bancas de la Basílica, frente al altar de la Virgen cuya imagen enmarcada y protegida por el cristal… había quedado estampada, según la creencia popular, en el sayal de un humilde indio, Juan Diego, un tameme o cargador, al cual la madre de Dios se le apareció un día de diciembre de 1531, apenas consumada la Conquista española, en la colina del Tepeyac, donde antes se adoraba a una diosa azteca”.

“…aquí la llamamos la Virgen morena. Ésa es la diferencia. No es blanca. Es la madre que necesitaban los indios huérfanos.”

“… ¿te das cuenta qué cosa más genial? Es una virgen cristiana e indígena, pero también es la Virgen de Israel, la madre judía del Mesías esperado, y tiene un nombre árabe, Guadalupe, río de lobos. ¡Cuántas culturas por el precio de una estampa!”

“…avanzaba desde la puerta de la Basílica como un eco antiquísimo que no brotaba de las voces de los peregrinos, sino que los acompañaba o quizás los recibía desde los siglos anteriores… La procesión venía acompañada de su propia cantata, sorda y monótona como toda la música india de México. No alcanzaba sin embargo a silenciar el rumor de las rodillas penosamente arrastradas por le pasillo. Todos avanzaban de rodillas, algunos con cirios encendidos en las manos, otros con los brazos abiertos en cruz, otros más con los puños apretados contra el rostro. Las mujeres portaban escapularios. Los hombres, pencas de nopal sobre pechos desnudos y sangrantes. Algunos rostros entraban velados por máscaras de gasa atadas a la nuca que convertían a las facciones en meros esbozos pugnando por manifestarse. Las oraciones en voz baja eran como cantos de pájaro, trinos altibajos totalmente ajenos.”

“… ¿por qué tienen fe estos hombres y mujeres desvalidos , muertos de hambre, que jamás han recibido una recompensa del Dios al que adoran? ¿por qué creemos y actuamos en nombre de nuestra fe a sabiendas de que no seremos recompensados por los sacrificios que la fe nos pone como pruebas?, ¿hacia dónde avanzan estos pobrecitos del señor?, ¿quién era, qué era la figura crucificada… la procesión no venía a ver a Cristo, sino a su madre, convencidos a pie juntillas de que concibió sin pecado, que la preñó el Espíritu Santo, no un carpintero cachondo verdadero padre de Jesús?, ¿sabía uno solo de los penitentes que avanzaban arrodillados hacia el altar de Guadalupe que la concepción de María no fue inmaculada?”

viernes, diciembre 07, 2007

Su beso tiene el perfume de la primavera

Tras 1979, el nombre de Francesco Alberoni estaba más que ubicado entre los estudiosos de psicología y sociología, quienes rendían buenas críticas y aplausos al libro Enamoramiento y amor. Luego de veintiséis años de empedrar el camino con otros libros, Alberoni publica Sesso e amore (RCS Libri, Milano. 2005). La editorial catalana Gedisa encarga la traducción al español a Anna Jolis Olivé; para febrero de 2006 comienza a circular la primera edición, el título era de esperarse: “Sexo y amor” (360 páginas). Dividido en quince capítulos, el autor explora los deseos más íntimos del ser humano, pero auxiliado por la literatura y por los testimonios reales. Un ensayo de vigoroso humanismo que no se amedrenta ante lo obvio del lenguaje y de cuyo primer capítulo: “La complejidad del erotismo”, transcribo algunos subrayados.

“Existe una sexualidad empapada de amor y otra que nada tiene que ver con él, sino, al contrario, que le es plenamente antitética, como las violaciones.”

“En el siglo XIX... el sexo se trata desde un punto de vista médico. La anatomía da un nombre concreto a los órganos sexuales… se describen y nombran con precisión las distintas actividades sexuales y las ‘perversiones’… De esta época son las expresiones coito, cunnilingus… onanismo… masoquismo”.

“El lenguaje vulgar es transgresivo en el sentido de que nos aleja de la vida normal, del riguroso control del cuerpo y de las vestiduras… nos lleva hasta una esfera separada donde no existen los rigores del deber, donde se consciente la unión de los cuerpos, la mezcla de sensaciones, deseos”.

“Cualquiera que quiera escribir sobre erotismo debe hacer una elección previa. Si quiere evitar suscitar sensaciones y emociones eróticas debe emplear las expresiones científicas o las de la etiqueta cotidiana… si quiere provocar las emociones eróticas… debe abandonar el lenguaje científico y médico parea usar expresiones más comunes, cotidianas e incluso vulgares”.

“La experiencia erótica tiende a dos polaridades: en un extremo se encuentra la sexualidad violenta o privada de amor que se expresa mediante el lenguaje obsceno. En el otro, se sitúa el gran amor erótico que se expresa mediante un lenguaje rico en imágenes y metáforas poéticas”.

“Las personas profundamente enamoradas, cuando se refieren a los genitales del amado, suelen hacerlo con nombres creados por ellos y con mil posibles metáforas. La vulva se convierte en una flor apenas abierta, una rosa, una delicada orquídea… su beso tiene el perfume de la primavera”.

“La literatura oriental china e india es el producto de una clase culta y va dirigida a un público experto en la búsqueda del placer y que demuestra tener un comportamiento positivo hacia el erotismo”.

“La sexualidad en todas sus formas… supone siempre un peligro mortal para el orden social porque se fundamenta en mecanismos primordiales que preceden, en muchos millones de años, al nacimiento de la organización económica y política”.

“La atracción sexual no respeta los órdenes constituidos, ignora la neutralidad que exigen las distintas funciones sociales, une lo que oficialmente debe mantenerse separado del modo más caprichoso e impredecible… Y todo ello aumenta cuando la sexualidad deviene en enamoriamiento, amor, pasión. Pero no debemos pensar sólo en el amor heterosexual en sus formas más tradicionales”.

“El sexo es caprichoso, irreverente, parece y es puro juego, pero desencadena reacciones que se desarrollan en el registro del todo o nada, de la vida o la muerte. Una simple mirada puede poner en movimiento deseos desenfrenados, amor, odio, venganza. Toda la antigüedad clásica europea tiene como episodio central la guerra de Troya, que estalla por una mujer. Una simple chispa y el juego se convierte en tragedia”.




viernes, noviembre 09, 2007

Manto púrpura: pederastia clerical

Carlos Rodríguez es un tipo extraño en la cárcel o al menos tiene una preparación diferente al resto de sus compañeros, pero como los otros internos, cuenta los días que le faltan para cumplir su condena y abandonar la prisión. En el año de 2004, un juez perteneciente al condado de Los Ángeles, en el estado de California, lo condenó a ocho años y medio de presidio, ¿el motivo? Se trata de un sacerdote que victimó sexualmente a menores de edad, de un tipo que aprovechó que los padres de sus víctimas eran inmigrantes y que se valió de su investidura religiosa para cometer las fechorías y violar a los tres hijos del matrimonio Barragán. Un solo cura desmadró la vida y el futuro de tres pequeños cuando apenas contaban con once, doce y trece años. Y tras gratificarse sexualmente les susurraba al oído: “Eres un niño muy bueno. Dios te quiere mucho”.

La historia anterior es apenas un muestrario de las decenas de testimonios que se pueden leer en el último libro de la periodista Sanjuana Martínez, titulado: Manto púrpura: pederastia clerical en tiempos del cardenal Norberto Rivera Carrera. Editado por Grijalbo en el año 2006 pero con tímida exhibición en las mesas de novedades, el libro es un catálogo de las atrocidades que se cometen en el nombre del representante de Dios en quien una feligresía deposita su confianza. El cura próximo a las familias no siempre es el amigo bienhechor para desarrollar la fortaleza espiritual de los menores de edad: puede convertirse en un peligro, en el mismo “diablo con sotana”. Y cuando fueron descubiertos o denunciados por sus víctimas y los padres acudieron primero a las autoridades religiosas y se encontraron con que obispos y cardenales juegan a la red del encubrimiento, la dignidad pudo más que la misma vergüenza o la dura pena.

Quizá la cloaca hubiera seguido bien cubierta si las víctimas advirtieran que las autoridades eclesiásticas sancionaran a los sacerdotes que cometían pederastia. Pero como los castigos no se vislumbraban, como la única solución era cambiarlos de una parroquia a otra, de una arquidiócesis a otra o confinarlos a retiros donde se atiende a sacerdotes alcohólicos, drogadictos y homosexuales; el límite llegó al fin. En lugar de apoyo, de acción y de voluntad para resolver los problemas, cardenales como Norberto Rivera Carrera (Primado de México) optaron por el silencio y el desmentido y no conforme, cambiaron a los curas señalados como agresores de menores de edad a otras parroquias, donde siguieron abusando de pequeños. Una de las víctimas, en una carta dirigida a Rivera Carrera indica: “El maldecir a aquellos a han sido sodomizados y violados no protegerá al inocente ni sanará al lesionado”.

Otro lesionado, Joaquín Aguilar Méndez, “…sufrió una triple condena: ‘primero asumirse como víctima de abuso sexual, luego recibir el escarnio de la feligresía y finalmente la burla de la justicia”. En 1994 comienzan a presentarse las primeras denuncias que acusan a sacerdotes del abuso de menores de edad. Los jerarcas se indignan con la feligresía, se ríen de ella. Surge, primero en Estados Unidos, la Red de Sobrevivientes de Abusos Sexuales (SNAP, por sus siglas en inglés) y no es para menos, el libro de Sanjuana Martínez documenta: “Desde 1950 en Estados Unidos 4300 sacerdotes católicos estuvieron implicados en casos de abuso sexual contra menores…” Los sacerdotes, antes del ataque, prepararon a la víctima y a la comunidad.

La patología de los pederastas, dice una especialista citada en el capítulo III, es que: “Les gustan los niños porque tienen miedo de ponerse al mismo nivel que un adulto”. Luego indica: “El problema… es que la Iglesia no quiere aceptar que los curas pederastas no se curan y después de unos años los vuelven a reubicar en parroquias o colegios”. Más adelante: “Estos curas tienen que abusar del poder. Como ellos no pueden actuar de una forma tradicional, entonces tienen que amedrentar”.

Manto púrpura: pederastia clerical en tiempos del cardenal Norberto Rivera Carrera es un libro que si no causa la polémica necesaria es porque se trata de un tema al que se le mira de reojo. Pero son 303 páginas que no sustentan ideas sino documentos y que provocan, obvio, primero una dosis de estupor, luego nada más un sentimiento de indignación. Está dividido en cinco partes y ni siquiera las tropelías del padre Maciel quedan fuera. Un libro que muestra la valentía y el coraje de una pluma como la de Sanjuana Martínez.

miércoles, noviembre 07, 2007

Ibargüengoitia: Los relámpagos de agosto

Escritor nacido en el corazón del Bajío mexicano en el año de 1938, Jorge Ibargüengoitia desarrolló su obra en la ciudad de México. Al iniciar su juventud decide que no seguirá la carrera de ingeniero y que se decantará por algo menos lucrativo pero más satisfactorio. El chico de veintiún años comunica a su familia, compuesta por mujeres, que en adelante seguirá el oficio de dramaturgo, al que seguiría el de cuentista, novelista, ensayista y periodista… todas las posibilidades de la escritura convergen en una palabra que caracteriza a su obra: ironía. Aunque por supuesto, no se trataba de un bucólico jovencito que emprende una aventura hacia lo desconocido, para entonces ya había recorrido mundo o al menos, ya sus ojos se habían llenado con la vieja Europa y había probado los nobles oficios de la aristocracia guanajuatense.

Discípulo de Rodolfo Usigli, el joven dramaturgo comienza sus periplos creativos con el objetivo único del teatro. Pero será la propia mezquindad del ambiente teatral mexicano lo que poco a poco lo orillaría a la narrativa, aprovecha la coyuntura de una investigación y emprende la escritura de su primera novela, que concluye en el año de 1963: Los relámpagos de agosto.

Al iniciar el período de los años sesenta del siglo XX, el proyecto de la “Revolución mexicana” alcanza la cumbre de la institucionalidad y los viejos militares que protagonizaron las míticas batallas apenas tres décadas atrás, comienzan a ser relegados por la nueva clase política. La guardia de añejo cuño ya no tiene sitio en la configuración del México contemporáneo, pues inicia la era de los licenciados al frente de la administración pública. ¿Para qué carajo sirve un general que nada más sabe de tirar balazos y entiende a punta de sable? Entonces, como respuesta ante la sociedad, ante la opinión pública, las biografías y los testimonios comienzan a circular. Los tonos son variados pero el objetivo era quizá uno: demostrar la intervención del “yo” en la gloriosa y heroica gesta de la gran causa, la Revolución Mexicana. ¿Gloriosa? ¿Heroica? ¿Justa? ¿Equitativa? ¿Útil?

El lector medianamente informado sabía que todo era parte de una mera construcción ideal, sabía que se trataba de una mala versión de los hechos o bien de algo muy cercano a la ficción, aunque se rotulara bajo las palabras de “biografía”, “testimonio” o “memorias”. Y aquí es donde el aún joven escritor Jorge Ibargüengoitia ejerce la mordacidad de su pluma. Basado en los desequilibrios que provocó ese trapecio tildado de “Revolución” y adecuado a lo que lee con avidez, escribe las memorias del que se tacha como un hombre íntegro, el general de división José Guadalupe Arroyo, que se reconoce más diestro con la espada que con la pluma. Pero aquellas memorias son para lavar la honra del general Arroyo y aclarar la verdad, ya que según el personaje, lo que de él se dice en otros libros son meras calumnias.

José Guadalupe Arroyo, personaje y narrador, no se detiene en cuestiones de estilo ni en otras florituras que permite la licencia creativa. Él sólo quiere llegar al grano, a explicar la forma en que un grupo de viles le arrebató el poder o la posibilidad de ejercerlo a un grupo de villanos, de los cuales él forma parte. De esta manera, el lector puede informarse de otra versión sobre la realidad.

Escrita con el pundonor de un militar que se sabe “leído” por la gente fina y culta, Ibargüengoitia se regodea en la construcción de un personaje hipócrita pero que jamás empleará un lenguaje soez, aunque es muy clara la “edición” de las palabras. Los relámpagos de agosto está construida de una forma lineal, sin aspavientos; sus veinte capítulos suceden rápido y la lectura es fluida, ágil, directa. No se trata de una novela para enterarse de la Historia de México, mejor aún, en ella se reconoce el pulso de una crítica bien tramada, una bofetada medida para la mejilla del entonces (¿sólo en aquel entonces?) podrido sistema mexicano.

martes, octubre 23, 2007

La terca memoria… Julio Scherer y su balanza

Cuando en el medio periodístico y académico alguien descansa sus argumentos al referirse a las primeras doce letras de las dieciocho que forman su nombre completo, aquel “Julio Scherer” se convierte en una especie de conjuro que inmediatamente pondrá en evidencia las filias de quien recurre a ello. Depende el sector donde se pronuncien esas dos palabras, obrará el hechizo. He tenido oportunidad de escucharlas en distintos ambientes y arrancan desde el clásico: “Cierto” hasta el mascullo de: “Putos reaccionarios, jodidos”.

Periodista de primera línea que a partir de la fundación de la revista Proceso ha sido él quien ha dictado la “línea editorial” de la publicación semanal, Julio Scherer García no puede resultar ajeno a quien se interese por la información y la historia contemporánea del país. Sus palabras, lejos de ser ley, son en cambio uno de los mejores referentes para advertir cuáles son los rumbos equivocados por los que transita la administración pública y la privada. Si algo es una columna que sostiene a Proceso es la veracidad y el acecho constante, si algo es su punto débil, pues se trata de la suerte de pesimismo y temible agujero con caída libre que sólo indica: “los que están al frente de este país se empecinan en convertirlo en una mierda”.

Pero del Scherer que ha transitado de la confección de nota informativa al investigador, al oficio de ejercer la crítica con buena y sosegada pluma, pues siempre hay una distancia considerable. Se constata en sus libros anteriores y su última publicación viene a sumar experiencia y memoria a ese buen escribir. La terca memoria (Grijalbo, México, 2007. 245 páginas) da cuenta de un personaje que brinca las trancas de la referencia indirecta para asumirse como la única voz dominante en el discurso: el yo. No se trata de un monólogo sino de un testimonio caprichoso que si atrapa es, sin recurrir a otro artificio, porque está muy bien escrito. ¿Y la memoria no está llena de caprichos y ella misma, con el tiempo, nos obliga a editar la versión que cada quien desea proyectar sobre los hechos? Pues sí.

En La terca memoria desfilan, presentados por Scherer o “colados” en sus recuerdos, cerca de cuatrocientos personajes de la vida pública mexicana, de unos cincuenta años a la fecha. El libro, dividido en partes identificadas con el nombre del “perfilado”, no pasa de los veintinueve apartados. Algunos de los textos pueden ser reconocidos por la facilidad que permite lo inmediato, como “Héctor Aguilar Camín”, “”Mario Vargas Llosa”, “Guillermo del Toro” y “Fox y Calderón”. Otros requerirán de otra terca memoria, la del lector: “Gastón García Cantú”, “Abel Quezada”, “Miguel Alemán” o “Adolfo López Mateos”. A pesar de sus veintinueve trancos, los amigos y los enemigos desfilan por las páginas como si de una fiesta se tratara, cuestión que convierte al libro de una mirada de la versión de autor a una prosa literaria que se distingue de la ficción sólo porque está tramada con los recuerdos.

No son perfiles —otros han escrito que sí— y los textos tampoco están escritos a partir de la técnica o con la pretensión biográfica; quien apueste por cualquiera de los dos opciones ya escritas se llevará una decepción. Creo que es más justo leerlos como los recuerdos de uno de los periodistas más influyentes del México actual, pero escritos con esa intención. Me refiero a que si Scherer omitió personajes —29 esbozos y 400 personajes es una cifra muy corta en relación a la talla de quien escribe— es porque así convenía a sus objetivos, a unos les sacó sus trapos al sol y otros apenas si pasan de refilón. De lo que no debe dudar el posible lector es que se trata d una prosa impecable y signada por la experiencia, “Ya se nota la voz de un viejo que sabe de la vida”, me dijo una periodista en relación a este libro.

Y como todo ejercicio de memoria, el libro convoca sucesos conmovedores, como: “Años padecí la altivez de Octavio Paz a la que siguió un tiempo sedoso. Lo vi a punto de su muerte, abrazo sin brazos, la despedida en los ojos llorosos… -¿Cómo va el ánimo?-le preguntaba a Octavio, ya avistaba la otra orilla… -Del cuello para arriba todo está en orden, pero del cuello para abajo reina el caos… -Sólo te queda la cabeza, pero sólo con la cabeza has vivido, Octavio” (p. 138).

El libro cierra con lo más reciente, y en la última página surge o brota (como hongo) un personaje siniestro, Martha Sahagún de Fox: “De sus joyas y vestidos, nada dijo. Los vestidos pudieron sumar centenares. El sexenio abarca 2190 días y a la señora le gustaba exhibirlos en su variedad y lujo. En cuanto a las joyas, el desenfreno de su conducta las hizo famosas” (p. 234).


lunes, octubre 15, 2007

La puta de Babilonia; Vallejo aguijón en mano

Si el colombiano Fernando Vallejo, a su último libro La puta de Babilonia (2007, publicado en México por la editorial Planeta) le hubiera buscado algún subtítulo, sus ventas no abrían agotado siquiera la mitad de la primera edición. “Puta” es una palabra a la que recurrimos todos los mexicanos pero que a su vez encierra un enigma de transgresión, eso le confiere alguna sonoridad que la aparta del mundano reino del decir por decir y la sitúa justo en un terreno de lo prohibido. Ahora sigo con la primera idea, si el autor hubiera anotado como subtítulo —muy largo, ya verán— las últimas palabras de la gran frase del primer párrafo del libro, el destino de ventas quizá habría sido diferente: “…la concubina de Constantino, de Justiniano, de Carlomagno; la solapadora de Mussolini y de Hitler; la ramera de las rameras, la meretriz de las meretrices, la puta de Babilonia, la impune bilimilenaria tiene cuentas pendientes conmigo desde mi infancia y aquí se las voy a cobrar”.

El texto que comento se trata de un libro de historia escrito por un fructífero novelista, Vallejo tiene una firma que adquiere cada vez mayor peso en el mundo literario pero que al gran público se dio a conocer hasta que en el año 2000, Barbet Schroeder llevara a la pantalla una adaptación de la controvertida novela La virgen de los sicarios. Un año después, en 2001, el escritor escandalizaría con otra novela: El desbarrancadero, donde la cuestión homosexual vuelve a la carga, pero ahora con la cabalgata sobre el caballo del SIDA. Para el año 2003, los reflectores apuntaban al colombiano, cuando recibió el premio Rómulo Gallegos y tras un valiente pero escandaloso discurso de recepción, quedó en claro que el novelista no se andaba por las ramas ni a medias tintas. La postura era firme: contra la iglesia católica y a favor de la vida.

Su última entrega editorial, de febrero de 2007, ya no se trata de una novela sino de un libro de historia. Al menos en la contraportada dice: “Escrita con gran rigor histórico y académico”, pero quien haya sucumbido ante la tentación de la compra y que no significa tenga que ser el lector avezado, tras las primeras veinte páginas sabrá que se trata de un ensayo, de un largo y a veces tedioso ensayo. ¿Será porque Vallejo no fue a la facultad de licenciaturas en “Historia” y luego hizo posgrado en “Ensayo”? Responder con un “sí” se trataría de un disparate, porque hasta la fecha tampoco hay facultad para “filósofos” o “poetas”. Las desventajas que advierto en el libro son las trescientas diecisiete páginas sin división capitular o en partes. Es un solo ensayo, claro, dividido en párrafos, pero finalmente un único “respiro” que abunda en información, datos precisos y citas bíblicas. ¿Dónde comprueba el lector la veracidad de las afirmaciones de Vallejo? Eso no parece interesarle al autor, quien no escribió un tratado de historia a la manera clásica o aburrida, con referencia a demostrar sus fuentes bibliográficas y otros adornos.

La unidad del libro o del ensayo resulta evidente tras la página número cincuenta: Vallejo se las va a cobrar todas a la santa madre Iglesia de Roma; una por una y bien desgranadas se enlistan o detallan las fechorías que ha cometido la Iglesia Católica, a través de sus representantes (los “representados” como todos, son las víctimas), desde el año 313 a nuestros días. Esto demuestra la gran capacidad de síntesis por parte de su autor, pues agrupar casi diecisiete siglos de arbitrariedades en tan sólo más de trescientas páginas, es una labor digna de un buen sabueso libresco.

La puta de Babilonia tiene un buen acierto: comprime la información, sopesa su peso y arroja la piedra. Además que por cada cuatro o seis páginas de “rigor histórico” viene una charada de las que ya son características en la obra de Vallejo. Sólo dos: “Hoy los protestantes son los grandes especialistas en tomarle el pelo a la Biblia. Nosotros los católicos no, la respetamos mucho. Tanto que no sólo no la leemos sino que ¡ni la tocamos!” (p.88). Y sobre Francisco de Asís: “Considerar hermanos nuestros a los animales habría sido toda una revolución en la limitada y mezquina religión de Cristo, que no tuvo una sola palabra de amor por ellos, si Francisco no hubiera extendido la hermandad a los seres inanimados, que no sienten, e incluso a las enfermedades y a la muerte. ¡Cómo va a ser la luna, un planeta inerte, nuestra hermana! Eso ya no es una nueva moral sino verborrea melosa de hippie marihuano” (p. 251).

En La puta de babilonia no hay manera de olvidar, al menos así lo presenta Vallejo. Hay datos que seguramente alguna vez leímos pero que pasan desadvertidos y aquí nos recuerda: “…el año pasado los diez países más poderosos con la Puta fueron, en orden de dadivosidad: Estados Unidos, Italia, Alemania, Francia, España, Irlanda, Canadá, Corea, México y Austria.” (p.215).

No es un libro recomendable para quien piense que fue escrito a la manera didáctica de los cuadernos de “Rius”, pero sí es un buen resumen para quien tiene nociones de quién fue, es y será la voracidad de la Iglesia Católica (aunque también arremete contra cristianos e islamistas), o en adjetivo de Fernando Vallejo, simplemente: la puta. Lectura sugerida para quien sólo va a misa los domingos por hacer el teatro de la familia unida o para quien en lugar de leer lo que eructan los cardenales a la prensa, busca los resultados de los partidos de fútbol.

jueves, octubre 11, 2007

De “La llama doble”

Octavio Paz (1914-1998) no sólo debe recalar en nuestra memoria porque hasta el momento ha sido el único mexicano que ha obtenido el premio Nobel de Literatura, allá por 1990. Es uno de los poetas más polifónicos del México del siglo XX y uno de los ensayistas menos preocupado de que sus palabras fueran masticadas por todo el pueblo. Quizá pensaba que para “los de a pie” ya estaban los exitosos tirajes de la serie Lágrimas y risas, La familia Burrón, los Memines y otras publicaciones de envergaduras menores. Las de Paz, hasta la fecha, son palabras cotidianas pero acomodadas de tal manera, que permiten destellos allí donde el lector atento quiera encontrarlos.

El libro La llama doble, amor y erotismo, se trata de un ensayo pausado y con una construcción tan monologal, que una lectura sosegada permite acercarse a los bisbiseos de un poeta entrado en años que reluce lecturas, charlas y admirados. Dividido en nueve partes, el libro de Octavio Paz no es la afirmación del amor y el erotismo, sino la búsqueda en el correr de agua desde las primeras manifestaciones literarias hasta un mundo que el poeta ya veía como de mecanización, como de soledad y lodo, barbarie.

Pero vayamos a algunas muestras… igual es buen cebo y algún pez, pica… En esta ocasión, el número de página que indico, pertenece a la trigésima segunda reimpresión, realizada en mayo de 2007. La edición de esta Llama doble fue a cargo de Seix Barral.

“…ver y creer. En la conjunción de estas dos palabras está el secreto de la poesía y sus testimonios” (p. 9).

“…la metáfora sexual, a través de sus infinitas variaciones, dice siempre reproducción; la metáfora erótica, indiferente a la perpetuación de la vida, pone entre paréntesis a la reproducción” (p. 11).

“El protagonista del acto erótico es el sexo o, más exactamente, los sexos. El plural es de rigor porque, incluso en los placeres llamados solitarios, el deseo sexual inventa siempre una pareja imaginaria… o muchas.

…Los animales se acoplan siempre de la misma manera, ; los hombres se miran en el espejo de la universal copulación animal; al imitarla, la transforman y transforman su propia sexualidad” (p.15).

“El sexo es subversivo: ignora las clases y las jerarquías, las artes y las ciencias, el día y la noche: duerme y sólo despierta para fornicar y volver a dormir. Nueva diferencia con el mundo animal: la especie humana padece una insaciable sed sexual y no conoce, como los otros animales, periodos de celo y periodos de reposo. O dicho de otro modo: el hombre es el único ser vivo que no dispone de una regulación fisológica y automática de su sexualidad” (p.16).

“El erotismo defiende a la sociedad de los asaltos de la sexualidad pero, asimismo, niega a la función reproductiva. Es el caprichoso servidor de la vida y de la muerte” (p.17).

“[la]… prescripción casi siempre tiene un fundamento moral, aunque a veces también acude a la autoridad de la ciencia y la higiene. El miedo a la enfermedad no es menos poderoso que el temor a la divinidad o que el respecto a la ley ética” (p.18).

Estas breves notas fueron seleccionadas del primer apartado de La llama doble, “Los reinos de Pan”… el resto, es para el lector.


miércoles, octubre 10, 2007

Poesía social cubana

Nicolás Guillén, imagen google

Hace veintisiete años, la Editorial Letras Cubanas publicó un bellísimo ejemplar que se resiente al lector acucioso, sobre todo, por tan sólo sus únicas quinientas setenta y cuatro páginas. El libro fue editado con motivo del segundo Congreso del Partido Comunista de Cuba. Supongo que en todos los países donde el “otro” régimen fue la piedra angular de aquel espacio y tiempo, los libros signados por algún evento en particular fueron de una importancia capital, válgase la palabra “capital” aplicada a los países donde entonces sólo tenía vigencia el sueño del socialismo. Me refiero a la publicación Poesía Social Cubana que conseguí a principio de los noventa en un tenderete del parque central de Coyoacán y recuerdo que no fue una ganga porque dejé en las estanterías de El Parnaso tres novelas que recién llegaban de la catalana Tusquets. Apenas en otoño de 1989 había caído el muro de Berlín y el único remedio que quedaba para los melancólicos era adquirir ciertos afiches.


El libro tiene pasta dura y le encantaría a cierto gobernante porque su color es rojo. Pero el rojo que supusieron aquellos editores tenía más que ver con una época en que la palabra “revolución” era posible. La introducción a la selección de poesía aclara que no se trata de un severo rigor literario sino más bien el comprobar que a los poetas de esa región caribeña les ha preocupado una sazón de hondo “sentir social”. Es obvio que los temas de amor, muy escasos en esta antología, se presentan únicamente cuando tienen relación con el tema social y que el lector puede caer en la equivocación de confundir o jugar a la imagen de la amada, pero se trata de Cuba o en el más exagerado de los casos, de la “revolución”.

Se trata de una antología que se configuró a partir de las fechas de nacimiento de los poetas. Y claro, quien abre esta selección es José Martí, nacido en 1853 y por supuesto que las fechas de los poemas incluidos son muy anteriores a la “revolución” e incluso anteriores al nacimiento de Martí. Pero con la maña o buen ojo de los antologadores, se decantaron por poesía patriótica, anticolonialista y antiesclavista, cuestión que no indica la inexistencia del tema amoroso o pasional en Cuba, pero marca definitivamente el gusto o la obligación o el motivo del libro. Ya para la selección que va de la segunda mitad del siglo XX el tema que ensalza los primeros logros revolucionarios y posteriormente la actitud antiimperialista.

Acudamos a un ejemplo que nos muestra la clama antiesclavista, se tratará de los primeros diez versos del poema “Negro y blanco” de Diego Vicente Tejera (1849-1903): Dos niños están jugando/ En el batey de un ingenio./ ¡Dos niños! De pie está el uno,/ Y el otro echado en el suelo./ Aquél con un bejuquillo,/ Acaricia al compañero,/ Qué, revolcándose, ríe/ Al sentir el cosquilleo…/ El niño que ríe es blanco;/ El que lo acaricia, negro. El poema fechado en 1876, continúa con la descripción quizá de aquellos niños pero ahora convertidos en adultos, “están furiosos/ En el batey de un ingenio” y como bien supone el lector, el blanco es un hombre-verdugo que con un látigo despedaza al compañero, que no es otro que el hombre-víctima, negro.

Resulta obvio que una antología temática, como es el caso de Poesía Social Cubana, a pesar de ser un volumen monocromático, se convierte en una polifonía que brinda al lector la posibilidad de asistir a la construcción de los imaginarios. Son páginas en las que se reúnen diversos estilos y maneras de representar al mundo. Hay un muestrario imprescindible, como de Nicolás Guillen: No sé por qué piensas tú,/ soldado, que te odio yo. De Eliseo Diego: Entre un murciélago y el otro cabe la invención de la caña. Cintio Vitier: Y sin duda estabas allí; pero un velo nos separaba. Hasta las loas a Ernesto Ché Guevara, como la compuesta por Roberto Rodríguez Menéndez: La gente te amará en condiciones según pase el tiempo.

De la antología, el poeta más viejo es Juan Francisco Manzano (1797-1839) Y el más joven fue Ángel Escobar Varela (1957).


martes, octubre 02, 2007

Célebre crónica de una lectura a medias


Jueves. 19:30 horas.

Me confirman una entrevista con un escritor a quien nunca había leído y el menor gesto que puede hacer un reportero es ingresar al buscador de google, escribir (con minúsculas, quede bien claro) el nombre del aludido y aguardar unos cuatro segundos a que la red de redes, ese pulpo de kilométricos tentáculos, vomite o espete su malignidad frente al incauto vidente, quien piensa que los dos millones y medio de referencias tratan específicamente del nombre que se ha escrito en la barra del buscador.

El reportero un poco más experimentado sabe que los nombres se escriben entrecomillados (por ejemplo: “paco ignacio taibo”). Entonces la red ya no le vomitará la ingente cantidad de desperdicios como si de tsunami se tratara, será un poco más benévola y precisa. Como adelantado a las catástrofes, ese reportero ya sabe que en el caso de las búsquedas entrecomilladas (y sin emplear tildes, o acentos), las primeras veinte referencias son las válidas y ahora sí, quien no aparece en la red, de plano, carece de acta de nacimiento en este planeta reducido a la expectativa mental de la globalización. Como si todo lo que no estuviese consignado a la red fuera una mierda, pero conforme pasan los años, tal parece que lo que está fuera de los barrotes que suponen las “www” es más puro, menos ficticio.

Bueno, el tercer caso debe tratar al reportero extraño, el que atina en que le quedan unas veintinueve horas para entrevistar al escritor y que a veinte minutos de su trabajo, en un centro comercial, se vende la última novela que el tipo ha publicado. Ve su reloj de pulso, sopesa el contenido de su cartera y advierte que si los editores saben de los sueldos de los reporteros, el libro no tasará una cantidad que implique sacrificios. Ese quijote toma rumbo al centro comercial, entra a la tienda cuyo logotipo es un búho y sin permitir que su mirada cruce frente a opciones más redituables al ocio, como la tabaquería o las revistas para adultos, pregunta al empleado por el título. “Sí señor, aquí lo tenemos, ¿quiere llevar un ejemplar?”

Me sucedió el tercer caso. Llevé a casa el libro, seguro de que veintinueve horas eran suficientes para leer una novela que prometía desde acción hasta fragmentos conmovedores. Total, trescientas setenta y ocho páginas en menos de ocho horas, eran terreno conocido en los años de estudiante.

Viernes. 18:40 horas.
El reportero, al fin resignado al sentimiento del tercer mundo (y quinto patio) nota que apenas ha llegado a la página 82. La entrevista será en dos horas y media. Ha comenzado tarde, sin gafas de lectura y en el peor de los sitios, recostado en un sofá. Pero al fin tras la beatitud del oficio, decide comenzar la entrevista y declarar al escritor que sólo va en tal página y que si le pregunta sobre la novela, únicamente podrá referirse al arranque de la misma. Sí, es una salida honrosa.

Viernes 22:10 horas.
Terminó la entrevista. El escritor no se molestó (quizá no todos sus entrevistadores le habían enseñado, “in situ”, que habían adquirido su novela) y se encargó de escribir una dedicatoria amable, que no suena a diplomacia. El reportero se larga a su casa y masculla un juramento: “en cuanto llegue, me pondré a leer”. Posterga la tarea para la tarde del sábado.

Sábado 23:58 horas.
La novela promete, aunque él ha comenzado apenas una hora atrás. Su índice, previamente remojado con saliva, pasa de la página 127 a la 128. Un oscuro personaje está a punto de ser chantajeado mientras el ambiente de la habitación se acomoda con la 5ta sinfonía de Mahler. Claro, piensa el lector (que a esas horas jamás ha sido reportero), tienen que madrearlo y sacarle, de menos, medio millón de dólares. Y cuando sus ojos obligan a brincar la vista a la página siguiente, otra vez, página 97. Es una broma, sí. No. Sí. Pues un error de imprenta, “se les pasó todo un folio y en tu librito debes aceptar que de la 129 a la 166, nomás no existe”. Puta y reputísima madre. A buscar la bolsa de plástico donde le entregaron el libro recién comprado. Allí debe estar el vale de compra. Nada.

Lunes 16:40 horas.
El reportero no es reportero en ese momento. Más bien es un lector frustrado que se encamina a la tienda del búho, con su libro subrayado hasta la página 128, con un sello personal en la parte inferior y la primera página dedicada. Pero sin vale de compra.

Durante el trayecto, ha pensado en todas las posibilidades para abordar al empleado (debe ser el mismo que le vendió el libro la noche del jueves), desde poner la cara de imbécil, pero la número cinco y el “¿Qué cree?”, hasta el gesto de afectado por diarrea y el mexicanísimo: “Disculpe usted, joven”.

Quince minutos después, el reportero, ya debe serlo, sale con un ejemplar nuevo y la hoja de la dedicatoria cortada por Edgar, el que le vendió el libro y recibió la orden del gerente: “Sí, puedes cambiarlo y que se lleve su dedicatoria”. El lector que será a la noche piensa: sucede hasta con los de Alfaguara, en las mejores familias.

jueves, septiembre 20, 2007

Para quemar un puro

Los fumadores de cigarrillos son como los bebedores de cerveza: pueden diferenciar las marcas, los sabores y hasta la calidad, pero carecen de la calma para consumir. Ningún bebedor de cerveza fría admitiría una ración para una hora y sólo un cigarrillo que se enciende y se apaga, puede tardar su combustión. Un puro en cambio, es un rito que se transforma de fuego a humo y cuando ya no quedan más que los aromas y los fuertes apegos del sabor en la boca, en el cenicero descansan las cenizas, el recuerdo de lo que fue.

Quien gusta de quemar un puro sabe que se trata de un placer de reconciliación. Y a veces, sólo cuando las campanas repican fuerte, no hay mejor teatro que paladear un Romeo y Julieta. Y permítame el lector, atender a un puro, mientras, deléitese la mirada con Puro humo, pero no el que sale de la boca sino el que hilaron las manos de un magnífico fumador, pero aún un mejor escritor: Guillermo Cabrera Infante.

“Todo empezó en el Nuevo Mundo, donde el tabaco no era para los caballeros sino para los brujos —y para el jefe indio titular: el que llevaba las plumas”.

“Lo cierto es que Colón observó esta combustión-con-humo cubana como otra atracción más, de esa feria recién inaugurada que era América —o que aún no era América. Para ello, necesitaremos a un hombre llamado Américo. ¡Pero había tantas curiosidades en el Orbe Novo! Incluso se podía hacer una lista de extravagancias y peculiaridades. ¡Pasen y vean, señoras y señores! ¡Pasen y vean! ¡La función va a comenzar!”

“Colón, no obstante, había descubierto (y desestimado) el vegetal oro marrón llamado tabac, tabaka: tabaco. No muchos años después del Descubrimiento, riquezas mil nacerían de las hojas del tabaco. Tanto en el Nuevo Mundo como en el Viejo Continente (como en Asia) se gastaron fortunas en comprar tabaco —sólo para verlo convertirse en humo.”

“Colón tuvo su encuentro con el maíz en la costa venezolana. Aquí fue donde el Almirante encontró esta otra forma de oro vegetal, más parecido al oro que el mismo oro, y no hizo nada al respecto. Ni siquiera lo comió. Si Colón hubiese convertido el maíz en láminas crujientes, se habría hecho rico: tendrían no Kellog´s sino Colon´s Corn Flakes”.

“El tabaco pertenece a la humanidad, los tabacos solamente a Occidente. Resulta, de hecho, difícil imaginarse a un maharajá con un habano que emerge de entre su barba y su turbante o a un señor de la guerra chino fumando un manila mientras manda una invitación para una decapitación o un samurai que tiene que ver con otro símbolo fálico que no sea su espada corta y su abanico perfumado. Pero el tabaco ha estado entre nosotros desde el Renacimiento.”

“Un cigarrillo es una partícula colgada de tus labios y la pipa es todo dientes apretados y ninguna furia. Pero un puro es como una pasión: primero se le prense, luego arde rojo, violeta, violento, virulento, luego crea ascuas y cría cenizas: una pasión consumida.”

“Pero la parte esencial del habano —de hecho, de cualquier cigarro— , lo que le da su aspecto, su color y su tacto —la esencia— es la cubierta. En Cuba se le llama capa, el manto que presta al puro su elegancia —y su máscara, ya que te puede confundir. No es oro marrón todo lo que reluce. Si uno pudiera fumar palabras griegas, entonces la capa podría querer decir carisma”.

“Un proverbio de Confucio afirma que donde hay humo hay fuego y donde hay fuego siempre habrá un chino. En Cuba, el refrán reza: ‘Donde hay un buen puro, hay un buen fumador’. El tabaco es el opio del señor, la religión del rico”.