miércoles, mayo 21, 2008

PROFESORES CON "M"

Pintura: Miguel Ruibal

Todos guardamos alguna escena redonda sobre un profesor o profesora en particular que nos acompañará siempre y que saldrá a flotar en la charla que invoca las situaciones escolares. Hay las escenas memorables y las que de plano se recuerdan porque su característica es un dardo que pica justo en el centro del dolor, en ese resquicio del recuerdo que obliga a cerrar los ojos y pone en evidencia palabras como: indefensión, humillación, impotencia, azoro, falta de experiencia y minoría de edad.

Mi abuela, nacida antes de la mitad del siglo anterior, siempre rememoró los veinte golpes de vara que recibió en las espaldas porque la tabla de multiplicar del número siete no era de su exacto dominio. Mi abuelo, un poco más viejo que ella, recordaba a un maestro rural que les hablaba con más vehemencia que lógica sobre la gesta emancipada de Benito Juárez. Mi madre gusta aún de platicar que cierta profesora les enseñaba bordado por las tardes y tras cada jalón de orejas que la mentora propinaba a sus pupilas, acudía a un pañuelo con el que aseaba la punta de sus dedos y mientras buscaba volver a lo inmaculado solía decirles: “Hasta su mugre tengo que limpiarme”.

Y es que la costumbre de que “la letra con sangre entra” fue común hasta que en las aulas inició el retintín de los derechos de los niños y las niñas. Generación tras generación, el maltrato de profesores a estudiantes era tan cotidiano que a nadie le espantaba conservar una de esas historias macabras con relación a su vida escolar. Quien esto escribe, aún en la década de los años ochenta del siglo que se nos fue, escuchó cuando algunas madres asistían al salón de clases para indagar sobre el comportamiento y de paso el aprovechamiento escolar de su hijo y a la despedida espetaban a la profesora: “Ah, maestra. Y si tiene que jalarle las orejas, cuenta usted con mi permiso”. La educación, más allá de los programas de estudio, se ejercía también con la patente de corzo que los propios padres entregaban a los mentores.

Los usos de aquella patente de corzo se convirtieron en abusos. O el mexicano que perdió la infancia hace no más de treinta años y que no conserve algún regustillo a caramelo amargo, pues que tire la primera piedra y siga adelante. Y aunque los ejemplos se antojan más con exclusividad para la escuela pública, seguro que en los recovecos de los colegios de curas y de monjas sobran detalles de lo que ahora tipificamos como abuso y maltrato infantil. Sabemos también que los traumas escolares no venían exclusivamente de golpes y Psique sabia, sabía agrandar con generosidad el oscuro territorio del miedo. ¿Cuántas historias de infancia no tienen su punto de arranque con la espléndida meada del chiquillo que pasa al frente de la clase para dictar una lección mal aprendida?

Pero cuando habíamos pensado que la indefensión propia de la infancia quedaba atrás porque los bríos de la adolescencia y juventud ya asomaban, la lista de lo macabro la encabeza la entrega de los deberes o trabajos o tareas o investigaciones finales. Centenas y millares de hojas de papel son impresas, fotocopiadas y encuadernadas año con año, semestre tras semestre y que terminarán pigmentadas por la tinta roja de la caligrafía del profesor que escribe: “Buen trabajo” o “Buen esfuerzo” o “Te paso porque me das lástima”. Y de allí, papeles que el tiempo colora de amarillo, cubiertas plastificadas con puntos que no son suspensivos sino cagadas de mosca y a la postre, delicioso festín para los ratones.

Habrá, sin duda, los buenos profesores con quien uno se topa a lo largo de la vida. Aunque los menos, son quienes no se dedicaron a acribillar con la hueca explicación de un Teorema de Pitágoras que ni siquiera ellos comprendieron jamás; sus nombres galopan de vez en cuando en la punta de la lengua, porque fueron quienes mostraron que la vida no puede estar en un cuaderno, en un libro o en un número laudatorio. A los profesores que enseñaron a encontrar soluciones siempre se les guardará un espacio en la memoria, son los profesores con eme: maestros.


viernes, marzo 28, 2008

¿Lees en papel o sobre pantalla?

Foto: Juan Bautista M.

Visto con alguna dosis de benevolencia, el libro, como ahora lo conocemos, es un formato prácticamente joven. Desde que un alemán se dio a la tarea de concebir la imprenta como una de las innovaciones de su tiempo, el conocimiento trastocó sus formas de transmisión. Y aunque la sabiduría no estaba al alcance de todos, fue posible el almacenaje y la cierta libertad de consulta. A la par de los impresores, nacieron los guardadores o coleccionistas de libros y con ello el surgimiento de las bibliotecas que, generalizadas o especializadas, se encargaban de situar en un espacio físico toda la posibilidad de los saberes humanos. Al ser reunidos, los libros que se salvaron de la censura o las hogueras de la Inquisición quedaron confinados a espacios donde sólo un grupo de privilegiados podían consultarlos. El sueño de una biblioteca personal se trataba del excéntrico capricho y/o necesidad de órdenes religiosas o de príncipes. La comunidad o el “común” estaban excluidos sobre todo por dos razones: el alto precio que alcanzaban los libros y el analfabetismo dominante en la sociedad.

Ocurrirían algunas centurias para el surgimiento de un fenómeno en la cuestión libresca: la oferta se contaminó por la demanda. Fue hasta los albores del siglo XX cuando los gobiernos de los ya sólidos “estados nacionales” se dieron a la tarea de lanzar sus arengas a favor de la alfabetización y tras el discurso de crear una sociedad “letrada”, la necesidad de hacer disponibles materiales de lectura fue una prioridad en las novedosas maneras de ejercitar la política pública. A la existencia de ciudadanos capaces de decodificar la grafía impresa sobre papel había que responder con la posible oferta de materiales de lectura. Entonces surge la cuestión, ¿por qué se truncó el espejismo de la difusión social o mayoritaria del conocimiento a través de los libros?

A largas zancadas, la explicación a la pregunta formulada merece aquí tratamientos sencillos. La primera respuesta es que se trataba de un espejismo y como tal, no podía ir más allá de las buenas intenciones. La segunda posibilidad debe orientarse al surgimiento de tecnologías o avances que nos permiten analizar el protagonismo de la promoción y divulgación del conocimiento. Debemos referirnos al central papel que durante el siglo anterior jugaron —en orden de aparición— la prensa, el cine, la radio, la televisión y la Internet. La “lectura” se desplazó y para tener conocimiento y vivir en un mundo altamente informado o mediatizado, ya no era necesaria o indispensable la alta inversión en materiales que sólo reconocían como soporte físico al papel. Conforme suceden los tiempos, “estar informado”, no supone el sosiego del análisis sino la inmediatez. Saber o apenas conocer, contra pensar. Conocer y asumirse ciudadano de la aldea global, en la primera década del siglo XXI es prioridad harto atractiva.

Mas la lectura ofrece la única oportunidad de nobleza hacia uno mismo.


lunes, marzo 24, 2008

LA MIRADA DEL PAXTLE

Hice esta fotografía la tarde del domingo veintitrés de marzo del año dos mil ocho. El cielo del parque temático Takilsucut (o al menos “así suena”) era gris pero el calor podía sentirse, a pesar de una muy tímida lluvia. Estábamos en la región del Totonacapan, que se encuentra en la zona serrana del norte del estado de Veracuz, a un kilómetro de la zona-sitio arqueológica de Tajín, entre las ciudades de Papantla y Poza Rica.

No recuerdo el nombre del pequeño de esta fotografía… olvidé mi grabadora en la casa de mi novia y será en unas horas cuando pueda tener de vuelta el aparatejo y vaciar la breve charla que sostuve con él. Recuerdo sí, que formaba parte de la “Danza de los paxtles”, que venía de una comunidad serrana del estado de Puebla y que tiene sólo trece años. La charla y otras imágenes las incluiré en un próximo reportaje breve que preparo sobre algunos aspectos de la Cumbre Tajín 2008, en su novena emisión. ¿Cuestiones del costumbrismo o la necedad por situarlos a ellos, lejos de su tierra, de su ombligo y llevarlos hasta donde un aparador a veces impertinente?

Siempre me he decantado por guardar la imagen de niños y de niñas, pero sobre todo de sus miradas. Además de parecerme que sus ojos irradian una pureza extraordinaria, niños como este representan la incógnita del futuro, donde se puede comenzar a conjugar la penosa vía que les aguarda, la incertidumbre del mañana. ¿Es San Agustín a quien se le adjudica la frase de que “los ojos son la ventana del alma”? Mis memorizaciones de frases célebres son inexactas siempre.

viernes, febrero 01, 2008

La muerte pisa el Evea


Uno de los empleados del departamento jurídico de la secretaría de Eventos Verídicos de Educación para los Adultos (Evea) fue el encargado de ofrecer declaraciones a los reporteros, que dadas las dimensiones del escándalo, parecía no conformarse con la rutinaria emisión de los boletines informativos. La sala de juntas de aquel sitio estaba a reventar y cuando el funcionario golpeó el capuchón del micrófono con la punta de su índice, el silencio fue inmediato.

—Señores de la prensa, sólo vengo a reiterarles que las declaraciones del señor Secretario están incluidas en el comunicado de esta mañana— los abucheos de los reporteros, la molesta luz de los flashes, las manos extendidas con las grabadoras funcionando y el timbre de los teléfonos celulares le provocaron un pronunciado ataque de flujo gástrico que le obligó a descomponer el rostro.

—¿Y el secretario se deslinda del caso?

—El señor Secretario— así sonaba en su voz “Secretario,” con mayúsculas— ha declarado para la averiguación ministerial, pero nada tiene que ver con el suicidio de los muchachos.

—Pero ustedes fueron los que les dijeron la negativa que provocó eso— terció una tímida reportera.

Acostumbrado al ejercicio del despotismo, el funcionario la miró de arriba abajo y la chica cruzó los brazos cuando se percató que la mirada socarrona del tipo se había quedado prendada justo donde sus pezones se rebelaban de la tiranía del sostén. —Mire usted— le dijo con autosuficientes meneos de cabeza, —el señor Secretario no puede responsabilizarse por la salud mental de unos chicos que construyeron castillos en el aire. Yo la invito a que investigue el caso o sea cuidadosa en la manera de formular sus preguntas.


PROMESAS SERÁN MAÑANA

Se presentó en el acceso principal del restaurante BajaCalifornia. Una mujer ataviada con traje folclórico le preguntó si esperaría a otro comensal o si prefería que le asignaran mesa, pero que a esa hora sólo tenía lugares disponibles en el área para fumadores. Estaba a punto de antojarse por un café cuando su teléfono parpadeó: “Bueno... sí, ya estoy aquí... a okey, en la mesa del fondo... sí, ya los vi”.

Luego de las presentaciones rigurosas, de comentar sobre el tráfico y ordenar un gin-tonic con poco hielo, los dos hombres trajeados comenzaron a barbechar la plática. La noticia que daban por la televisión fue el avance perfecto, el regente se regodeaba con un discurso sobre la importancia de buscar incentivos para la juventud y anunciaba que su gobierno se encargaría de aplicar nuevas medidas que fomentarían el estudio, la capacitación y el empleo. Los tres callaron hasta que el conductor del telenoticiero comenzó a entrevistar a una monja que sostenía un hogar de caridad.

—Lo que son las casualidades, ¿se da cuenta de qué forma nos preocupa la educación?

El “nos” le pareció más remarcado, como obligado a participarle también que dentro de muy poco aquel problema se convertiría en suyo. El otro agregó que si estaban reunidos allí era por varias razones. La primera era que buscaban a personas de excelencia, preferentemente formadas en el extranjero y que dominaran al menos dos idiomas, porque se trataba de añadir bombo y postín al proyecto. La segunda era por cierta recomendación o mejor dicho por el espejismo que se ofrece cuando se le dice al incauto que sólo él puede ser elegido, que la decisión fue difícil, que analizaron tantas posibilidades como desempleados hay y que no hay vuelta de hoja: usted nos interesa, su trayectoria habla por sí misma. Engordado un poco el ego, lo siguiente ya era meterse de lleno a conocer el proyecto.

—Usted sabe que el Regente quiere propagar la educación, fomentar la enseñanza. ¿Pero qué le voy a decir yo si lo acabamos de escuchar en la tele?

Los pocos hielos del gin-tonic hacía rato que se habían derretido y la bebida tenía un sabor muy parecida al jarabe. Quizá por eso la explicación no le pareció tan amarga: buscaban a profesionistas jóvenes con posibilidades de liderar, de promover y dirigir las carreras universitarias que demandan las nuevas generaciones. Lo que no quedaba muy claro en su caso, porque una licenciatura en “Comunicación, Multimedia y Cinematografía” no se trataba de algo novedoso y en la ciudad no eran pocas las instituciones privadas que ofrecían egresar a su clientela bajo el apodo de Licenciado en Comunicación, Multimedia y Mercadotecnia. El tipo más delgado aclaró que la idea que ellos proponían era precisamente el éxito de la empresa, porque al mote completo se le añadía el de “Cinematografía”.

No se trataba de una broma. Los tipos hablaban con absoluta seriedad o al menos así lo decían. Una licenciatura con esas características requería de un batallón de buenos profesores, un plan de estudios que compitiera con los más avanzados de América Latina y unas instalaciones dignas. ¿Quién decía que había decido regresar al país del atraso? Sí, la corrupción, el ambiente de inseguridad, los bajos salarios, el dominio del narcotráfico... todos los males podían dulcificarse si a cambio existía la oportunidad de compartir los conocimientos y educar a los otros, a los más jóvenes, porque creía en algo: la juventud es generosa.

—Usted comprenderá que el proyecto le interesa mucho al señor Secretario y que todo queda en sus manos, porque una oportunidad así ni siquiera debe pensarse.

Pensar, sí, hay que pensarlo. Razonar, sí, hay que invocar la sagacidad y despertar a la intuición. ¿Cómo preguntar por los cálculos de un salario cuando apenas se habla de posibles? ¿Cómo hacerlo sin que parezca urgente o a la duda se le confunda con mezquindad? Recursos, allí está la palabra exacta.

—De eso también queremos hablarle. ¿Tiene idea de la cantidad de proyectos que llegan cada día a la mesa del señor Secretario? Su trabajo no es tan simple, ¿qué trabajo lo es? ¿Estará de acuerdo?

Okey, pero me gustaría saber las condiciones.

El más experimentado apagó su cigarrillo y mientras frotaba sus manos comenzó a explicar que ninguna gran empresa era sencilla. El trabajo consistía en trazar el plan de estudios y después elaborar el contenido de cada materia, “una responsabilidad muy intelectual, pero necesaria”, dijo con cierto fastidio. Luego buscar a la planta de profesores, de preferencia, formada por profesionistas con grado académico. Luego de comunicarles que impartirían sus clases sólo los días sábados, convencerlos de que el Estado los necesitaba y por ello debían aceptar la paga de cien pesos por clase. Luego elaborar publicidad y aprovechar los contactos y amistades para “hacer el más ruido posible”. Luego comenzar la campaña de inscripciones. Luego buscar el edificio donde se impartiría la tan necesaria Licenciatura en Comunicación, Multimedia y Cinematografía... luego asegurar una matrícula de al menos cuarenta y cinco alumnos... Luego mantenerla y ser provisorios para la segunda generación y por los meses de los meses, los engañados de los engañados, los tontos de los tontos y amén.

—Cinco mil pesos mensuales no le deben parecer una cifra razonable si tomamos en cuenta que nuestra competencia, la Universidad Jarocha paga a sus coordinadores de carrera los cuarenta mil pesos mensuales — dijo el hombre delgado.

—No entiendo, ¿cinco mil pesos mensuales?

—Tome en cuenta que no es la única carrera que pensamos abrir, a usted le confiaremos Comunicación, Multimedia y Cinematografía; pero también arrancaremos con Diseño computacional, Administración y Ventas “on line”, con Educación del Siglo XXI y Tutorías Especializadas, con Procesos de Adecuación de Páginas Personalizadas Virtuales, con Administración del Tiempo Libre. Las carreras del siglo veintiuno. Usted apóyenos que el tiempo es sabio y lo dirá todo.

Las licenciaturas estarían avaladas por el Evea y se pondrían en marcha tan pronto el señor Secretario diera su autorización. El sueldo comenzaba cumplidos los primeros treinta días a partir del primer día de clases. Las instalaciones donde se impartieran las actividades académicas tenían que “conseguirse” mediante convenios. El Estado necesita el apoyo de todos, el país requiere de muchos profesionistas, los profesionistas deben fomentarse y crear sus fuentes de empleo... El señor Secretario estaba seguro de la viabilidad de su proyecto... el señor Secretario no pierde las esperanzas de que el gran timo educativo lo catapulte a conseguir la candidatura para contender por la Regencia... el señor Secretario le ruega a usted sirva a respondernos en no más de tres días... el señor Secretario no duda que su cargo de segunda se convierta en uno de primera... el señor Secretario gusta de recordar sus tiempos como Alcalde... el señor Secretario tiene de educador lo que un experto en Biología Molecular tiene de creyente en Dios.



HOY DIJO EL PERIÓDICO

Cuatro años y medio se cumplían de aquella olvidada y fallida entrevista. Vino a su memoria porque el caso de los chicos suicidas cimbró las conciencias y abrió una línea de fuego que estaba a punto de incendiar la Evea, secretaría de Eventos Verídicos de Educación para los Adultos.

Tres jóvenes que no pasaban de los veintidós años atentaron contra su vida tras enterarse que la licenciatura que habían cursado no tenía validez oficial o al menos no aparecía en el Registro de Profesiones que controlaba la Federación. El drama se suscitó porque una prestigiosa universidad de los Estados Unidos había aceptado a los chicos en una promoción al doctorado en Artes Visuales, pero cuando ellos mandaron sus documentos, la institución los rechazó de inmediato.

Ella se interesó en el caso porque recién la habían ascendido como jefa editorial de información de estados de la república; tenía por delante un caso de factor humano y una posible red de corruptelas. La corresponsal de Jalapa la tenía al tanto de lo que sucedía y cuando hablaron por teléfono la chica se había quejado: “Traté de preguntarle pero el tipo me cohibió, se me quedó mirando a los senos.”

Okey, tú averigua bien los datos de los muchachos y mantenme informada— tras colgar, sumergió una bolsita de té en el agua caliente que tenía la taza y recordó que alguien, ¿un reportero?, ¿un editor?, ¿un articulista? Alguien le había comentado que aquello de las licenciaturas se haría, con o sin ella: “Porque el hambre es muy cabrona y van a encontrarse a quien lo haga por cinco mil pesos mensuales, ya verás”.

martes, enero 22, 2008

PUNTOS SUSPENSIVOS...

Cuando al fin conquistaron Cartago, los romanos arrasaron la ciudad. “Delenda est Cartago” y punto. A partir de aquella lección los mortales comprendemos que ni siquiera el esplendor de una cultura es para siempre y debemos acostumbrarnos a los incendios, a los terremotos o a las pérdidas más cercanas.

Mi trabajo para el grupo Portal Comunicación Veracruzana concluyó el día 15 de enero del presente año, un despido y sin liquidación. Se terminó mi labor periodística en Milenio-El Portal. Fueron cuatro años y medio de coordinar la información cultural, el suplemento Laberinto-Veracruz y la columna Punto final. Pero como los nuevos directivos creen a pies juntillas que la divulgación cultural puede hacerse desde cualquier portal de Internet, pues como decimos en México: “Hasta no verte, Jesús mío”.

¿Decepcionado? No. ¿Cabreado? Bastante, lo suficiente como para olvidarme de ellos y guardar el bullicio del periódico en que trabajé, desde el 1 de agosto del 2003 a los últimos días de octubre del 2007… lo venidero sólo fue tensión, cotilleos, amenazas amariconadas —nunca se hicieron de frente— y demasiados rumores. Y en un lugar donde algunos periodistas sólo vivimos del sueldo que la empresa nos entrega, porque no vendemos la información que manejamos y no lucramos con la conciencia de los demás, cuidar el sitio y taparse la boca era necesario. Se llegó a afirmar, bajo el juramento del rumor, que los teléfonos y el sistema de mensajería instantánea están intervenidos. Los compañeros que laboran allí, no quieren comentar nada vía telefónica o mediante sus cuentas de correos que tienen servicio MSN.

Cuando quisieron obligarme a firmar un documento que machacaba mi dignidad, pensé hacer un verso al estilo de Ernesto Cardenal y espetárselos en lugar de mi rúbrica. Lamento no ser tan hábil y rápido… el verso se me aclaró como a las dos horas:

Que se me permita ser muy claro:

yo soy peón de rey,

no lacayo de tirano.

Peores cosas se han visto y quien sabe de libros, de historias y de cuentos de hadas, sabe que en momentos de crisis uno debe refugiarse en los buenos libros, los buenos vinos, los labios carnosos de la mujer a la que se ama, los brazos de los amigos que saben escuchar y quemar sus mejores puros. Lo demás es pura vanidad, puro llanto deforme, puro gimoteo que se lleva el viento. Ya seguí los consejos que Mario Benedetti ofrece en su poema Hombre preso que mira a su hijo:

…una cosa es morirse de dolor

y otra cosa morirse de vergüenza.

Y luego:

son macanas que los hombres no lloran,

aquí lloramos todos,

gritamos, chillamos, moqueamos, berreamos,

maldecimos, porque es mejor llorar que traicionar,

porque es mejor llorar que traicionarse…

Después leí a Séneca y a Juvenal… Terminé el breve encierro con poetas y listo. De nuevo a darle a la tecla, otra vez al ensueño y pronto, muy pronto, con un nuevo espacio. Por el momento, la función debe seguir y en unas horas tengo programa de radio que pueden escuchar a través de esta liga: http://avanradio.com.mx/conexion.html

Lunes, martes, jueves y viernes, en vivo, de 21 a 22 horas.

miércoles, enero 09, 2008

José María Morelos: Siervo de la Nación

José María Morelos y Pavón, originario de Valladolid (hoy la ciudad de Morelia), nació el 13 de septiembre del año de 1765. Era un atípico “español” con rasgos negroides. Se trata de un personaje controvertido que a pesar de sufrir la misma humillación que su maestro y luego capitán general, el cura Miguel Hidalgo y Costilla, pasó a formar parte del panteón de los héroes que dieron “patria y libertad” a la nación mexicana. El día de su fusilamiento, el 22 de diciembre de 1815, en la rivera del salitroso lago del pueblo de San Cristóbal Ecatepec, el cura-arriero-arriero-general sabía que moría con cierta indulgencia, pues antes de ser condenado se retractó de sus actos y escribió una carta dirigida al virrey calleja en la que delataba las posiciones de los cabecillas de la insurgencia. Los soldados que integraban el pelotón de fusilamiento ni siquiera pudieron haber contado si el pecho del cura temblaba, porque las balas que cegaron su vida se incrustaron en su espalda.

José María fue hijo de un carpintero que dilapidó su poca fortuna y ya huérfano de padre, el joven aprendió varios oficios hasta que topó con la arriería, un negocio fructífero para su época. Él cubría la ruta que transportaba las mercancías que llegaban en la Nao; viajaba del puerto de Acapulco hasta la ciudad de México. La disciplina, el trabajo duro y el ahorro consiguieron algunos frutos, pero no los suficientes como para asegurar la manutención de su madre y hermanas. El joven Morelos, curtido por lo agreste del trabajo, tiene veinticinco años cuando regresa a su natal Valladolid para ingresar al colegio de San Nicolás, en donde iniciará sus estudios para convertirse en cura. Es un alumno ejemplar y a los meses de haber ingresado, lo recibe en su despacho el más famoso de los maestros de aquel centro de enseñanza y que por ese tiempo ostentaba el cargo de rector, se trataba de “el zorro”, el cura Miguel Hidalgo y Costilla.

Pero el ingreso de José María a San Nicolás no fue sencillo. No se trataba de un problema de vocación (palabra extraña para quien abrazaba la carrera eclesiástica) sino de demostrar que él no estaba inscrito en el famoso “padrón de infamia”. Consideremos dos factores para comprender el asunto. José María tenía rasgos negroides, su estatura apenas si pasaba el metro con cincuenta centímetros y muy a pesar de las apariencias, su fe de bautismo lo tenía catalogado como “español”. La evidencia contrastaba con el documento y tras la jura de sus vecinos,, quienes acudieron a declarar que el joven provenía de familia sin tacha, las autoridades eclesiásticas dieron el visto bueno para que iniciara su carrera.

Cuando José María obtuvo al fin el grado de presbítero, su primer trabajo fue atender un curato de la Tierra Caliente, inhóspita de por sí. Primero fue Churumuco. Luego el curato de Carácuaro, que se extendía a dos pueblos más, Nocupétaro y Acuyo, que comprendía la atención a unos 1800 feligreses que requerían de bodas, bautizos, confesiones y misas. Allí el nuevo cura emprende su negocio de la compraventa de granos, lo que empieza a reportarle ciertas ganancias que le permiten adquirir un rancho y edificar el segundo piso de su casa de Valladolid. El señor Morelos se adapta a una vida más o menos sosegada y disfruta de las mancebas indígenas de su parroquia, Brígida Almonte le daría un hijo al que llamaron Juan Nepomuceno Almonte. Todo marcha de acuerdo hasta que en 1810 llegan noticias del movimiento que encabeza Miguel Hidalgo. José María abandona su curato y va a ponerse a las órdenes del viejo y admirado maestro. Loable independencia que le debe todo a las marrullerías de los hombres de Dios.

La campaña militar que emprende Morelos no es tan azarosa como la de Hidalgo, pero a la postre y conforme obtiene triunfos militares, lo comienzan a rodear los licenciados y los poetas, los embaucadores de siempre. Y cuando Morelos obtiene un cuantioso botín de tres millones de pesos, en Oaxaca, se dedica a hacer fiestas y honras en lugar de organizar su ejército. La gloria le ha obnubilado la razón. Uno de sus poetastros le vende la patraña de que Napoleón ha dicho: “Con dos generales Morelos dominaría yo el mundo”. Allí recibe el regalo; Mariano Matamoros le obsequia un uniforme de general recamado en oro. El general manda a pintarse un retrato con esas ropas. De la bonanza llega el dispendio. La insurgencia es un movimiento desorganizado y de intrigas interiores.

Morelos convoca a su Congreso de Chilpancingo, en que sólo hay nueve diputados elegidos por él. La insurgencia se debilita. Conforme crece el número de aduladores se pierden las batallas. ¿Sentimientos de la nación el impulso de unos cuantos? Allí acepta el título de “Siervo de la Nación”. Félix María Calleja los acorrala…amanece diciembre 22 de 1815 en Ecatepec. Termina la gesta insurgente. La independencia sería cosa de españoles, no de los criollos.


martes, enero 08, 2008

Tabucchi: La línea del horizonte

“…si uno no tiene valor para seguir adelante
nunca entenderá nada., se verá obligado únicamente a
jugar durante toda la vida sin saber por qué”.

Spino a Harpo. Capítulo 15

El aroma que se percibe es marino, pero acaso la brisa que se convierte en caricia arrastra la cierta desolación de la nostalgia. Y probablemente porque se trata de una ciudad vieja o mejor dicho, de lo que sucede en la parte vieja (“histórica”) de una ciudad italiana con puerto, Génova, se aventura a explicar el editor y lo deducirá el lector cuando algunas descripciones coinciden con lo que existe en la capital de Liguria. Pero ante los ojos del escritor italiano Antonio Tabucchi (1943), esta es una ciudad triste, apartada de su trajín vivaracho, de su acuario, de su mar Mediterráneo… no hay el ir y venir de los hombres provenientes de los siete mares, no hay ruido, tan sólo las pisadas de Spino, un médico forense que un día decide comenzar a indagar la existencia de alguien.

Navegar por los veinte capítulos de la novela La línea del horizonte (publicada por primera vez en 1986, bajo el título Il filo dell´orizzonte; la traducción al español es de Joaquín Jordá), de Antonio Tabucchi, no es viajar a la Génova literaria —el autor jamás la nombra, sólo la “induce”— sino adentrarse a los mundos que el escritor ha sabido plantear en novelas como Se está haciendo cada vez más tarde y Réquiem; historias donde el lector participa del engaño literario pero disfruta la magistralidad con que se plantea. Las obsesiones de Tabucchi son los personajes solitarios a quienes el lector va tomando un aprecio muy próximo a lo familiar, porque a través de las páginas los personajes se van completando, se tornan redondos y cuando termina la lectura uno tiene la sensación de haberlos conocido desde siempre. ¿Cómo olvidar al rechoncho periodista que camina por las calles de Lisboa con su bastón en la mano, en la fascinante Sostiene Pereira? Ese es uno de los numerosos méritos del que es considerado el mejor escritor italiano de su generación.

En La línea del horizonte (Anagrama) se cuenta la historia de Spino, un hombre maduro que trabaja en el servicio forense del viejo hospital céntrico, un nosocomio olvidado de las cuentas de las autoridades sanitarias y que sirve únicamente para el depósito de cuerpos. Sabemos que el inmueble es un vejestorio enquistado en una parte poco amable de la ciudad, porque a la salida de su trabajo Spino debe sortear las calles que son más transitadas por inmensas ratas que por las prostitutas que ofrecen sus servicios. Fuera de allí, una vida cómoda, apacible; el forense, ya entrado en años, tiene una novia, Sara, quien le corresponde tanto en la cama como en las terrazas de los cafés, pero no deciden a vivir juntos porque: “…es una lástima que se hayan conocido tan tarde, cuando la suerte ya estaba echada; está segura que con él habría sido feliz; puede que él piense lo mismo, pero para reconfortarla le dirá que no, una cosa es ser amantes y otra cónyuges, lo cotidiano es el peor enemigo del amor, lo tritura” (capítulo 2).

Apenas en el segundo capítulo todo parece indicar que se trata de una novela convencional, burguesa. Ocurren aún cuatro capítulos más que van preparando al lector para la verdadera historia que flota en la superficie de La línea del horizonte. Sí, en el segundo párrafo del capítulo 7 hay una frase contundente: “Spino comienza a fantasear”. No se trata de un maduro que se torna en loco sino de un médico que descubre la necesidad de averiguar la identidad de un cadáver que él mismo ha recibido, ha colocado en el dedo gordo del pie el hilo del que pende la boleta y ha cerrado la gaveta. Es el cuerpo de “…un joven que aparentaba entre veinte y veinticinco años, barba castaña, ojos azules, delgado, estatura media”, pero un desconocido, porque los documentos que se le encontraron eran falsos.

Spino tiene la oportunidad de averiguar, pues finamente es quien tiene acceso al cadáver y a las escasas pertenencias con que lo llevaron. ¿Se interesa en una historia ajena porque nadie reclama el cuerpo del joven? Las pesquisas inician y con ellas, la reconstrucción de toda una historia. Un cura le pregunta al forense: “¿Por qué quiere saber algo sobre él?” y su interlocutor responde: “Porque él está muerto y yo estoy vivo” (capítulo 8).

Después vendrá el viaje que a la vez se trata de una retrospectiva. Spino comienza sus averiguaciones y la etiqueta de la chaqueta lo conduce a un sastre, el sastre a un contable que “tiene el aspecto de quien ha escrito durante toda la vida cartas a países lejanos” (capítulo 12), el contable le ofrece otra pista, una escuela-internado de poca ralea que dirigía la señorita Elvira, una anciana que todo lo guarda y apenas si tiene recuerdos del pequeño Carlito o Carlino… luego la camarera de una panadería, un vendedor de remedios herbolarios, un mensaje esculpido en una lápida y una gaviota que parece hablarle al cada vez más desorientado Spino. Al final, nada o tal vez el descubrimiento de los nexos.

La gran lección que plantea Antonio Tabucchi es que la búsqueda del otro culmina cuando uno se encuentra con la propia historia. Spino descubre la fuerza de los nexos, la presencia que significa sólo cuando observamos y pensamos las cosas. El mundo es una constante lectura de cada mirada.