Mostrando las entradas con la etiqueta Tres con taza. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Tres con taza. Mostrar todas las entradas

jueves, octubre 09, 2008

La “cultura” y la sarna en los medios

Foto: Graciela Barrera

Los correctores de estilo que —a veces- se afanan en las salas de redacción de los medios en que he laborado, pareciera que tienen un acuerdo implícito para referirse a la sección de cultura (y su contenido, es obvio) con un apodo que genera risas pero que a la vez refiere una visión en conjunto. Le llaman “Tortura.” Y no es porque la relacionen con una torta, su acidez verbal es clara: tiene que ver con el tormento. ¿Es un sacrificio leer y corregir quizá la parte más amable (además del resultado de los Pronósticos) que los lectores tendrán frente a sus ojos en la edición del siguiente día?

El ancla no sólo es responsabilidad de los correctores y sus términos peyorativos. Jefes de información y directivos soslayan su preocupación sobre el contenido de la sección cultural. Todos saben de antemano que las noticias allí publicadas no darán rebambaramba a menos que se trate del hurto de una obra considerada patrimonio artístico o el deceso de un santón encumbrado en el barroquísimo e intrincado altar del sector llamado Cultura.

¿A quién le interesan las noticias o textos con carácter de divulgación que se incluyen en la sección cultural de un medio de información? Hay tres entidades: protagonistas, emisores y receptores. La aseveración que indica: “si apareces, existes”, quizá tenga validez desde el punto de partida que considera que todo medio informativo tiene funciones sociales. Por tanto, lo que se publica va, obviamente, dirigido a un público. Pero en el caso de los medios (que se suponen abiertos o destinados a la población en general) habrá que indagar si todas las secciones están destinadas al grueso del consumidor y en todo caso, si el consumidor las acepta.

Las cotizaciones, precios al alza y baja de la Bolsa de valores dan cuenta del comportamiento del mercado; la página de las ofertas del día promovidas por los supermercados dan opciones al comprador inmediato. La cotización se ubica en sección financiera, la oferta cotidiana tiene cabida en las secciones general o de sociales. ¿Qué sección recibe mayor atención de parte del público? Y en el caso específico de la “cultura” pongamos sobre la mesa únicamente dos preguntas que, por su maña en el planteamiento, conducirán a respuestas evidentes. La primera, ¿es más interesante informarse sobre el deterioro de un inmueble considerado patrimonio artístico o la precaria condición en que vive una otrora celebridad de la farándula? Segunda, ¿qué monto interesa más, el incautado a un narcotraficante o el financiamiento destinado a las becas para el estímulo a la creación artística?

Las cifras no hablan, pero se interpretan. Los portales electrónicos de los medios informativos sitúan en sus páginas de inicio una valoración de las noticias más leídas. Se trata de un criterio “automático” impuesto por los lectores, no directamente de las casas editoriales. En agosto de 2008, el portal de El Universal sólo reportó como noticia “más leída” del sector cultural la muerte de dos personajes mexicanos: el dramaturgo Víctor Hugo Rascón Banda y el escritor Alejandro Aura. En los días restantes, al grueso del público, ninguna noticia del sector cultura le valió atención necesaria como para ubicarla en el sitio de las más consultadas.

La situación de la cultura en México es desalentadora, la falta de acuerdos y consensos impide que se atienda a los nuevos sectores (niños y jóvenes). La intención de protagonistas y divulgadores es viable, pero a 20 años de creado el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) el debate sigue abierto y las soluciones son tan distantes que ni siquiera existe una ley federal en materia de Cultura y adolecemos de un Ministerio o una Secretaría de Cultura; todo se nos queda en Consejo, Instituto, Dirección o adorno.

¿Hay una ley que obligue a los medios informativos a sostener una sección de cultura en sus espacios? No. Como tampoco hay intención de los medios por fomentar una especialización entre sus reporteros y de allí la falta de ampliación de las secciones, carteleras incluyentes (son casi un milagro las que ordenan las instituciones públicas a través de las inserciones pagadas), crítica y valoración artísticas, espacios destinados a fungir como escaparate de obra y una labor editorial para valorar los alcances y los retrocesos. Sin un lugar para el debate público, las actividades artísticas, recreativas y académicas serán para consumo interno o bien la caloría extra para engordar la egoteca de los creadores.

La falta de una legislación que ampare a todas las áreas consideradas como actividades o patrimonios culturales afecta al mismo ejercicio en los medios de comunicación. Por una parte, el periodismo cultural raramente se presenta como opción en las carreras que forman comunicadores, ese terreno aún es subjetivo y ¿de qué forma un solo reportero puede abarcar todas las disciplinas artísticas? O mejor dicho, ¿cómo puede ejercer una correcta divulgación o una crítica? No hay una base jurídica que fomente un punto de partida y entonces la noticia cultural queda a la zaga de los gustos o bien del mero reporte que únicamente da cuenta de inauguraciones y presentaciones.

La obvia incapacidad de ejercer críticas o evaluaciones no afecta sólo al medio y al público lector. Es un problema que va más a fondo, la incipiente crítica jamás fungirá como acicate para que los organismos públicos encargados de la administración y gestión cultural sean mostrados a la opinión pública tanto en sus aciertos como en sus fallas. En apariencia no ocurre nada porque además de la falta de preparación no hay tiempo para dar seguimiento a las notas y así poder efectuar la medición de los impactos. Las secciones de cultura no tienen una nómina generosa, como la política y por lo regular un medio contrata a una sola persona para cubrir las funciones de coordinador, reportero, fotógrafo e incluso formador de la propia sección (en el medio impreso).

Si bien la especialización en el periodismo cultural es un proyecto que se queda en las buenas intenciones, la falta de preparación no lo es todo. Los bajos salarios que perciben los empleados de los medios obligan a que un mismo reportero busque trabajo en la mayor cantidad de empresas posibles y su reporte se convierta en una base similar que varía según la función del soporte al que va dirigido: información rápida y apenas digerida que se difunde igual en prensa, radio y televisión. Si la media salarial es de cuatro mil pesos mensuales, difícilmente un periodista de cultura trabajará para un solo medio. Y si la exigencia diaria es cubrir una sección que abarca disciplinas tan variadas, es más complicado que el divulgador encuentre tiempo disponible para sopesar la información y darle un tratamiento de periodismo de fondo.

Los medios locales que más pueden abarcar los terrenos culturales lo hacen mediante la colaboración, donde la remuneración es obtener un cierto prestigio de crítico ante la comunidad de creadores y practicantes. En la mayoría de los casos los colaboradores son especialistas en su tema (cine, danza, pintura, literatura, etcétera) pero carecen de la formación que permita la correcta divulgación periodística y a veces las columnas se convierten en un diálogo de sordos. Añadamos que la falta de pago evita la aparición constante de los espacios de crítica, ¿cómo puede, un coordinador de cultura, obligar la entrega puntual y correcta del material que, de manera gratuita, le proporcionan sus colaboradores?

La cultura será una coyuntura milagrosa en los medios hasta que no se legisle y regule su verdadera función social que no es adorno o recreación sino la manifestación más sublime de lo humano.



lunes, octubre 06, 2008

El arteYparte que se nos fue


El lunes 23 de julio del año 2007 en la cabina 2 de la empresa radiofónica Avanoticias el bullicio era más ajetreado que de costumbre. Iniciaba la nueva barra programática de la estación Conexión 610, en la frecuencia de XEJA de amplitud modulada. Al mando de la colega periodista Yadira Hidalgo un grupo de bien intencionados quijotes comenzábamos la aventura de apostar por una radio hablada local. Los programas eran variados y suponíamos éxito confiados en tres factores: 1) Contenidos específicos, 2) Garantía de que cada programa tenía como titulares a los compañeros más reconocidos en el manejo de sus fuentes y 3) Un generoso cuerpo de colaboradores.

Quien escribe logró colocar en Conexión 610 un proyecto fuera de género para radio comercial, arteYparte. Se trataba de una revista hablada, con emisión nocturna diaria cuyo objetivo era dar cuenta del acontecer académico, científico, cultural, artístico y recreativo de la ciudad capital de Veracruz, la dilecta y ensimismada Xalapa. El planteamiento fue visto con simpatía; no se trataba (ni se trató) de ofrecer un noticiario de cultura en el sentido más solemne y agrio. Era permitir a creadores, intelectuales y divulgadores un espacio donde sus voces poseían una tribuna desde la que pudieran dar cuenta de su actividad a la vez de señalar lo que estaba bien o mal.

Si los protagonistas de la cultura veracruzana se quejaban de las condiciones precarias en que desarrollaban sus proyectos, ¿por qué no expresarlo al aire? ¿Sería posible?

Aquel 23 de julio el nerviosismo era muy evidente. Hacia las 17 horas de aquel día recibí una llamada telefónica de Yadira Hidalgo, me preguntaba si todo estaba listo para abrir la emisión, en vivo, a las 21 horas. Le dije, en tono de broma, que sólo requería de una botella de vodka o una caja con ansiolíticos. Hacía casi siete años en que yo no tenía la titularidad de un programa de radio y aunque por entonces llevaba la jefatura de información cultural en un importante medio impreso, una columna diaria y la dirección de un suplemento de cultura, la responsabilidad de la prensa distaba mucho de lo que se venía en la radio.

arteYparte comenzó con el pie derecho. Gracias a los colaboradores y al respaldo de la empresa, en poco tiempo nos posicionamos como la única opción que manejaba la información cultural desde una trinchera desenfadada, crítica y responsable. El programa concluyó, también con el pie derecho, el viernes 19 de septiembre del año 2008. Y si era bueno, ¿por qué se terminó? O mejor dicho, ¿por qué la dirección de la empresa decidió suprimirlo? La respuesta es sencilla, se reorganizó la programación de la cadena radiofónica Avanradio. Nos embistió la globalización; pero la información de cultura pasó de un programa específico a los noticieros. Es menos tiempo al aire, sí. Pero hay presencia.

Durante casi trescientos y tantos programas en vivo recorrieron andanzas con nosotros demasiados protagonistas de la cultura. Es imposible anotarlos aquí. Lo que debe quedar fuera de la omisión son los amables colaboradores que sin recibir sueldo, acudían cada semana para dar su opinión. Sin orden alfabético y por los días en que asistieron, se trata de: Rosa del Carmen Ramírez (cocina), Graciela Barrera (cine), Germán Martínez (libros), Alejandro Portilla (diseño), Sabino Cruz (divulgación), Rebeca Bouchez (difusión), Celestino Lugo (literatura), Luis y Bethania Hernández (arquitectura), Javier Ortiz (historia), Silverio Cruz (vida cotidiana), Alejandro Riquelme (juventud), Javier Hernández Alpízar (actualidad), Lourdes Hernández (terapias), Jesús Moreno (religión), Yadira Hidalgo (periodismo y género) y Omar Rayo (diversidad).

Ellos y los invitados fueron los protagonistas de arteYparte. Yo sólo daba la hora y los presentaba además de interrumpirlos. A su lado, amigos entrañables todos, aprendí en demasía, al grado que cuando cerraba cada emisión del programa nada más me restaba decir: “si cuando termine este programa apaga la radio, no encienda la tele, mejor abra un libro. Hasta la próxima”.

lunes, septiembre 15, 2008

El grito

Foto: Graciela Barrera

La conmemoración del inicio de la guerra es más antigua que la misma Independencia. El primer “grito” lo organizó Ignacio López Rayón, fue en el pueblo de Huichapan, el 16 de septiembre de 1812.

Los sentimientos de la nación, documento emitido por José María Morelos (septiembre 14 de 1813, en Chilpancingo) decreta en el punto 23: “Que igualmente se solemnice el día 16 de septiembre, todos los años, como el día aniversario en que se levantó la voz de la Independencia…”

El 4 de diciembre de 1824, Guadalupe Victoria, primer presidente de la República, decretó el 16 de septiembre como fiesta nacional.

Desde los tiempos de la lucha por la independencia y hasta nuestros días, México ha celebrado el ritual del Grito, salvo en el año de 1847, cuando el país estaba invadido por los estadounidenses.

Porfirio Díaz realizó cada conmemoración de la Independencia desde Palacio Nacional y fue quien cambió el festejo a la noche del 15 de septiembre.

A partir de Lázaro Cárdenas, se comenzó a estilar que cada presidente, durante su quinto año de gobierno acuda a la ciudad de Dolores para dar el Grito. Ernesto Zedillo nunca acudió a Dolores.

Han agregado frases a su gritos: Lázaro Cárdenas, vitoreó a la “Revolución social”; López Mateos a “la Revolución Mexiana”; Luis Echeverría, “¡Vivan los países del Tercer Mundo!”. López Portillo incluye, por primera vez, a una mujer: “¡Viva la Corregidora Josefa Ortiz de Domínguez!”. Zedillo: “¡Viva nuestra libertad! ¡Viva la justicia! ¡Viva la democracia! ¡Viva la unidad de todos los mexicanos!”. Fox agregó el: “Mexicanas y mexicanos” y cada año cambiaba frases que ni siquiera se relacionaban con la Independencia: “Viva la democracia y la libertad, viva la concordia y solidaridad, viva la unidad de las y los mexicanos, viva la patria, viva México”.

(Datos extraídos de El Grito: símbolo, fiesta, mito e identidad. De Fernando Serrano Migallón. Este País, 205, 2008.)

domingo, julio 27, 2008

19 años de feria… mayoría de edad


Para cuando este artículo se distribuya en la versión impresa, serán exactamente tres los días corrientes de la XIX Feria Nacional del Libro Infantil y Juvenil que se celebra en Xalapa. Si fuera como los que nunca están conformes, entonces sólo tendría que anotar que jamás se debe agradecer a ningún gobernante el hecho de cumplir con su obligación, pues vigilar por la consecuencia y el desarrollo de las actividades culturales es parte del compromiso adquirido en el momento en que aceptan la estafeta de la administración pública.

Clap, clap, clap sólo porque desde el año de 1989 en Xalapa se celebra una feria libresca dedicada al público infantil y juvenil es aplaudir a los decoros que brinda la cultura planeada en grande. Aquí lo conveniente es recalcar que no basta con la buena intención de los últimos gobernadores de la entidad, sino reconocer los méritos de los equipos de organización que hacen posible el hecho de que una ciudadanía tenga la posibilidad y la seguridad de que cada verano, con puntualidad, las puertas de una sede como el añoso edificio del Colegio Preparatorio de Xalapa abra sus puertas para un evento que nos conviene a todos.

Incluso y para bien de los asistentes, eventos como las ferias de libros son convenientes hasta para los gobernadores. Desgrano la idea. Lo afortunado de una feria del libro es que los gobernantes sólo van a asistir al numerito de inauguración y ése no pasa de los sesenta minutos, la foto, el discursito, el corte de listón y un brevísimo recorrido. Luego se esfuma la corte de los mininos y para solaz y esparcimiento de los ciudadanos, nos quedan nueve días y medio para disfrutar de las presentaciones de libros, talleres, conferencias, mesas redondas, actuaciones artísticas y ofertas del mundillo editorial. La ventaja en Xalapa es que hasta la fecha no se cobra el acceso al recinto ferial (de libros) y el “plus” o el extra es que las actividades de esta XIX emisión no tienen costo alguno. Fiesta de libros y palabras, verbena popular.

Alguien me decía que aprovechaba estos festejos para ver, sólo por morbo, si lograba robarse un libro. No comulgo con esa opinión. Una feria de libros tampoco es un tianguis donde el vendedor se la pasa a grito pelón: “Llévelo, llévelo”. Y me parece que robar un libro en una feria de libros es como el que participa en una orgía y sólo por experimentar se atreve a picarle la cola al que está a un lado. Los que compramos libros, sea para leerlos o para acrecentar la biblioteca personal (en mi caso, adquiero más de lo que puedo leer), sabemos que las ferias son oportunidades para encontrar rarezas o para llevarnos a casa una decena de ejemplares que terminarán en el repudiado estante de los “pendientes”. Una costosa rareza que compré en la XIV emisión fueron los ensayos Estética de lo obsceno, de Huberto Batis (y que en mi país de lectores deben existir sólo otros 999 poseedores del mismo libro) y una necedad de la XVI fue una novela que hasta la fecha se resguarda del polvo gracias a la cubierta de celofán, Los cipreses de Córdoba.

Como lector, celebro cada emisión de una feria de libros. Como escritor, me deprime cerciorarme de la ingente cantidad de lanzamientos que las editoriales emiten cada año, quizá porque no hay un solo ejemplar de mi autoría y me pregunto, “¿Para qué sigo con la necedad de escribir si hay tanto y tan deseable?” Pero como no hay depresión boba que no cure la tarjeta de crédito, allí está el plástico azul y la firma inmediata.

Los lectores ya sabemos de estas mañas y deficiencias mayores. Los que apenas se inician, niños y adolescentes, deben atreverse a que una gota del veneno de las dudas entre por sus venas y que un libro abierto y leído, les muestre que las grafías sobre el papel no es la vida en sí misma, sino apenas palabras y palabras que juntas, los conducirán de la mano para creo, evitar el abismo de las generaciones a las que cuestionan.

miércoles, julio 23, 2008

La mirada de los ridículos

El martes 15 de julio unos dos mil xalapeños tuvimos la oportunidad de anonadarnos con la destreza de los Niños Virtuosos del Cáucaso. Fernando Licea y hermanos arriesgaron su capital y contrataron dos funciones de gala. Más de treinta bailarines, músicos en vivo, vestuarios y galanura arrancaron aplausos y “oh” entre un público que por cada pirueta batía sus manos con un encomio de expertos. Bravo por los niños (y niñas) que desde Georgia trajeron esta ventana que permitió asomarnos al otro lado del mundo.

Danzas y acrobacias se combinaron ante los ojos. La maestría se convirtió de palabra a realidad cuando el observador atento comprobó que las botas eran de piel suave y que los pequeños se apoyaban en los dedos de sus pies, que no estaban protegidos por puntas de metal. Ellas, pequeñas y transparentes se deslizaban por el escenario, sus movimientos estaban impregnados de gracia y de una elegancia apenas sugerida por un folclor que no permite a la mujer un papel más activo. Se trata de una cultura con de dignidad guerrera, más claro ni el agua. Y tras ver esto uno comprende lo mucho que importa el amor en la vida, pero también que por cosas así: danza, música, teatro, pintura, cine, arquitectura, patrimonio y belleza, vale en demasía cuidar este planeta.

Y no sé en el resto del mundo, pero me consta que en Xalapa la reseña de un espectáculo no estaría completa si uno deja fuera el comportamiento del público. Las cosas son así, y entre más costoso es el boleto de un espectáculo considerado como “demasiado cultural” la nota se genera en la zona de las butacas y no sobre el escenario. Porque está de moda ser conocedor de las rarezas es porque se llenan las salas, pero en una ciudad donde los valores católicos están en vilo, la pasarela de la misa dominical está en desuso; entonces la sala de teatro es un lugar inmejorable para “ver y que te vean”. No sucede con el teatro universitario o los conciertos de la Orquesta Sinfónica de Xalapa porque en el fondo, los ricos saben que se trata de subsidios y jamás será glamoroso pagar sólo ochenta pesos para escuchar una interpretación de Mozart.

Esnobismo no es la palabra correcta, el anglicismo indica una exagerada admiración por todo lo que está de moda. Más bien se trata de una suerte de mostrarse con todo lo que está de moda para enseñarle al de junto que él no tiene el mismo juguete porque seguramente no le alcanza. Y aunque el repiqueteo de los teléfonos celulares ya no es tan usual durante las funciones… los usuarios ya aprendieron a programar el silenciador, ahora son los aparatejos que incluyen cámara para vídeo lo que impide que el de junto o el de atrás se concentre en la función, porque la luz de la pantalla distrae.

Asistir a un espectáculo en vivo sólo para grabarlo, ¿no será perder el tiempo y el dinero? Cuando se trabaja para un canal de televisión y uno es camarógrafo, la maldición de ver a través de una pantalla es una forma de ganarse la vida. Gracias a los camarógrafos experimentados los televidentes hemos ganado el momento preciso de un gol, la estocada del banderillero o la lágrima de la fulana que gana el concurso de belleza. Pero no me digan que el industrioso bobalicón que graba para su archivo personal y los distrae con la luz de su pantalla va a usar aquellas imágenes tan malas.

Dudo que el furtivo cazador de acontecimientos convide a sus amigos para que la noche del sábado vean las piruetas de los niños danzantes. Uno: porque sus imágenes son pésimas y se mueven de un lado a otro; dos: porque si no vació la memoria del aparato y se le cruzaron las piernas de una chica, los pequeños que llegaron desde Georgia podían sacrificarse.


lunes, julio 21, 2008

Los comelitones de Estado

Quien esto lea y recuerde los excesos cometidos por la clase política, no olvidará que hace poco más de un año los mexicanos nos escandalizamos por los gastos que genera el consumo de artículos de “primera necesidad” de los diputados federales en el palacio legislativo de san Lázaro, en la ciudad de México. Los representantes del pueblo, no conformes con sus generosos salarios, consumen, entre sesión y sesión, grandes cantidades de caramelos, galletitas, botellas de agua mineral y cientos de kilómetros de pañuelos desechables, tantos como para limpiar el culo a un regimiento de soldados acuartelados. La indignación no pasó del suelo, aquella noticia se eclipsó con la llegada de otra que, sin duda era más vergonzosa, ¿cuál? Pues cualquiera.

Esto no se trata de un verdadero abuso de poder sino más bien de la enseñanza que nos casi obliga a brindarle agasajos a toda persona que ostente un rango de autoridad con respecto a nosotros. El anfitrión llega a cometer despilfarro, incluso en detrimento propio. Quizá en el fondo queremos demostrar que tan poco mezquinos podemos ser o qué tan lejos estamos de la miseria absoluta. Frijoles apenas sazonados con sal en la mesa de todos los días y carne, sólo para cuando las visitas merezcan.

Y es que aún, por cultura o mal entendimiento de la hospitalidad, la mayoría de los mexicanos estamos acostumbrados a “echar la casa por la ventana” cuando al hogar, al barrio, a la ciudad o al país llegan personas con investiduras más galantes que las de uso común. Que no se diga que estamos tan mal. Lo confirma el clásico chiste de la cena que organiza el empleado para convidar a su jefe, cuando están a la mesa, el niño pregunta: “Mamá, ¿alcanza el filete o también hoy me hace daño?”. Un amigo cercano alegaba que el mejor pretexto, cuando los comensales rebasan el número esperado, es declarar que los manjares le provocan acidez estomacal o de plano, que si engulle las croquetas de bacalao, tendrá jaquecas.

Cuando pensamos que el despilfarro es una manía propia de mexicanos, el mito se viene abajo. La última cumbre del G-8, celebrada en Japón, donde los representantes del los países más ricos del mundo se reunieron para tratar, además del problema del cambio climático, la crisis alimentaria, convidó a sus exclusivos invitados a una cena sobre tatamis. Japón, cena y tatamis nos remiten a un imaginario: arroz cocido al vapor, pescado crudo y sake, siempre y cuando fuera cierto el dicho aquel de: “a la tierra que fueres has lo que vieres”. Pero como los dignatarios de Francia, EE UU, Rusia, Reino Unido, Canadá, Alemania, Italia, la Unión Europea y Japón no convivieron con los ciudadanos de a pie, se conformaron con…

Un agasajo formado por un menú de 19 platos. “Bendición de mar y tierra… a los mandatarios presentes en la isla de Hokaido les fueron ofrecidos entre otros manjares maíz relleno de caviar y salmón ahumado o cordero asado con setas y trufas… El banquete estuvo regado con el tradicional sake japonés, además champaña Le Rêve, borgoña Château Latour y caldos de California y Hungría” (El País, julio 9 de 2008).

Por supuesto, se trata de los representantes de los países más ricos del planeta. Que con su dinero lo paguen. Mas si el exceso nos pareciera imprudente yo sé de gobernadores mexicanos que no se conforman con una copa de vino con denominación de origen (digamos que de 400 pesos la botella) y son tan buenos catadores que cuando les sirven “algo similar” rechazan la bebida porque alegan que no es al que están acostumbrados, pues sus jugos gástricos no soportan más que caldos de 4 mil pesos la botella. Ni modo, al buche de nuestros mandatarios mexicanos lo que un profesionista mal pagado gana por un mes de trabajo. Esto es amor a la mexicana.


viernes, julio 18, 2008

Crónica de un luto sin llanto

Como quien sin querer y adrede fue de los que siempre dio nota, la muerte del antropólogo Roberto Williams García (1925-2008) se difundió como el reguero de pólvora en la ciudad capital de Veracruz. La mañana del jueves 26 de junio los teléfonos celulares repiqueteaban para anunciar, remachar o confirmar la noticia, a las tres de la madrugada, el amigo había dejado de existir.

El círculo de próximos a su aura ya esperaba el desenlace. Los últimos dos años habían sido de frecuentes recaídas y desde los primeros días de junio su estado de salud se complicó al grado de la hospitalización definitiva. “Está muy mal”, “No hay nada qué hacer”, eran los rumores callejeros que después confirmó el veredicto médico. Y para quienes lo tratamos más allá de la academia, como en las bohemias que se celebraban en su casa de la céntrica y xalapeña callejuela Jesús González Ortega, no había asomos de resignación sino más bien el asentimiento de aceptar lo que decía Schopenhauer: “Los primeros cuarenta años de vida nos dan el texto; los treinta siguientes, el comentario”.

La partida de Roberto Williams García fue dolorosa, como penetrante es la idea de la muerte. Pero si de algún consuelo podíamos asirnos los cercanos era que el viejo: educó a propios y extraños, leyó, escribió, viajó, comió, bailó, enamoró y aprovechó al máximo desde los desvelos hasta los crepúsculos, alboradas vespertinas que tanto le gustaba fotografiar desde la terraza del parque Juárez. Él ya no está. Juan Ventura Sandoval, amigo y académico universitario, escribió sobre la muerte de Williams: “¿Y qué decir de la circunstancia de morir a las tres de la madrugada, esa hora que los estudiosos de la magia y las costumbres llaman la hora de los espíritus? Tu devenir en espíritu ha llevado a otra dimensión tu obra académica y educativa. Qué tristeza causa saber que contigo se va otro de los pilares que instauraron el sustrato cultural de la antropología…” (Diario de Xalapa, junio 28 de 2008).

El escritor veracruzano Raúl Hernández Viveros publicó en ese mismo periódico: “…durante varias décadas compartí muchos días de diálogo constante y creador con Roberto Williams García… Fueron miles de noches que en nuestras casas, tuvimos la oportunidad de compartir veladas extraordinarias de una lucidez infinita. Desde que me incorporé al Instituto de Antropología de la UV, se consolidó una profunda amistad… Continuamos y consolidamos la creación de proyectos culturales”.

Roberto Williams era infaltable a los eventos académicos y artísticos de la capital veracruzana. Se trataba de un joven en traje de viejo que curioseaba en los laberintos del conocimiento, que todos los días navegaba en el mar de letras de periódicos como El País, El Universal, La Jornada y los periódicos locales. Artículo que le gustaba, artículo que recortaba con minucia para mostrarlo a quienes accedieran entrar en polémica. Cierro los ojos y lo veo recibiéndome en su casa y acto seguido, extiende un recorte adherido a una hoja de papel revolución, tamaño oficio, con su letra en mayúsculas, que indica el medio y la fecha de publicación. “Lee en voz alta”, ordena., mientas, él se columpia en su mecedora. Al terminar la lectura, Roberto podía refrendar sólo dos cosas: “Es un genio, aprende a escribir así” o bien, se lleva las manos a la frente y grita: “Qué pendejo, nunca vayas a escribir a pendejadas”, ríe y anuncia con tono socarrón: “Bueno, te lo muestro para que no sigas escribiendo más pendejadas”. Después muestra sus dotes de manirroto anfitrión: “¿Quieres beber agua, refresco, café, té, cerveza, vino, güisqui, champaña, licores finos? Nada más tengo agua que espera el güisqui que me ibas a traer”.

ADIÓS, ANTROPÓLOGO

Los restos de Roberto Williams García reposan en el cementerio Xalapeño. Su último recorrido fue del Museo de Antropología al camposanto. Un día antes, en la sala funeraria donde velaban su cuerpo, la esposa de su entrañable amigo, el caricaturista Fernando Morales, me enseñó el “adiós gráfico” que tributaba el dibujante. Un Roberto ataviado con su cámara fotográfica avanzaba entre nubes mientras un jarocho con lágrima pendiendo le decía: “Adiós, antropólogo Roberto Williams, allá te alcanzaremos”. Gloria me dijo que sí, que hacia allá íbamos todos.

Seguramente alcanzaremos a Williams y en lo que llega nuestra cita con la pálida dama, los que convivimos con él aprendimos la lección: aún queda jamón serrano y queso rancio, rutas por andar, libros por leer, tinta y papel para escribir, canciones y poemas qué memorizar y mejor que eso, gente a la que se puede repudiar pero sobre todo, amar.




viernes, julio 11, 2008

“Reingeniería”, bobada a la moda

No tengo el dato para ser exacto, pero hace unos cuatro años revisaba algunos textos que se publicarían en la sección editorial de un periódico cuando saltó a mi vista un neologismo. Y lo que uno espera es que la palabra se escriba en cursivas o la adornen las presuntuosas comillas para comprender que el periodista quería enfatizar su juego lingüístico. Se trataba de la palabra “tramitocracia” y el contexto era una filtración sobre la innoble cantidad de trámites que los aprendices de empresarios tenían que pasar.

Taché la “tramitocracia” por un término más cercano al lector. Recuerdo que intenté variaciones como “excesivos trámites” cuando al segundo, tercer, cuarto y quinto párrafos, “tramitocracia” se repetía con la delicia de quien tiene el vicio de la palabra “que”. Desistí de la pulcritud cuando recurrí a la biblioteca de los haraganes, que no es otra cosa que el servidor electrónico Google. Allí estaba la palabreja y como la lengua galopa y se hace a diario, no había más que aceptarla. El mismo Fernando del Paso relata en Noticias del imperio que la alta sociedad mexicana del siglo XIX acuñó “dolce” por “dulce” debido a un problema de pronunciación del fallido segundo emperador mexicano, Maximiliano de Habsburgo. “Dolce” eran tanto la cajeta de Celaya como los alfajores.

Ahora comienza a galoparnos en la punta de la lengua la “reingeniería”, que de entrada se expresa como “volver a hacer la ingeniería” de una actividad determinada. La palabra se la escucho a políticos, empresarios e intelectuales. Pero si uno la mira con la atención del inconforme, no es otra más que explicar que se está desmadrando algo que ya estaba hecho. Así, hay “reingeniería” de los ayuntamientos, de Pemex, de la siguiente campaña política, de las estaciones de radio y hasta de los mismos periódicos.

La claridad tiene la convicción del sacrificio justo en el momento en que alguien decide que es mejor apellidar una acción que explicarla. Volvamos a ingeniarnos en todo para ocultar la falta de experiencia, de planeación o la más completa ineficacia. Digamos, por ejemplo, “incremento de la prostitución” para no aceptar que se permite el fortalecimiento de la red que trafica con el cuerpo de los seres desvalidos, porque explicarlo con todas sus letras implica gastar saliva, tinta y papel.

“Reingeniería” por simplicidad y por sobra de hueva.


lunes, junio 09, 2008

El chayote espina, pero alimenta

Foto: Manuel Álvarez Bravo

El sábado 7 de junio el gremio periodístico festejó el día de la mal apodada “Libertad de expresión”, otro festín de atole con el dedo pero como es el numerito de cada año no faltaron los honrosos discursos, desayunos, comidas y convites para relamerse los bigotes o constatar hasta dónde aguanta el hígado. Sólo es cuestión de irle perdiendo miedo a la palabrería y aceptar que celebramos nomás por no pasar el día en blanco y que las autoridades se acordaron de que no sólo el incógnito sobre de papel Manila es capaz de hacer azucarillo el culo de quienes lo reciben con toda puntualidad.

Porque si la “libertad” es de por sí una palabra que en la práctica se presta a tantas ambigüedades, acompañarla del mote “de expresión” no deja más que esbozar una sonrisita de malicia. Aunque en el fondo el problema no es quizá la falta de expresión sino la docta sobra de especialización en las fuentes informativas. Cuando un compañero reportero recibe por la noche o la mañana su agenda para cobertura informativa no le quedará más remedio que buscar los zapatos más cómodos e ingeniárselas para la furtiva caza de boletines y dos o tres declaraciones emitidas por la parte oficial. Sí. Conseguir y analizar cinco noticias diferentes en un solo día es una labor que gastaría hasta al más colmilludo.

¿Cómo pretender una labor informativa cautelosa si un mismo reportero en un solo día debe rendir cuentas sobre la sesión legislativa, las ocurrencias de las damas empingorotadas de los voluntariados, los disparates de algún alcalde con apellido de lustre y la marcha de campesinos que las buenas autoridades detuvieron a mitad de una carretera? Los medios informativos y sus protagonistas tienen pleno conocimiento de que es imposible “pensar la nota” y como el tiempo apremia, los premiados o los reporteros estrellas serán los que llegan primero, para ellos se reserva la exclusividad de las ocho columnas que, en la mayoría de los casos, sirve para alimentar el morbo al que se ha acostumbrado al lector habitual.

Periodismo de investigación en nuestros medios es una guasa o una pérdida de tiempo. En el fondo sabemos que de ir al origen que suscitó la nota es un juego que tarde o temprano va a defraudar a alguien. La aparente verdad pone en vilo a los actores y puede ser que se magnificó la noticia, sólo porque vendía pero que en realidad se trataba de una exageración; que los implicados son muy poderosos y una parrafada de evidencias destruirá con más facilidad a quien lo escribió que a las mafias; que el lector se percate del masoquista romance caricia-bofetada que sostiene la mayoría de los medios con gobernantes y empresarios.

Hay gotas que colman el vaso, por supuesto. Y conforme pasaron los días de retintín de la libertad de expresión y añadiduras, no faltaron los organismos públicos o las universidades privadas que se quisieron adornar con la apertura y democratización y convocaron a mesas de análisis o debate sobre el papel social de los medios de información. Los convidados al banquete fueron las estrellas de todos los días que escriben las ocho columnas de los medios de cada día. Aplausos por aquí y cosquillas por allá. Pero cuando llegan las preguntas sobre el embute o chayote (que nunca faltan, las preguntas) aquellos se aclaran la garganta y juran que el chayote es una verdura que espina pero que alimenta, nada más.

A veces, esto de los debates se parece a cuando un grupo de puritanos defenestra la prostitución y alguien les pregunta: “En su vida, ¿ha requerido los servicios de una sexoservidora?” y ellos dicen que nunca, que con su sacrosanta esposa y su mano derecha tienen de sobra. Que viva la alegría y ja, ja, ja, já.


jueves, mayo 29, 2008

Imaginario y ficción: ahogarse en un buche

La cinematografía se ha permitido fantasear con la destrucción de ciudades o naciones enteras. El motivo de las catástrofes no apunta únicamente a la invasión de fuerzas extraterrestres o guerras atómicas y el factor ambiental ha ejercido su peso. Aunque no todo lo que se proyecta en la pantalla grande y se reproduce en la chica es Hollywood. Desde la bucólica visión del filme “Río escondido” (1947. Emilio “Indio” Fernández) el público mexicano se conmovió con la historia de Rosaura Salazar, una maestra rural que está enferma del corazón y recibe de buena gana el encargo presidencial —Lázaro Cárdenas- de atender una escuela que lleva meses cerrada. La escuela se ubica en el pueblo de Río Escondido donde Regino Sandoval, el cacique, sojuzga a los habitantes, los explota y les niega el agua.

La moraleja de aquel filme tenía un punto nodal en su drama: reabrir la escuela y muy a la “Fuenteovejuna” del siglo de Oro, concienciar al pueblo de que educación y agua eran su patrimonio y que los caciques nada podían cuando el pueblo se une. Eran los amorosos lances del “Indio” Fernández para con la política que financiaba este tipo de películas, las reminiscencias de la administración del presidente Lázaro Cárdenas (ocupó la presidencia de 1934 a 1940).

LA OTRA CARA

Y mientras la promesa de la destrucción o la colisión nos mantenga en carne viva las preocupaciones, los cuadros apocalípticos no dejarán de acechar en el terreno de la ficción. La literatura mexicana actual cuenta con un exponente que ha sabido conjugar —la crítica y el tiempo dirán si bien o mal- el ejercicio de la divulgación histórica desde una perspectiva política pero con discurso de novelista. Francisco Martín Moreno (nacido en 1946) ha barbechado en los terrenos del nacionalismo del siglo XIX mexicano, en la ríspida cuestión de la expropiación petrolera, en el siempre polémico papel de la iglesia católica en el devenir de México. Su tenacidad la confirman algunos de sus títulos: México Negro (1986), México secreto (2002), México mutilado (2004) y México ante Dios (2006). Historiador, articulista y novelista recrea lo que ahora se llama “posmodernidad literaria” que podría consistir en componer novelas auxiliándose en todos los géneros de ciencias sociales y los literarios posibles, incluido el periodismo.

México sediento (Alfaguara, 2008) es el último de sus títulos publicados, aunque la novela fue escrita en el año de 2003. No se trata de una visión catastrofista sino del encadenamiento de circunstancias con que el lector deduce, de manera lógica, lo que ocurriría en la capital del país tras una prolongada sequía. El autor advierte que se trata de: “una novela ecológica con una intensa trama ambientalista, contiene un llamado, un ultimátum hidráulico a la ciudad más poblada del planeta” y más adelante asevera: “La ciudad de México es una megalópolis con problemas gigantescos, pero de acuerdo con los expertos ninguno es tan grave como el abasto de agua”.

Melitón Ramos es el personaje central de esta historia de Francisco Martín Moreno. A lo largo de las 387 páginas el lector acudirá a tres narraciones, la de ficción (vida, penurias y milagros de Melitón) la de sesgo histórico (cuya tesis es mostrar cómo el factor medio ambiente ha influido en la vida social de México) y la técnica (mostrar con los “ojos del ingeniero Melitón” que la falta de una planeación adecuada en el abasto de agua para la ciudad de México puede desencadenar un escenario que, en la novela, sitúan al país al borde la fractura definitiva y es necesario implantar el Estado de Emergencia Nacional).

NOVELA O DOCUMENTO INVENTADO

Divida en tres generosos capítulos, México sediento no aspira en ninguna de sus líneas a la grandilocuencia literaria, sino que apetece llegar al gran público que está acostumbrado a historias comunes y sin exigir de él una formación previa para deglutir las grandes obras de la novelística. Para un lector avanzado, la recurrencia a fragmentos casi de telenovela puede hacérsele como un recurso machacón y con buenas dosis de sentimentalismo y el cinéfilo podrá advertir la calca de escenas de películas mexicanas (conocidas gracias a las tardes sabatinas de Televisa) que resuelven el problema de la construcción de la situación por la que transitan los personajes. Pero más que verlo como un quiebre o una falta de recursos literarios, al autor no se le puede catalogar de hacer a un lado la infinidad de licencias que permite la creación de la novela. La suya es una novela ecologista, él mismo la etiquetó en las primeras líneas del prólogo y como tal, antes que obedecer a principios estéticos, ese México sediento persigue la propagación de un mensaje y captar al mayor número posible de lectores.

A fin de cuentas, lo que cuenta, también son los cuentos y las herramientas de las que se puede echar mano para divulgar un mensaje. La sequía en México no es una fantasía de ecologistas recalcitrantes o científicos locos. El agua es vida y donde falta, sobrarán los motivos para quitársela, la vida entera a quien tenga el agua.

A pesar de que las alarmas están encendidas el riesgo sólo parece ser advertido como en la novela de Francisco Martín Moreno, donde los científicos alzan la voz y los demás escuchan, aplauden y regresan a sus labores de siempre. En una charla que el personaje Melitón Ramos dicta en la UNAM, advierte: “La corrupción, el desorden, la apatía, la cobardía y los intereses creados facilitaron y aceleraron el proceso de destrucción” (página 125). Durante la misma charla añade: “…si escasamente se relacionan las sequías con los estallidos sociales ni con la vulnerabilidad política; si a nadie se le ocurre que pueda dejar nuevamente de llover —concluyó, consciente de que estaba creando una justificada alarma—, ¿verdad que no debemos sorprendernos de lo que pueda pasar en nuestro país?” (página 127).


miércoles, mayo 21, 2008

PROFESORES CON "M"

Pintura: Miguel Ruibal

Todos guardamos alguna escena redonda sobre un profesor o profesora en particular que nos acompañará siempre y que saldrá a flotar en la charla que invoca las situaciones escolares. Hay las escenas memorables y las que de plano se recuerdan porque su característica es un dardo que pica justo en el centro del dolor, en ese resquicio del recuerdo que obliga a cerrar los ojos y pone en evidencia palabras como: indefensión, humillación, impotencia, azoro, falta de experiencia y minoría de edad.

Mi abuela, nacida antes de la mitad del siglo anterior, siempre rememoró los veinte golpes de vara que recibió en las espaldas porque la tabla de multiplicar del número siete no era de su exacto dominio. Mi abuelo, un poco más viejo que ella, recordaba a un maestro rural que les hablaba con más vehemencia que lógica sobre la gesta emancipada de Benito Juárez. Mi madre gusta aún de platicar que cierta profesora les enseñaba bordado por las tardes y tras cada jalón de orejas que la mentora propinaba a sus pupilas, acudía a un pañuelo con el que aseaba la punta de sus dedos y mientras buscaba volver a lo inmaculado solía decirles: “Hasta su mugre tengo que limpiarme”.

Y es que la costumbre de que “la letra con sangre entra” fue común hasta que en las aulas inició el retintín de los derechos de los niños y las niñas. Generación tras generación, el maltrato de profesores a estudiantes era tan cotidiano que a nadie le espantaba conservar una de esas historias macabras con relación a su vida escolar. Quien esto escribe, aún en la década de los años ochenta del siglo que se nos fue, escuchó cuando algunas madres asistían al salón de clases para indagar sobre el comportamiento y de paso el aprovechamiento escolar de su hijo y a la despedida espetaban a la profesora: “Ah, maestra. Y si tiene que jalarle las orejas, cuenta usted con mi permiso”. La educación, más allá de los programas de estudio, se ejercía también con la patente de corzo que los propios padres entregaban a los mentores.

Los usos de aquella patente de corzo se convirtieron en abusos. O el mexicano que perdió la infancia hace no más de treinta años y que no conserve algún regustillo a caramelo amargo, pues que tire la primera piedra y siga adelante. Y aunque los ejemplos se antojan más con exclusividad para la escuela pública, seguro que en los recovecos de los colegios de curas y de monjas sobran detalles de lo que ahora tipificamos como abuso y maltrato infantil. Sabemos también que los traumas escolares no venían exclusivamente de golpes y Psique sabia, sabía agrandar con generosidad el oscuro territorio del miedo. ¿Cuántas historias de infancia no tienen su punto de arranque con la espléndida meada del chiquillo que pasa al frente de la clase para dictar una lección mal aprendida?

Pero cuando habíamos pensado que la indefensión propia de la infancia quedaba atrás porque los bríos de la adolescencia y juventud ya asomaban, la lista de lo macabro la encabeza la entrega de los deberes o trabajos o tareas o investigaciones finales. Centenas y millares de hojas de papel son impresas, fotocopiadas y encuadernadas año con año, semestre tras semestre y que terminarán pigmentadas por la tinta roja de la caligrafía del profesor que escribe: “Buen trabajo” o “Buen esfuerzo” o “Te paso porque me das lástima”. Y de allí, papeles que el tiempo colora de amarillo, cubiertas plastificadas con puntos que no son suspensivos sino cagadas de mosca y a la postre, delicioso festín para los ratones.

Habrá, sin duda, los buenos profesores con quien uno se topa a lo largo de la vida. Aunque los menos, son quienes no se dedicaron a acribillar con la hueca explicación de un Teorema de Pitágoras que ni siquiera ellos comprendieron jamás; sus nombres galopan de vez en cuando en la punta de la lengua, porque fueron quienes mostraron que la vida no puede estar en un cuaderno, en un libro o en un número laudatorio. A los profesores que enseñaron a encontrar soluciones siempre se les guardará un espacio en la memoria, son los profesores con eme: maestros.


viernes, marzo 28, 2008

¿Lees en papel o sobre pantalla?

Foto: Juan Bautista M.

Visto con alguna dosis de benevolencia, el libro, como ahora lo conocemos, es un formato prácticamente joven. Desde que un alemán se dio a la tarea de concebir la imprenta como una de las innovaciones de su tiempo, el conocimiento trastocó sus formas de transmisión. Y aunque la sabiduría no estaba al alcance de todos, fue posible el almacenaje y la cierta libertad de consulta. A la par de los impresores, nacieron los guardadores o coleccionistas de libros y con ello el surgimiento de las bibliotecas que, generalizadas o especializadas, se encargaban de situar en un espacio físico toda la posibilidad de los saberes humanos. Al ser reunidos, los libros que se salvaron de la censura o las hogueras de la Inquisición quedaron confinados a espacios donde sólo un grupo de privilegiados podían consultarlos. El sueño de una biblioteca personal se trataba del excéntrico capricho y/o necesidad de órdenes religiosas o de príncipes. La comunidad o el “común” estaban excluidos sobre todo por dos razones: el alto precio que alcanzaban los libros y el analfabetismo dominante en la sociedad.

Ocurrirían algunas centurias para el surgimiento de un fenómeno en la cuestión libresca: la oferta se contaminó por la demanda. Fue hasta los albores del siglo XX cuando los gobiernos de los ya sólidos “estados nacionales” se dieron a la tarea de lanzar sus arengas a favor de la alfabetización y tras el discurso de crear una sociedad “letrada”, la necesidad de hacer disponibles materiales de lectura fue una prioridad en las novedosas maneras de ejercitar la política pública. A la existencia de ciudadanos capaces de decodificar la grafía impresa sobre papel había que responder con la posible oferta de materiales de lectura. Entonces surge la cuestión, ¿por qué se truncó el espejismo de la difusión social o mayoritaria del conocimiento a través de los libros?

A largas zancadas, la explicación a la pregunta formulada merece aquí tratamientos sencillos. La primera respuesta es que se trataba de un espejismo y como tal, no podía ir más allá de las buenas intenciones. La segunda posibilidad debe orientarse al surgimiento de tecnologías o avances que nos permiten analizar el protagonismo de la promoción y divulgación del conocimiento. Debemos referirnos al central papel que durante el siglo anterior jugaron —en orden de aparición— la prensa, el cine, la radio, la televisión y la Internet. La “lectura” se desplazó y para tener conocimiento y vivir en un mundo altamente informado o mediatizado, ya no era necesaria o indispensable la alta inversión en materiales que sólo reconocían como soporte físico al papel. Conforme suceden los tiempos, “estar informado”, no supone el sosiego del análisis sino la inmediatez. Saber o apenas conocer, contra pensar. Conocer y asumirse ciudadano de la aldea global, en la primera década del siglo XXI es prioridad harto atractiva.

Mas la lectura ofrece la única oportunidad de nobleza hacia uno mismo.