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domingo, enero 17, 2010

Hay quien se muere de amor, como la niña de Guatemala. Otros, de frío

Pintura: Diego Rivera


Para Raúl Hernández Viveros.
Escritor veracruzano y aprendiz de don Quijote,
por su mesa y su bondad para enseñar lo mejor de la literatura.
Felicidades por su nuevo libro, tras 7 años de “silencio.”


Hay quien se muere de amor, como la niña de Guatemala. Otros, de frío. Recuerdo alguna cinta mexicana donde el pillo que siempre actuaba Germán Valdés, mejor conocido como Tintán, pedía a la famosa doña Choña, una trasnochada fritanguera de esquina, un tecito de hojas pero con cuatro centavos de aguardiente y uno de té. Y el pretexto que decía Tintán, según lo escrito por el argumentista, es que estaba muy duro el frío. Era la forma en que el personaje entraba en calor, porque recordemos que no estaban de moda los aeróbicos o las chamarras rellenas de plumas de gallina (ni que los gansos se multiplicaran con varita mágica, chamarras rellenas con plumas de ganso las hay, pero son carísimas) que ahora venden hasta en los tendajones donde ofertan las famosas “pacas.”

Antes de seguir con el frío y el comediante Tintán, que era muy chingón para lo suyo, quiero traer a cuento el asunto de las pacas de ropa. Y eso porque el tema se me coló justo cuando escribía las líneas sobre las chamarras. Pues resulta que el año pasado, antes de que todo nos diera miedo por la emergencia sanitaria, que arrancó entre los últimos días de abril y los primeros de mayo, uno de los escándalos mediáticos a los acalló la Influenza fue el de la procedencia de las famosas “pacas” de ropa.

Está bien que lo reconozca, así somos los medios. Muy prontos y a veces hasta olvidadizos. Pero tiene sus asegunes. El dicharachero Manuel Laborde, que chambea como diputado en la actual Legislatura local, con elocuencia y con sorna, a los reporteros nos decía que somos: “los pepenadores del morbo” y si él ya no se acuerda, allí está en línea, en la Internet, el Diario de Debates. Y sobre los periodistas que están en la cobertura de la tragedia ocurrida en Haití, ya surgió el ingenioso que dice que hay más zopilotes con acreditación de prensa que los que andan por los aires. A veces ni en nuestras casas nos quieren y cuando nos miran con grabadora en mano, todo es cuidado y recelos.

En una magnífica, por entretenida y bien hecha novela que se llama La cuarta mano, del escritor John Irving, se narra la vida de un reportero. Pero reportero gringo, nada de pobrezas a las que estamos acostumbrados el muy, mucho, resto de los reporteros mortales. Es un reportero que tiene sexo sano, porque hasta con su mujer usa preservativo, pero eso no lo exime de los peligros del oficio y en una cobertura especial, de esas que requieren traslados internacionales y aviones y hoteles y prisas, por morboso y por descuidado un león ¿o es un tigre? se me escapa el dato, le come la mano. Si el personaje de ese gran narrador satírico contemporáneo que es John Irving, fuera un reportero pobre, pues se desangra y ahí se termina la novela. Pero se trata de una estrella del periodismo y le injertan una mano. Pero no quiero contar la novela sino recurrir a uno de los capítulos, cuando sucede el avionazo donde muere uno de los últimos famosos Kennedy, el reportero estrella vacaciona en el mismo sitio. Las personas lo reconocen y susurran algo así como: “Estos malditos están en todo.”

He concluido el comentario sobre por qué, a veces, la prensa es tan olvidadiza y tan mediática. Y en el relajo de la Influenza, de que a la entrada de las oficinas públicas, antes de entrar, nos echen un chorrito de desinfectante que cada vez huele más a Pinol o a Maestro Limpio, pues le agarramos el ritmo a la emergencia sanitaria y dejamos pasar el asunto de las pacas.

Recuerdo que lo de las pacas explotó porque alguien descubrió que era ropa que provenía de hospitales, asilos, morgues y no de desechos de fábrica por errores técnicos, como se manejaba. Pero los listillos que nunca faltan, jamás aclararon que cuando hay defectos en la confección de la ropa muy “cuquis,” a eso le llaman saldos y como tales son rematados. Quien haya caminado en el Distrito Federal por la céntrica Pino Suárez, entenderá de inmediato a qué me refiero. Allí se venden como baratijas los desechos de las grandes marcas, lo que está medianamente bien hecho, la ropa, se vende en Polanco y en Santa Fe.

Pero sobre las pacas hay que guardar reservas. Y voy a lo siguiente, es un negociazo en las ciudades y una mina de oro en los lugares pequeños; es ropa muy económica en comparación a la que se adquiere en un centro comercial o en una tienda especializada (boutique) de medio pelo. No me consta, pero en este país sabemos que la denuncia que se convierte en noticia, se debe, primero, al desquite de uno que no fue convidado al banquete. Ellos son los mejores informantes de los negocios o los tratos de los peces gordos y como no fueron requeridos, entonces acusan con la prensa, que siempre, para bien o para mal, está a la pepena del morbo. Y el reportero entregado no tiene tiempo para evaluar si es un ajuste de cuentas entre los poderosos sino en pensar, rápido, de que se trata de una gran nota que le conseguirá la “princesa” del siguiente día.

Conjeturo con la tranquilidad de que el mundo seguirá girando. La noticia que dimos a la población fue la que las autoridades sanitarias nos confirmaban a través de comunicados, escasos, pero también con un aluvión de declaraciones. Las pacas venían infectadas, en ellas se regocijaban piojos y virus y bacterias y por otro lado, estaba el asunto de confirmar si de verdad encueraban a los cadáveres y alguien hacía negocio con esa ropa que, a fin de cuentas, a un muerto ya no le sirve para un carajo. Y por este momento abandono a su destino al reportero y le doy entrada al juego del escritor, que ese sí tiene el permiso de imaginar lo que pudo ocurrir, fuera del discurso oficial y del mediático. A ver…

La venta por las pacas hizo muchos nuevos riquillos y comenzó a lesionar al emporio de la venta de ropa nueva en México. Pausa breve. Un comentario que le escuché a alguien que tiene buen gusto y tiempo para seleccionar su ropa: “Piña, eso es un río revuelto, yo me compré una gabardina de piel en 300 pesos, la mandé a entintar y pasa por una de tres mil.” No me consta si fui engañado, pero las ganancias por la venta de baratijas es harta por su magnitud y eso lo saben los que se dedican al comercio de los productos de origen chino. Somos muchos mexicanos y la mayoría, vivimos al día. Cuando se presenta la oportunidad, tenemos un dicho masoquista y bribón: “Gratis, hasta las patadas.”

El caso puede ser doble o los medios sólo dimos una lectura: las autoridades sanitarias recomiendan cautela porque los productos de las pacas pueden estar infectados. Alarma de unos pocos días, pero con un país donde sus habitantes decimos que gratis, hasta las patadas, pues no frenó el comercio de aquellos productos que, desde un punto de vista de economía, lastiman al sector productivo nacional y al comercio. Porque lo de las “´pacas” es comercio informal y hasta donde estoy enterado, no se ha reglamentado el pago de impuestos en esos giros.

Pero basta caminar por las calles transitadas, no los centros comerciales ni los almacenes o los mercadillos itinerantes, para ver carteles escritos con mala letra pero con buenas noticias para los compradores. Voy a reproducir aquí tres mensajes que transcribí y que leí en las paredes de “establecimientos paqueros” en la ciudad de Xalapa. Las calles son distintas y opuestas, me refiero a que una fue en el sector avenida Encanto, otra en Los Sauces y una más en los rumbos de la Central de Autobuses de Xalapa. Dicen así: “Todos los jueves abrimos pacas nuevas,” el siguiente: “La otra semana llegan pacas con ropa para bebés” y el último: “Se abren pacas a diario.” El negocio no se ha terminado, pero la alarma de la posible infección de los productos se eclipsó con la llegada o surgimiento o invento del virus de la Influenza.

¿A quién lastima el comercio de las pacas, las de ropa, no la de las mujeres llamadas Francisca y que sería lamentable su tráfico y comercio humano? Pues supongo que a un sector fuerte pero que no está unido y por eso no tienen el poder suficiente para dar un garrotazo a los paqueros o paquistas y que se vea, de una vez por todas, quién es el rey. O como los mexicanos explicamos el falso sentido de lealtad: “Con el campeón, hasta que pierda.”

El espacio se me ha terminado y otro día será cuando escriba sobre el comediante Tintán, que se echaba su churrito de marihuana antes de una locación. Él decía que para estar más atento. Y me despido con un dato leído en uno de los libros del admirado Hugo Hiriart, que la palabra “teporocho” viene de la usanza de los tés que vendían las Chonas fritangueras, sobre todo en los arrabales de la ciudad de México de los 40 a los 70, un té a ocho centavos, llevaba más aguardiente que la infusión. Entonces ya me lié, ¿Tintán pedía un té de cinco centavos o uno de ocho o no era tan catarrín y nomás deseaba quitarse el frío?

domingo, enero 10, 2010

Réquiem por las librerías. Libros que forman pequeñas hogueras… de memoria y vanidades

Foto: Lorian

Voy a comenzar con la cita a un verso de Miguel Hernández: “Tanto penar, para morirse uno.” Es parte de un poema que el listillo de Joan Manuel Serrat grabó bajo la forma en canción, allá por los años setenta del siglo que se nos escapó de las manos. Ese siglo XX de guerras y transformaciones de la conducta humana, no sólo por motivos bélicos, creo, sino también por avances en la ciencia y en la tecnología, por la aparición de nuevas enfermedades, por la hegemonía de un imperio y por una de las bebidas que se asocian a la bandera de las barras y las estrellas: la Coca-Cola. Pero también por los Marines, que siempre desembarcan donde un títere no está de acuerdo con lamer los pellejos de los senadores que deciden la suerte del mundo desde sus mullidos sillones del Congreso.

Pero la historia de hoy no se trata de “historia” del mundo. Creo que para ser fiel al verso de Hernández hay que seguir con la cuerda al reloj de la poesía y en una antología de brasileños, titulada Arena de otros, el siempre apreciado Rafael Antúnez tuvo a bien trasladar al español e incluir a una maravillosa hacedora de milagros con las palabras. Se llama Cecilia Meireles. De ella, admiro unos versos del poema Canción, que sólo conozco por la traducción de Antúnez…

Y, en el planeta, un jardín,
y, en el jardín, un cantero;
y en el cantero, una rosa,
y, sobre ella, el día entero.

Esa me parece una bella metáfora de la duración de las cosas, que es, al fin de cuentas, la duración de la vida. Los ciclos que se abren y que cierran, aunque uno anhele la prolongación de la victoria o la disolución pronta de la derrota. Y lo escribo porque recuerdo un reportaje leído en alguna revista española, hace dos o quizá tres años. Allí se narraba la situación nueva, o “capitalista” o con tiendas Mc Donals o cosas por el estilo, de la vida moderna en la ciudad llamada Sofía, que es la capital de Bulgaria. Un dato que refresca, se trata de una región de la Europa no católica, sí musulmana y cristiana ortodoxa, una cultura muy distante a la nuestra. Sigo.

Antes de 1989, cuando inició la debacle de la que muchos historiadores denominaron como el “otro mundo” o para ser menos hiriente, a partir de la caída del Muro de Berlín, en la ciudad de Sofía, decía el reportaje, había más de cien librerías. No se trataba de un paraíso intelectual sino de lo que consigna el dato: de una ciudad dotada con una respetable cantidad de sitios dedicados a la venta de libros. Así como si en Xalapa presumiéramos de la cantidad de tiendas “24 horas” donde el comercio fuerte y constante es la venta de bebidas alcohólicas.

Lo triste de aquel texto era que con la llegada de la nueva oleada, de la modernidad occidental, en Sofía sólo quedaban abiertas 7 librerías. Yo no juzgo y sólo comparto el dato, porque si de “suponer” se trata, podríamos comenzar a imaginar que el nuevo capitalismo llevó las computadoras y los viejos lectores de libros cuyo soporte es el papel, ahora prefieren las versiones “on line” y otras barbaridades que me permito a experimentar sólo a nivel de la escritura. El caso concreto es que sólo quedan 7 establecimientos y voy a hacer una pregunta ociosa porque no me la va a responder nadie: ¿qué pasó con todos aquellos lectores? ¿La cantidad de librerías era una exageración del Estado búlgaro? ¿Las ratas acabaron con los libros? ¿Cuándo faltó el combustible, los habitantes de Sofía prefirieron incendiar libros para calentarse, en lugar de morir a causa de la hipotermia?

Y hace unos días, cinco veces en menos de 12 horas, me encontré o recibí llamadas de conocidos xalapeños que me advertían, con júbilo: “¿Ya sabías que en la plaza Ánimas hay una librería? Pues ahora debes saber que la van a cerrar y apúrate a visitarla, porque venden todo al cincuenta por ciento de descuento.” Para un lector o para un comprador de libros, la noticia de un descuento es una sorpresa que conduce al gusto y que traslada a la embriaguez de tener un nuevo libro, uno más, en la estantería de la casa. Sí, a muchos, también eso nos hace felices.

Apagué el teléfono celular. Pero entonces yo dejé a un lado mis gafas de mucho aumento y la novela que leía y los versos de Miguel Hernández me llegaron de inmediato: “Tanto penar, para morirse uno” y después recordé ese reportaje y quise pensar en que por fin daba una aplicación práctica al siguiente verso de Sylvia Plath: “En cada cisne, hay una serpiente.” Algunos compartimos alegría por un descuento y ¿qué pensarán los que están obligados a perder su ganancia con tal de no incendiarlo todo?

Cuando fui adolescente tuve el sueño ocioso de todo el que se ha decidido que dedicará su vida a los libros, a la docencia y cosas por el estilo, como adoptar la escritura como oficio. Pues deseaba ser dueño de un café, para invitar a charlar a quienes pensaran que hablar sobre libros podía ser tan emocionante como intercambiar las ventajas de tal o cual auto o describir las proezas sexuales. El sueño se quedó en eso, como se quedó: tener una librería, ser titiritero, director de teatro, violinista y sacerdote, ah, y becario mantenido por el gobierno, sin lectores, pero con un cheque seguro cada mes.

Y cuando hice a un lado la novela y apagué el odioso teléfono celular, pensé en la desgracia que supone renunciar a los sueños. Hay gente muy apreciada que con lágrimas, me ha contado de cuando fue niña y dejó el ballet, de cuando un mal profesor los humilló delante de sus compañeros de clase y por eso prefirieron o creyeron que su vida estaba destinada a otras cosas. Cuando uno escribe por oficio, siempre hay dadivosos que están dispuestos a contar sus historias, que siempre se tratan de grandes desgracias. Pero ver esfumarse algo que ya no era un sueño, siempre es doloroso. Y aunque por altanería parezca que me es indiferente el pronóstico de que los periódicos impresos se van a terminar en un transcurso de diez a veinte años, no es cierto, siempre hay algo que se quiebra.

Así que la noticia de júbilo por el descuento de los libros es también un heraldo negro, porque cierra una librería. No es halagador. Es triste… Recurro a Federico García Lorca…

Preciosa tira el pandero
y corre sin detenerse.
El viento-hombrón la persigue
con una espada caliente.

Los lectores ganaremos algunos libros inesperados por el bajón de precios. El librero se quedará sin un espacio y los empleados que atendían, sin un trabajo. Pero esto es cada vez mayor costumbre en la capital de Veracruz; yo echo de menos a los apasionados o aprendices de don Quijote que abren librerías, a los que vienen del Distrito Federal atraídos con el imán de que llegan a una ciudad culta sin saber que el ocio refulge en otros sitios. “Tanto penar, para morirse uno.”

domingo, enero 03, 2010

El mundo de los tragos para bebedores y abstemios, porque nomás así parece que será “feliz año nuevo”


Los griegos clásicos o los helenos eran bebedores moderados; mezclaban el vino con agua, bebían de una misma copa y cuando se vaciaba, un “designado,” junto a las cubas de vino y las de agua, era el encargado de hacer los vertederos para la mezcla. Claro, podían llegar a la embriaguez. Quizá a ellos les aprendió el admirado Álvaro Mutis aquello de que las bebidas que arropan el cuerpo, son ventanas que abren las del alma y deben tomarse hasta que el paisaje amenaza con enturbiarse. Pero ni griegos, ni menos poéticos que como una lectura de Hugo Hiriart me hizo recordar lo que Octavio Paz escribió en un verso, que su padre se trepaba en el “potro del alcohol.”

Beber es una arte; en igual condiciones me lo han dicho borrachos o artistas o las dos cosas juntas. Es un placer si hay buena compañía y es un veneno si el abandono le comienza a ganar a la soledad. Quien comprende una canción de Manuel José Castilla y Rolando Valladares, que yo únicamente le he escuchado a Mercedes Sosa y que se titula “Canción de las cantinas,” pues sólo gente así, sabemos en carne lo que dicen las letras. Antes, una música lastimosa de fondo, o al menos así daba únicamente por la tesitura de la cantante…

Uno va por las cantinas
Solito al amanecer
Uno va con los cocheros
Y ya no quiere volver.

Escritura y alcohol, sí. Hay plumas de mucho portento que se han dedicado a ello y otras que sólo tomaron la afición o dependencia etílica de un escritor, leyeron diez biografías y juntaron las vidas dipsómanas de otros escritores, publicaron libros, entonces, de borrachos muy célebres. Que sepa, el escritor que la culpa a ese “potro” del que hablaba Paz, sólo pone un pretexto. Pero hay otros gremios, incluso de los llamados “profesionistas” donde no se usan lapiceros o plumas para llenar páginas en blanco y la afición por la bebida es parte de hacer negocios, de hablar sobre una obra, de amarrar un trabajo, de concertar una entrevista, de… etcétera.

Como en el poema goliardo, ahora lo recuerdo. Es en latín. Alude a la bebida y allí bebe hasta el Papa, la abadesa y la chica más candorosa: ninguno se puede extraer a esa condición humana, no está por demás escribirlo. ¿Será por ese ancestral recuerdo que nos vive en algún lugar de la memoria que cuando se hace o se cumple con una visita hay un primer vaso con agua que se ofrece? O según la visita o el anfitrión, todo depende de los usos y costumbres que guardan en cada sitio. Tenemos conocimiento o experiencia, historias de fiestas oaxaqueñas que se prolongan más allá de una jornada o tenemos familiaridad para saber que en qué sitio de la cocina está la jarra con agua. Si la comida identifica, la bebida suele adquirir un sitio de distinción en una cultura.

El aguador. Detenido en su caminar, sobre el hombro, acuestas, un jarro o búcaro y su torso es desnudo, se trata de un indio fortalecido quizá por aquel diario ejercicio de cargar. “Agua fresca del mejor manantial de la ciudad, era su pregón. Hombre que según las crónicas de los testigos presenciales de aquella ciudad de México durante el siglo XIX, se trataba de un personaje imprescindible, cuyo oficio era parte de la vida habitual en el ir y venir de las de las metrópolis. La estampa, por lo que conocemos la figura, es del grabador Claudio Linati, magnífico “retratista” de la vida cotidiana decimonónica.

Y ese aguador de “ayeres” es igual de imprescindible en nuestras vidas, beber el agua purificada que viene en una garrafa con sello de plástico autentificado por quién sabe quién, pero que hacer constar que se trata de un líquido, diáfano, puro y de manantial, es seguridad ciudadana. Y ya el gran historiador francés Fernand Braudel ha ensayado con un acertado tino el asunto del abasto del agua en algún periodo de la humanidad y partir de entonces, me parece, las investigaciones históricas se han preocupado o han devenido con el asunto de temas mucho más comunes pero que ya son materia de interés del historiador y no sólo del cronista o periodista.

Antes del interés ecológico, el agua ha sido motivo de temas de estudios tan serios –me refiero a un beneficio científico, colectivo, como el hecho de hervir el agua a 100 grados- como a motivos políticos. Allí el que será César mientras cruza el río Rubicón, por dar un ejemplo más clásico y menos lamentable de que allá “p´aca” del río Bravo los mexicanos son extranjeros. Ríos de aguas salobres o contaminadas; caudales que definen las fronteras geopolíticas, ambos han sido de temas de confrontaciones a los también la siempre celosa madre Historia ha prestado oídos. Ya tenemos historia: Científica, Geográfica y Demográfica, Económica, de la Medicina y etcéteras. Y gracias a ello, pienso que los hombres desplazamos al Renacimiento.

Voy a usar este párrafo únicamente para desmenuzar un poco esa idea de desplazamiento en el Renacimiento, pero la idea central es otra, totalmente líquida y la continuaré enseguida…

Lo que bebe, con lo que mitiga o sacia su sed, el ser humano y común del siglo XXI es un tema que importa demasiado a los historiadores, porque a diferencia de los cinteíficos o los ecologistas, ellos son los encargados del registro humano, ahora sí, de casi todas las actividades del hombre. Sin menoscabo de los antropólogos o sociólogos.

Y a la sazón me encontré un libro divertido. “La historia del mundo en seis tragos.” De un historiador inglés que se llama Tom Standge y que en nuestro idoma lo editó la española Debate. Una historia entretenida que fue escrita para que el lector adquiera un esbozo de lo que ni siquiera pretende hacerse pasar como una historia de la humanidad sino por seis prácticas de la bebida, milenarias algunas de ellas. Cualquier bebedor lo disfruta porque no trata únicamente de aquellos líquidos que provocan de lo que previene Álvaro Mutis. En el libro se relatan con brevedad algunos detalles, historias, características y anécdotas de: Cerveza. Vino. Alcoholes. Té. Café y Coca-Cola.

Y si la vida también suele explicarse con seis tragos, al séptimo, se pierde la cuenta.

domingo, noviembre 29, 2009

En alabanza de las cocinas de barrio, las “económicas” que todavía huelen a maíz

Hay que ser atrevido o pelmazo para aceptar la conducción de un programa sobre la nueva cocina mexicana y concluir la emisión con un consejo rápido: “Pero aunque nuestra gastronomía es tan variada, por fortuna hay supermercados de 24 horas donde todo lo venden hecho.” Sin objeciones, el conductor sabe a dónde acudir cuando lo cerca el hambre siente que a su estómago lo cercenan las lombrices, sabe dónde llenarse la tripa con unisel y verduras a punto de ir al tiradero.

Pero se trata de una moda más bien de pose y un poco deshonrosa para la gastronomía de cualquier sitio, de cualquier parte del mundo. Porque si bien en cualquier sitio de cualquier parte del mundo hay una tienda donde un hombre vestido con peluca color naranja vende hamburguesas de carne o de cartón, en las calles traseras de aquellos tendajones iluminados hay los guisos propios que preparan las manos de un pulso bien educado para hacer de los productos locales un milagro. Esa cocina regional que provoca una frase del hambriento o el gourmet: “Esto sabe un poco a lo que su supone que los teólogos cuentan que es el cielo.”

No está de moda comer en los sitios donde hombres y mujeres expertos en los productos locales o regionales hacen maravillas. Pero hay un gustillo por lo tradicional siempre y cuando esos platos que sabían a la cocina de la abuela, que olían a los recuerdos de la infancia normal, común y corriente, se anuncien en cartas muy elegantes y digan que se trata de sugerencia de los cocineros estrellas. Los tacos rellenos con fideos de de lo que era una sopa aguada de pasta y que todos le aceptamos a la tía o la abuela y que estaban al alcance en cualquier cocina de México, de la noche a la mañana son “una delicia del México tradicional.”

Sí, está bien que hay delicias y se le pueden vender así a un francés o a un ruso, cuando todos sabemos que en el fondo se trata casi de la frase que Thomás Mann gustaba aplicarle a Venecia: “La mitad de la ciudad es un cuento de hadas, la otra, un engaño para turistas”... pero a los mexicanos... sí, tal vez a los que ya se olvidaron de los productos de siempre y creen que la respuesta y la variedad está en los supermercados de 24 horas, donde todos, por rapidez o hambre, hemos caído alguna vez. Pero si los productores de programas dedicados a la gastronomía no saben qué diferencia hay entre una tortilla de maíz y un “burrito,” pues les dará lo mismo perfumar su ensalada con pimienta recién molida que con una ya pulverizada. Les dará igual besar una boca real que acostarse con un monigote inflable y decir que “hicieron el amor.”

Hay de gustos a gustos. Hay de cocinas mexicanas a frijoles enlatados. Yo las cocinas forradas con mosaico de Talavera de Puebla las conozco porque ahora son parte de conventos-museos poblanos. Pero cuando uno lee algunos fragmentos que los historiadores han rescatado de los recetarios coloniales, los guisos se antojan poco. El revoltillo de doce huevos freídos al mismo tiempo con manteca de cerdo, azúcar y unos cuantos clavos clavos de olor seguramente eran las delicias de las monjas bigotonas y los obispos glotones; pero no es un platillo que se apetezca para volver algo pesada la ligereza con la que a veces transcurre la mañana del domingo.

A veces pensamos que la comida aparece recién hecha gracias a las dádivas del horno de microondas. Que todo se arregla con que los dientes rasguen el empaque y listo. Pero si los mexicanos también somos expertos de comer en los puestos expendedores de comida callejera no es por moda o pose. En la única gran urbe de la Nueva España, en la muy noble y leal ciudad de México, era tal la cantidad de personas que acudían a resolver negocios o a hacer entripados con las autoridades virreinales o a mendigar o a ser vagabundos en la región más transparente del aire, que siempre fue negocio vender comida. El primer restaurante como tal aparece hasta la segunda vuelta de Benito Juárez como presidente de la República restaurada. Otros historiadores dicen que fue durante el imperio de Maximiliano de Habsburgo cuando se abrió el primer restaurante. Me quedo con el republicano, el de Benito, hasta que se demuestre lo contrario.

Sigo con el episodio de la comida callejera durante la época colonial. Las tortillas de maíz se empleaban como platos de los guisos o los “nenepiles” que desde muy temprano se vendían en las calles. Nuestros tacos callejeros que hemos heredado y a los que se salpica con pringas de cebolla y cilantro, son tataranietos de aquellas menudencias y sobras de las carnes de cerdo, res y cordero que no eran aprovechadas o que eran despreciadas por las gentes pudientes que consumían buenos productos cárnicos todos los días. Los historiadores y algunos cronistas explican que era por las noches cuando las sobras se aderezaban, crudas, y al calor de las ascuas de los anafres, se cocinaban muy lento, durante la noche. Manjar callejero que se vendía al otro día.

Los nenepiles o el revoltillo de huevos para el señor obispo. La cocina siempre ha variado según los productos a los que se puede tener acceso. Ese caldo amarillento y denso al que llamamos rompope y que también inventaron las monjas novohispanas no era una bebida de acceso público. La canela era una de las especias más apreciadas y su lugar como señora del sabor picante y agradable y como señor que al mismo tiempo todo lo perfuma, fue inamovible durante siglos, hasta que dejó de ser tan costosa y todos los comunes la encontramos en el supermercado, en rama o en polvo o en químico que disfraza.

Creo que gastronomía es el platillo para la fotografía que servirá de promoción. Cocina es el milagro al que recurrimos todos los días, con productos de más o de menos. Y las cocinas regionales son eso, la improvisación cotidiana sobre la cual una afrancesada sopa de cebollas se convierte en un caldo picante al que le sobró cebolla. No se trata de sobrevivir sino de celebrar la vida. Si de seguir vivo es el asunto, con seis cucharadas de leche en polvo y dos litros de agua, un ser humano puede soportar hasta diez días, sin probar otro alimento. Eso me lo contó un gran lector de revistas dirigidas a soldados y gente de bullicio. Cuando se lo pregunté a una nutrióloga, me dijo que sí, aunque no es lo mejor que se le podía hacer al cuerpo.

La cocina, entonces, es un mucho de nuestra necesidad de comunicarnos con los demás a través de la cultura... Y no quiere decir que para condimentar la salsa de unos chilaquiles sea mejor escuchar una balada de José José que la obertura de Las Valquirias. Cultura porque en cada una de nuestras acciones arrastramos genes con lo que en ocasiones olvidamos dialogar pero que nunca se van. Así que cuando pizcamos la sal para rociarla sobre una carne blanca que se dora en manquetilla, probablemente hay una parienta muy vieja que se quedó en una descuidada rama del árbol genealógico. ¿No se tratará de esa clásica trota mundos que cuando se terminó cierta guerra, se largó a la Europa campesina porque un día se enamoró de un zauvo que venía para combatir las huestes de chinacos que apoyaban a Benito Juárez? Esa tía descocada que después regresó a México porque venía en el elenco de un circo y traía el titipuchal de hijos. Esa fue la que le enseñó a alguien a usar la mantequilla.

En las familias hay de todo. Desde embajadores hasta vagabundos. Y alguna vez todos nos juntamos a la mesa y no falta el que pregunte: “¿Qué hierba usaste para el guisado?” o el que jura que es mejor el arroz que prepara su mamá. “Calienta más un viaje de novios que un carbón al rojo vivo,” así decían antes. Yo me quedo con las cocinas cercanas, las que huelen a maíz y cuentan historias. Los restaurantes son agradables, pero nadie platica con los meseros o las cocineras porque alguien inventó que pierden mucho tiempo.