martes, noviembre 21, 2006

Ah, si el beso robado fuera de amor

“Dizem que beijo roubado
Embora seja de amor
É crime na terra, no céu é pecado.”

Adelino Moreira —una canción escuchada a Cesaria Evora—

El frío nocturno en que se envolvía la parte vieja de la ciudad indicaba la proximidad de un invierno cruel. Y quienes andaban con rapidez por las escalinatas que llevaban de la plaza central al parque cundido por araucarias, sabían de aquellas desventajas del clima, porque a las nueve de la noche en el reloj de la torre de la iglesia catedral, los comercios ya habían cerrado sus puertas y sólo uno que otro despistado se acurrucaba en torno a los vendedores ambulantes que ofrecían café. Por eso y sólo por eso ella robaba la atención.

No había que ser una persona informada en los reportes climáticos que publicaban los periódicos y se leían por radio: “El frente frío número diecinueve entró en la madrugada y se esperan tres días de bajas temperaturas”. Bastaba con observar el atuendo de todos, menos el de ella. Sí, faldones de lana cruda que cubrían hasta los talones de las mujeres y chaquetas de fieltro abotonadas hasta la barbilla. En cambio ella, Teresa (luego iremos al por qué saber su nombre), lucía una blusa de encaje que permitía admirar sus carnes firmes, juveniles y morenas. Y bajo la tela que simulaba algunas flores coquetas gracias a lentejuelas bien ubicadas, un sostén aguantaba el liviano peso de unos senos apenas sugeridos. En la cintura, un listón que figuraba el brillo de la seda y un pantalón vaquero, entallado, cuyas campanas dejaban ver apenas las puntas de unas zapatillas de charol. Del rostro no hay mucho qué decir, pues era evidente que tenía menos de veinte y a esa edad, no hay mujeres feas; menos con la arrogancia con que se comportaba.

Yo estaba al lado de Nicandro, el ambulante que en temporadas de calor vendía horchata y en tiempos fríos nos deleitaba con un extraño café aromado con canela o vainilla, además de sus clásicos panqueques recién horneados y bañados con jalea de fresas. De hecho él fue quien me avisó de la presencia de Teresa, pues yo luchaba por hacer que la piedra del encendedor funcionara cuando me dijo: “¿Ya vio qué cositas se andan luciendo por estos caminos de Dios?”. “¿La conoces?” pregunté yo. “Pues no, pero tiene pinta de que se le perdió el baile de la primavera” y antes de sorber el brebaje, porque el encendedor estaba atascado, lo acompañé con una carcajada.

Ella, Teresa, miraba su reloj de pulsera y de vez en cuando consultaba la pantalla de su teléfono portátil. Y cuando la mortecina luz azul iluminaba su rostro, los rasgos criollos se le perfilaban de una manera especial, la nariz —un poco ancha— se le terminaba como pellizco de monja y los ojos le brillaban con la ternura que muestran los cuadros de pintores devotos.

De un momento a otro bajó las escalinatas que la llevaban adonde sólo quedan galerías de arte que nadie visita y oficinas de gobierno. Un lujoso auto color chedrón se había estacionado en la bocacalle y el piloto, un sesentón entrado en canas y grasas, bajó el vidrio de su portezuela y al verla gritó: “¿Teresa?”. Ella dijo que sí con un movimiento de cabeza y subió al auto. Se besaron con la timidez de los que recién se conocen y tras una breve charla emprendieron la retirada. Yo revisé mi teléfono portátil y me entristeció que independientemente de la hora, ninguna Teresa me escribe diciendo que me aguarda con ropas de primavera, a pesar del frío.