
José María Morelos y Pavón, originario de Valladolid (hoy la ciudad de Morelia), nació el 13 de septiembre del año de 1765. Era un atípico “español” con rasgos negroides. Se trata de un personaje controvertido que a pesar de sufrir la misma humillación que su maestro y luego capitán general, el cura Miguel Hidalgo y Costilla, pasó a formar parte del panteón de los héroes que dieron “patria y libertad” a la nación mexicana. El día de su fusilamiento, el 22 de diciembre de 1815, en la rivera del salitroso lago del pueblo de San Cristóbal Ecatepec, el cura-arriero-arriero-general sabía que moría con cierta indulgencia, pues antes de ser condenado se retractó de sus actos y escribió una carta dirigida al virrey calleja en la que delataba las posiciones de los cabecillas de la insurgencia. Los soldados que integraban el pelotón de fusilamiento ni siquiera pudieron haber contado si el pecho del cura temblaba, porque las balas que cegaron su vida se incrustaron en su espalda.
José María fue hijo de un carpintero que dilapidó su poca fortuna y ya huérfano de padre, el joven aprendió varios oficios hasta que topó con la arriería, un negocio fructífero para su época. Él cubría la ruta que transportaba las mercancías que llegaban en
Pero el ingreso de José María a San Nicolás no fue sencillo. No se trataba de un problema de vocación (palabra extraña para quien abrazaba la carrera eclesiástica) sino de demostrar que él no estaba inscrito en el famoso “padrón de infamia”. Consideremos dos factores para comprender el asunto. José María tenía rasgos negroides, su estatura apenas si pasaba el metro con cincuenta centímetros y muy a pesar de las apariencias, su fe de bautismo lo tenía catalogado como “español”. La evidencia contrastaba con el documento y tras la jura de sus vecinos,, quienes acudieron a declarar que el joven provenía de familia sin tacha, las autoridades eclesiásticas dieron el visto bueno para que iniciara su carrera.
Cuando José María obtuvo al fin el grado de presbítero, su primer trabajo fue atender un curato de
La campaña militar que emprende Morelos no es tan azarosa como la de Hidalgo, pero a la postre y conforme obtiene triunfos militares, lo comienzan a rodear los licenciados y los poetas, los embaucadores de siempre. Y cuando Morelos obtiene un cuantioso botín de tres millones de pesos, en Oaxaca, se dedica a hacer fiestas y honras en lugar de organizar su ejército. La gloria le ha obnubilado la razón. Uno de sus poetastros le vende la patraña de que Napoleón ha dicho: “Con dos generales Morelos dominaría yo el mundo”. Allí recibe el regalo; Mariano Matamoros le obsequia un uniforme de general recamado en oro. El general manda a pintarse un retrato con esas ropas. De la bonanza llega el dispendio. La insurgencia es un movimiento desorganizado y de intrigas interiores.
Morelos convoca a su Congreso de Chilpancingo, en que sólo hay nueve diputados elegidos por él. La insurgencia se debilita. Conforme crece el número de aduladores se pierden las batallas. ¿Sentimientos de la nación el impulso de unos cuantos? Allí acepta el título de “Siervo de