lunes, septiembre 26, 2005

País de puertas cerradas


La semana anterior hemos asistido a los tinglados de la vida pública de un país encerrado en sus propios miedos y cinismos. El mes patrio está por concluir con una dosis de heroísmos y las inesperadas visitas de la muerte. Son cuarenta y tres las malas noticias que recorren del lunes diecinueve al sábado veinticuatro; desde el presidente de la república hasta los analistas políticos y financieros tienen conocimiento o sexto sentido de que las cosas no marchan sobre ruedas, de que no se avecinan revoluciones o mayores catástrofes pero el tan ansiado cambio se traduce en apatía.
La vida pública de un país como este comienza a naufragar entre la verborragia de sus gobernantes, la rebatinga por un poder tan sólo apuntalado por las armas del narcotráfico; por las declaraciones de una iglesia cuyo trono de Roma señala mensajes cada vez más difíciles de comprender. El rey que se sienta con majestad en el trono de San Pedro reúne a sus príncipes, enjuicia y emite. Cuando los asuntos públicos sobrepasan las competencias nacionales la posible solución se antoja inalcanzable. El problema es la desigualdad, sí... pero no una signada por la totalidad de los ciento siete millones de mexicanos que se esfuerzan por verle el lado amable o el halo de esperanza a su existencia.
Un gran territorio como el mexicano no depende ya de la decisión de sus políticos o administradores públicos. Ellos han demostrado que el bienestar del resto es lo que menos les interesa porque están aferrados a la fractura partidista, al desmembramiento de las instituciones. Y no quiere decir que falten valores sino reglas claras en un juego donde ahora la oscuridad es la parte fundamental. Porque ellos, los que deciden, saben que en este país los nubarrones grises amenazan al grado que la población ya no está dispuesta a escuchar la explicación de los cómo y por qué. Se prefiere por entretener a toda una clase carente del mínimo sentido de análisis.
¿Y dónde están los intelectuales? Claro, se supone que ellos tienen al menos la capacidad para explicarnos paso a paso lo que sucede. Que gracias a sus conjeturas, no a sus divagaciones, nosotros podemos fiarnos y tomar decisiones absolutas. ¿O también ellos son parte de esta farsa que se llama la vida pública mexicana? En los peores momentos de la historia de México las mentes que podrían ofrecer la guía adecuada han malentendido su función y aprovechando la confusión supieron convertirse de “parte” a “juez”. Por una lección de historia sabemos que no debemos permitir la llegada de los militares al poder, porque todo lo arreglaban a balazos. Después la mala experiencia fue con los leguleyos puros y cuando algunos, más preparados arribaron a la silla del águila, se dieron cuenta de que podía ser una sorprendente oportunidad para enriquecerse. El poder corrompe. Los mexicanos somos una muestra excepcional para mostrarle al mundo que no tenemos siquiera la capacidad de la autocrítica, por eso la Santa Sede cede ante un voto de prudencia. Aunque le echen agua bendita a las narcolimosnas no le podemos tapar la boca al señor obispo que vigila desde la ciudad de las siete colinas, el desdeñar el comportamiento de sus duques y marqueses mexicanos o de cómo sus feligreses se pelean como monos enjaulados cuando el domador les anuncia que es el último plátano del día.