miércoles, noviembre 02, 2005

Quizá suceda


Es probable que se deba a que en unos cuantos días seré un año menos joven o un poco más experimentado, eso, sin lugar a dudas puede ocurrir en los momentos en que uno tiene un “día de asueto” y se han hecho a un lado los compromisos naturales de una vida común. No sé a ustedes, pero me ocurre en el tiempo libre: despierto a deshoras razonables, no cambio las pantuflas y los calcetines de noche, cuelo un generoso café de tostado Fancy que bebo a sorbitos y no me importan los relojes porque el cielo azul y el aire frío del otoño magnífico asoman por la ventana de mi estudio. Siempre he prometido que ordenaré mi mesa de trabajo y las horas se me escurren en una caprichosa lectura y una selección de música.
Un ordenador personal con servicio a Internet siempre sugiere una tentación implacable. El teléfono, el fijo y el móvil, no timbra; uno puede hurgarse la nariz mientras cuenta el número de colillas que descansa en el cenicero de palo de rosa... otro cigarrillo en lo que se “descarga” la página recién encontrada, de la Universidad de Columbia, porque siempre es interesante, atractivo, atisbar en los textos que los alumnos doctorantes escriben sobre los escritores latinoamericanos del siglo XX. Dios.
¿Escribir yo en un día libre? No puedo a pesar de que tengo un papelito naranja que me recuerda una colaboración pendiente para la revista Forum, cuya sede física está en Monterrey pero que su coeditor, el escritor Rafael Antúnez (que vive en las cercanías de Xalapa) me recuerda cada ocho días una reiterada canción: “Cabrón, ¿y el texto para la revista?”. Y me propongo escribirlo o revisar los cotejos de lo que será la nueva revista veracruzana de la Pedagógica Nacional o corregir documentos de los abogados que amablemente me pagan por situar puntos y comas o revisar los pininos literarios de mis alumnos del Instituto Literario de Veracruz o aguzar mis notas para la siguiente conferencia del Quijote o ir haciendo el bosquejo de mi participación en un homenaje que el día veintidós de noviembre le brindarán a mi amigo y maestro, el historiador Javier Ortiz Aguilar.
Nada. La hora de la comida me arriba junto a mis dos amores en cuestiones musicales: Mercedes Sosa y Nina Simone. Esta casa en el otrora pueblo y hoy suburbio de Coapexpan se queda vacía y mientras desmenuzo la lechuga de la ensalada escucho unos tangos, de esos que sólo Adriana Varela sabe interpretar. A veces quisiera que la eternidad durase un día; pero como es un día libre, tengo una cita en un café del centro de la ciudad y anhelo esa prometedora charla a dos fuegos entre mis amigas, la periodista y la contadora. Una, ya se supone, hablará de las cuitas y desaguisados que suscita el gremio; la otra nos contará sobre estados financieros pero al final cerraremos con otra pasión que nos une: los libros; o mejor dicho: las lecturas. En el último punto es donde me desquitaré de habladurías y números.
¿Afeitarme en un día de asueto? Por supuesto. Además, quiero distraerme, quiero limitar el desasosiego y la melancolía que me comienza a ejercer El fiscal, novela de Augusto Roa Bastos. ¿Por qué apenas me encontré ese texto en una librería de segunda mano? ¿Por qué no conocía una sola obra de ese escritor? Quisiera imaginar que esto obedece a mi indisciplina, a que cuando escucho las campanadas que llaman a comer y a misa yo estoy siempre liado, afinando las analepsis y prolepsis de mi novela; a explicarle a mi editor, Raúl Hernández Viveros, que el libro de las novelas cortas ya no quiero que lo publique y que me aguarde hasta nuevo aviso... sí, que las pruebas de la caja mecánica hay que echarlas a la basura... que...
POSTDATA
Tras una verdadera cátedra de bocas que se buscan he logrado encontrar la razón por la que Paula Milán (personaje de mi novela y cuyo nombre y apellido lo debo a una larga sesión telefónica con la colega Baricco, quien me ayudó a configurarla) decide, al final, correrse una aventura. “Hacía mucho que Paula no besaba una boca” aseguro en las primera línea de lo que creo será el capítulo XIV.
O quizá fueron los ojos claros de esa mujer blanca que me prestó sus labios y con promesas o sin ellas (uno nunca sabe) nos pasamos las salivas y los juramentos al interior de una vagoneta Ford que nos resguardaba del frío otoñal y de las miradas impertinentes.