viernes, mayo 04, 2007

Variaciones a un esbozo


Lo último que guardé fueron tres pisadas de todas las huellas que sus pies grabaron sobre la arena. Jamás la volvería a mirar igual, nunca con la sonrisa ni los cabellos revolviéndose, mezclados unos con otros, los ojos azules perdiéndose en el horizonte.
—Me encanta el mar.
—Tú me encantas.
(—¿Quién le dijo a la gaviota que nos interrumpiera?)
—Tócame... no así, no quiero hacer el amor— me ordenó mientras viraba para constatar que el guardia vigilaba desde lejos. Estábamos tan acostumbrados a esa policía...
—Tócame donde no lo has hecho— retó.
—¿El lóbulo?— dije con una sonrisa.
—Idiota, aquí.
—¿Cuánto?
—No sé. Llevo tres menstruaciones de menos. ¡Golpeaste, pijo!
El vientre de Solange reventando, algo por fin nuestro. Pero, ¿dónde? Coatepec durante el corte cafetalero, donde ella acarició a una niña y la llevó cargando bajo la lluvia impertinente:
—Yo te compro a La Valeria, te traigo otra y se la llevamos Ramón y yo a tu Guadalupe... Le ponemos Torcuata, Pancracia, Crescencia, hija, no llores... Que no la han matao... fue un pisotón del caporal— terminó, sus palabras junto con la muñeca hecha nada, el plástico batiéndose en el lodo. La miré con el resplandor que permitió la tarde, tan linda cargando a la niña. Tan ella enfundada en sus jeans y las botas de gamusa “batidas hasta el culo”, las mechas rubias mojadas. La ida de la finca hacia la ciudad, la pobreza y miseria que nos dejó mudos: manos renegridas, ávidas sobre la cereza roja del café, pies agrietados y rebozos y también jorongos o mangas viejas. Pero de Solange, sobre la mano morena de la niña, chupando la sangre que provocó un fuete...
—Deja esa puta muñeca y corta.
—Se llama Valeria, no le pegues.
—La piso. Le hago lo que se me antoje.
—Deja, tío— grita ella.
—Mira güera, a tus derechos internacionales me los paso por donde se me antoje.
—Bruto.
Estuve lejos. Mandé hacer dos fotografías de aquel momento. Solange, brava, parando el segundo golpe del fuete
—El país que tanto me ha dolido. Lo sabes. Perdona, fue una locura traerte...
(—¿Qué haces aquí, cara?)
(—Eres periodisto, pijo, mi pijito. Esto es explotación. J`te ame. Alguno de ustedes tiene que decirlo, Ramón. ¿Cómo están tan calmados, en su ciudad, mientras aquí golpean a niños y mujeres? Mira a la niña que llora por Valeria. ¿Quién le va a regresar la sonrisa? ¿Tú? Y sabes...
—Sé que te amo. Vámonos. ¡A la chingada el reportaje!
La jalé del brazo para obligarla subir a una camioneta. En el trayecto a Xalapa no me dirigió la palabra. Llegando a la ciudad quise romper el silencio: “Es parte de la ética periodística no entrometerse
No, no fue la noche en que regresamos. Acaso Veracruz en el carnaval, cuando ella me exigió desvertirla en el auto y hacer el amor lento, lento, suave.