lunes, julio 02, 2007

“Aquí nos tocó vivir”, 29 años

Cristina Pacheco es una conversadora natural y sus dotes se manifiestan aún más porque el trabajo periodístico que realiza en los medios de comunicación electrónicos le permiten llegar siempre a un público diverso. Sus propuestas televisivas tienen dos vertientes y quizá por eso motivan la broma de algunos televidentes acuciosos: las personas comunes y corrientes no tienen posibilidad de ser entrevistados por la escritora y periodista, pues no cumplen con el requisito indispensable, ser pobres y con vidas desmadradas (para salir en el programa “Aquí nos tocó vivir”) o tener la riqueza y fama suficientes (“Conversando con Cristina Pacheco”).

Fuera de chistes, el trabajo que durante estos años ha realizado la Pacheco da trazas de un inteligente manejo del lenguaje y de proximidad a la gente. No es la única periodista y/o escritora que lo intenta y lo hace bien, pero a diferencia de otros, ella tiene los micrófonos y las cámaras de su lado. Y si buscamos en la cuesta arriba de la notoriedad, pues conseguir un horario estelar televisivo nacional (sea en cadenas comerciales o de gobierno) no es minucia administrativa ni suerte de principiantes, aunque siempre hay retardados y díscolos que piensan lo contrario. Muestra de su propia solera, Cristina Pacheco ha demostrado que hacer la crónica visual y aditiva de la ciudad de México es una tarea que puede llevar meses, pero también que tiene la posibilidad de persistir durante años.

Casi treinta o veintinueve, para ser exactos, son los años que tiene al aire su programa “Aquí nos tocó vivir”. Hace unos años y con motivo del 26 aniversario del programa, Carlos Monsiváis opinaba: “Aquí nos tocó vivir. Aquí nos tocó atestiguar. Aquí nos tocó reconocermos. Aquí nos tocó aplaudir y chiflar. Cristina Pacheco no deja barriada, vecindario o sitio de encuentro sin visitar y sin interrogar con la felicidad que le procura la felicidad que va encontrando, y que cada vez más algo le debe. Con ella no funcionan los imposibles, se le dice ‘Allá tras lomita’ y un minuto después la lomita ya se ve del otro lado, el misterio de las apariciones de la entrevistadora urbana. El día en que la vi entrevistarse a ella misma -y me aseguran que no fue truco óptico- pensé que ya sólo le falta dialogar con el imaginario colectivo pero no se lo quiero comentar para no volverme un ave de buen agüero”.

Para que exista la crónica de nuestros días no hay que constreñirse únicamente al beneficio de la palabra impresa. El investigador y el curioso saben que hay otras formas de recoger el testimonio de cuanto sucede y una de ellas es permitir la existencia de miradas distintas. Sólo de esa manera será posible la construcción de un edificio que permita la cercanía de versiones para fomentar un acercamiento a la polifonía de los que muestran o se les va la vida y los años en ello: esto el México que vemos, ahora, usted compréndalo con el suyo.

Un niño vende desde una, seis o doce rosas en una de las esquinas más transitadas del centro histórico de la ciudad de México. Cristina le roba unos minutos y los televidentes entonces sabemos no ¿por qué lo hace? Sino más allá de las respuestas obvias: ¿Dónde vives? ¿A qué hora empiezas a trabajar? ¿Cuándo llueve, tienes algún lugar para refugiarte? ¿Tienes un horario para comer? ¿Te acuerdas del día en que vendiste más rosas? ¿Venderías otra cosa o piensas retirarte en algún tiempo?

No sabemos si los personajes a quienes entrevista Cristina Pacheco han tenido una charla previa con la escritora. De lo que nos percatamos es que las palabras fluyen, a veces con mucha rapidez y otras con más destreza de la entrevistadora, una mujer capaz de remover los recuerdos de cada una de las personas que en ese momento está frente a las cámaras. Peluqueros, hacedores de piñatas, coheteros, neveros, locatarios de La Merced, boleros, estilistas, costureras, empleados de papelería, niños de la calle, curas bondadosos, vendedores de libros, magos ambulantes, boxeadores de medio pelo, carpinteros, zapateros remendones… una lotería de la ciudad de México, la olvidada, la brava, la que es tan común que hasta pasa desapercibida, pero que cada semana aparece en las pantallas.