martes, junio 23, 2009

Las omisiones y el olvido de cualquier nombre

Foto: Petroroca

María Magdalena, Andrea, Emilia, Valeria, Sofía, Fátima Sofía, Dafne Yesenia, Ruth Naomi, Denisse Alejandra, Lucía Guadalupe, Jazmín Pamela, Camila, Ana Paula, Montserrat, Pauleth Daniela, Ariadna, María Fernanda, Joseline Valentina, María Ximena, Nayeli Estefanía, Ximena, Yeseli Nahomi, Ian Isaac, Santiago, Axel Abraham, Javier Ángel, Andrés Alonso, Carlos Alan, Martín Raymundo, Julio César, Jesús Julián, Santiago de Jesús, Daniel Alberto, Xiunelth Emmanuel, Aquiles Drenet, Daniel Rafael, Juan Carlos, Germán Paúl, Bryan Alexander, Jesús Antonio, Luis Denzel, Daré Omar, Jonathan Jesús, Emily Guadalupe, Juan Israel, Jorge Sebastián y otra Ximena.


Cuando se lee cada una de las palabras anteriores, por el uso de letra mayúscula al inicio de cada una, se deduce que son nombres propios; ni adjetivos o verbos. Cada una de las letras empleadas, vocales y consonantes, muestra la variedad que se puede hacer con las grafías del alfabeto. Algunos pueden ser familiares y otros remiten a un héroe o un santo o una variación e incluso alteración de su equivalente castellano o quizá a un juego de palabras iniciales o a los usos de otras lenguas. En ocasiones, un nombre se escribe con las letras y sílabas que ha escuchado el oído y no importa demasiado la corrección ortográfica.


El capricho de un nombre o su grafía, se debe a quien nomina, a quien decide. Hay casos en que un mal entendido funda un nombre. Pero ya casi nadie se llama “Masiosare”, que viene de un pegoste silábico de uno de los versos del himno nacional mexicano: “Mas si osare un extraño enemigo” y que podría entenderse, en nuestro lenguaje rápido y carente de adornos del siglo veintiuno como: si se atreve.


Hay quien en la etapa adulta de su vida se cambia el nombre por mero gusto del sonido o quizá por la fuerza del significado. Es común entre los personajes de la farándula o de las altas cumbres del arte. Responder a un llamado tras escuchar “Ricardo Eliécer Neftalí”, evidentemente, no tenía el mismo bombo y platillo que acudir como “Pablo Neruda”. Del panteón de la maltrecha historia mexicana hay demasiados ejemplos. Dos, para muestra…


México es un país de imaginarios colectivos y las mentiras son verdaderas. Antes que la razón, el mito. A finales del siglo dieciocho, un pequeño fue bautizado y anotado en el libro parroquial como “José Miguel Ramón Adaucto”. Muchas sílabas para decirlas de un tirón en lugar de gritarle: “Eh, tú” a ese enclenque que padecía ataques epilépticos. Aquel José-Miguel-Ramón-Adaucto evadió la vestimenta de sotana para unirse a la causa liberal de la insurrecta Nueva España, un reino que en 1821, libre del dominio español, se llamó México. Habían vencido los criollos y cuando el imperio de Agustín de Iturbide no dio para más la cosa, cuando se optó por la República, el muchacho guerrillero ya era un hombre que respondía al nombre “Guadalupe Victoria” y fue el primero de la lista de presidentes de este país. Era “Guadalupe” por la virgen criolla, “Victoria” porque estaba del lado de los que habían ganado.


Uno de los mártires del siglo veinte mexicano se llamó Francisco Ignacio porque su madre era muy devota del ingenioso compositor de Los ejercicios espirituales, el soldado Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús. Cuando aquel muchacho pasó una temporada en París, se hizo aficionado del espiritismo y de regreso a su patria, afinó el sentido y el gusto por comunicarse con seres del más allá. Era católico de nacimiento, pero más espiritista por gusto. Trocó el “Ignacio” por un nombre que a él le pareció más apropiado. Le gustó “Indalecio”, que tiene como origen el vasco y quiere decir fuerza. Pero además significaba que era un ser original, independiente, distinguido en sus modales y educado. Fue tan original, que según él, el espíritu de José María Morelos y Pavón lo ayudó a redactar un libro que cambiaría su vida: La sucesión presidencial en 1910. Firmaba Francisco I. Madero.


Nombres es destino. La historia se funda en los mitos, no en las verdades. Pero los nombres que abren este texto dicen poco al presidente Calderón Hinojosa, al gobernador Bours Castelo y a todos a quienes es preferible llamar por sus apellidos. Si a esos empleados del pueblo mexicano los llamamos como Felipe de Jesús o Eduardo, pueden olvidarse y dejar a un lado los nombres de los cuarenta y siete menores de cuatro años que fueron inquilinos de una guardería situada en la ciudad de Hermosillo.

ungulaymenique@gamil.com