lunes, octubre 30, 2006

Hora de muerte

Para quienes profesan la religión católica la segunda parte de un rezo tan recurrido no es ajena: “Y ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”. Este fragmento, que corresponde al Ave María, fue agregado, estiman, hacia el siglo XV. Porque entonces las pestes ya habían mermado no sólo la población sino también a la mentalidad europea. El acto de morir, consecuencia de tener vida, no era solamente una seguridad en cualquier ser humano, sino que llegó a ser rápida, un hecho de todos los días y en cualquier momento; pero sobre todo, al acecho de todos los hombres.

Surge entonces un libro inquietante, la Ars moriendi. Allí se ilustra cómo la muerte hace una danza, macabra, con los seres que aún conservan la vida —y como siglos atrás se escribiera en un canto goliardo, donde todos bebían— en esta nueva visión, nadie escapa de bailar con la osamenta que se lo llevará a la tumba. Cuando alguien muere, antes de que su alma abandone el cuerpo, vienen los instantes de agonía. A las personas de entonces se les habla de terribles momentos, porque el alma está en juego, ya que la religión determina que en el último instante el ser vivo puede salvar su alma o condenarse al fuego eterno del infierno. Así, los segundos finales, hay que tener tiempo para arrepentirse por todos los pecados o de lo contrario, los castigos serán infinitos.

Ahora toma un mayor sentido la segunda parte de esa declaración que implora a la virgen María: “…ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte” pues si ella no intercede, quizá llegue a ser muy tarde. Porque la agonía es, precisamente, un instante de juicio que decide el albedrío de cada moribundo. Las visiones son terribles: acuden ángeles y demonios que lucharán por obtener el alma del pobre que aturdido, no sabe por qué decidirse, si por los engaños del Diablo o por los juramentos de vida eterna que le formulan las celestiales visiones. Y por supuesto, él debe preferir por los ángeles.

En la mentalidad del europeo de la época (que abarca tanto a sabios como a ignorantes) lo que hay después de la vida se decidirá en el momento de la expiración y de allí vendrá una especie de evaluación sobre el comportamiento que se mostró en la vida. Pórtate mal y arrepiéntete luego; suena a casi una campaña publicitaria de tarjetas de crédito. Pero aquellos que se encontraron con el Nuevo Mundo, tendrían que batallar con las concepciones de vida y muerte que tenían los habitantes del continente antes de la llegada de los españoles.

México antiguo o prehispánico parecía no tomar en cuenta el comportamiento durante la existencia; ni siquiera el linaje o la cercanía del hombre mismo con sus dioses. Después de la vida terrena, lo que viniera, iba a depender en gran medida de la forma en que se ha muerto; aunque Tezcatlipoca, el señor del espejo que humea, el nigromante, el que lo sabe todo, pudiera obrar su poder para ejercer el infortunio sobre los débiles hombres. Pero en su mentalidad, la muerte no es un fin sino una continuación y si bien el “infierno” nahua dista ser igual al imaginado en Occidente, allí no era lugar de castigos eternos sino el lugar donde estaban los muertos, gobernados por el señor Mictlantecutli, el dios descarnado. Pero no todos iban directo al Mictlán… otros iban al Tlalocan, otros al Cincalco y los valientes acompañaban al sol y las que habían muerto pariendo, lo ayudaban a entrar al inframundo.

Y si el acto de morir es idéntico en los seres humanos, los símbolos y significados que cada cultura le confiere, son diferentes.

viernes, octubre 27, 2006

Necrológicas


“Y es que históricamente siempre es igual:
al muerto lo defienden los vivos”
Michael de Certeau
Tenía casi veinte años cuando me obligaron a cursar un taller para “Instructores de creación literaria”. Y como siempre he huido, en papel de alumno, de los cenáculos, las cofradías y los clubes de escritores o aspirantes a serlo, mi remedio fue acudir bajo la amenaza que me quitarían de mi incipiente taller en el Colegio Preparatorio (Creación literaria), que entonces impartía sin cobrar un peso —hoy soy titular de eso, me pagan lo correcto y al recordar los vericuetos del camino sólo río.

Pues aquello lo daba Reynaldo Carballido (sobrino del dramaturgo Emilio), muy joven aún y estrenándose como padre de su primer hijo, ¿o nos dijo que era niña? Casado por entonces, ahora no sé, con una actriz cordobesa. Me refiero al verano del año 1995.

El taller me resultó incipiente, o insípido para quienes hemos crecido en el rigor escolar, casi con la disciplina de monjas pero con la libertad de profesores jesuitas. Reynaldo hacía un verdadero taller pero yo quería escuchar teorías, títulos de libros, consejos de un escritor que empezaba a encumbrarse en las becas del entonces y próximo a la desaparición plena Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA). No. Él ponía juegos de palabras y a partir de eso nosotros escribiríamos “algo”. A los veinte, cuando uno se come al mundo, eso se trataba de una pérdida de tiempo. Yo traía leídas las novelas, las traducidas claro está, de Milan Kundera más frescas que diferenciar al sujeto del predicado. Pero me ajusté a los diez días hábiles durante los cuales nos daría clase.

Mis compañeros, eran todos profesores de “español”. Ninguno había publicado y mi ventaja sobre sus edades era que a mis impertinentes y quince años me habían editado el librito de “Mis primeros poemas”, una selección de malas, horrendas poesías compuestas entre los 9 y 13 años, de las que no me arrepiento pero que ya no enseño, por esa manía que se llama pudor.

Y una mañana a Reynaldo se le ocurrió, o lo tenía en su programa, que debíamos escribir nuestros epitafios. “Pongan en media página lo que les gustaría que los demás recordaran de ustedes”. No faltaron, como dice mi amigo el periodista Fito Soler, los divinos y los maravillosos. “Aquí descansa quien sin amar, debió haber amado” expresó una maestra que daba clases en Huatusco. Y en ese momento tenía por compañera de banca a una mujer que ahora es alta funcionaria educativa —y de quien no diré su nombre— se burló y me dijo al oído: “Espero que lo tuyo no sea tan obvio”. Pero yo estaba más liado con la proximidad de una publicación en la prensa estatal que con un ejercicio tan obvio.

Y hoy, que piso el aula, cuando mis pocos alumnos me preguntan por lo que van a escribir, siempre les respondo que será más importante saber su opinión sobre lo que leyeron. No creo en las necrológicas y menos en las escrituras “automáticas” (cosas que en cursos escuché defenestrar a don Ricardo Garibay) que la dramaturga Susana Robles me enseñó a detestar: “Mi vida, si la vida son groseros fragmentos, al recuerdo siempre hay que salvarlo”. Y en mis clases, sólo y siempre hablo de libros, aunque les ponga “talleres” o “ejercicios.

jueves, octubre 26, 2006

Aromas verdaderos

A Ruth Navarro,
quien me platicó sobre “Las consolaciones de la filosofía”,
durante un impertinente aguacero.
Mi madre siempre ha sido muy dada a las exageraciones verbales. O dirían los analistas del lenguaje pero estilo profesores de gramática, que gusta adjetivar de manera tajante cuando sólo va a pronunciar su veredicto con una frase: “Huele a perro muerto”. A mi edad no dudo a lo que huelen los perros muertos, pero si aplicamos esto a que se lo decía a un médico que me atendió (creo como a los seis años) durante el anuncio de una colitis, tras la pregunta del galeno: “¿Gases?” ella dijo así: “Ay sí, doctor, le huelen a perro muerto”. Niéguenme ustedes que no se trataba de una exageración.

Si han terminado de burlarse de mi infantil y vergonzosa desgracia, por dignidad memorial debo aclarar que si la mujer que vendía las golosinas a la salida de la escuela primaria tenía fama de ser poco aseada, tampoco vendía bolsitas con lonjas de perro muerto (ni modo que vivo), bañadas con chile en polvo y chorros de jugo de limón. Y además, yo era su cliente, de lunes a viernes no faltaban las frituras, los raspados sabor grosella y las grenetinas azucaradas con forma de lunas menguantes. Pero uno de esos tantos festines me llevó a urgencias y al estigma de que mis flatos eran por haberme atragantado con carne de perro. Así que durante algunos meses imaginaba que se moría el “Roqui” (mi perro) y en lugar de enterrarlo en el jardín me permitían conservarlo, para que bajo el riguroso método científico, descartara si el aroma a podrido era similar al de mi ventoso “accidente” con las tripas.

Como el “Roqui” murió de viejo y a los años, jamás pude cerciorarme de un detalle tan aparentemente olvidado. Aunque durante los viajes de verano y otras escapadas festivas, el olor se hacía presente cada vez que a la orilla o al centro de la carretera nos encontrábamos con un can atropellado; efectivamente, el aroma era terrible, insoportable. Las ventanillas tenían que subirse y los que íbamos en la parte trasera de la vagoneta Guayín nos hacíamos los asfixiados: “Ah, adiós mundo cruel, ese perro era el más apestoso del mundo”, cometíamos otras payasadas como decir: “Pero huele mejor que los pañales de Irving” (el hermano menor) y cuando ya no éramos centro de atención, teníamos que inventar otra cosa para hacer más llevadero el trayecto.

Uno se olvida de los aromas, agradables o repugnantes, que de inmediato conducen a los recuerdos. [En uno de mis cuentos, la historia se desarrolla a partir de que la protagonista percibe el aroma un perfume que se le hace familiar]. Y fue como a mis diez años, cuando yo era monaguillo, que acompañé al cura a celebrar una misa para muerto; pero en el domicilio del finado. Al pobre hombre lo habían encontrado tirado en un basurero y el peritaje sentenció cinco días de corrupción. La casa estaba inundada con sahumerios y cuando el cura terminó de leer un fragmento sobre la resurrección de Lázaro, los familiares, con lágrimas, le suplicaron que rociara con agua bendecida los despojos de aquel infortunado. Levantaron la tapa del ataúd y nosotros nos aproximamos. El cura me dijo que usara la cota del hábito para taparme la boca y la nariz, él hizo lo propio con la estola y cuando vi aquel despojo descarnado, comprendí que antes de convertirnos en polvo, primero éramos carne que se agusana.

miércoles, octubre 25, 2006

La casa de los floreros agrios

La casona de aquella vieja tía me recordaba el aroma de los cementerios. Disponía sus floreros con generosas ramas de azucenas a manera que adornaran toda la sala, pero siempre olvidaba cambiarles el agua. Y sobre todo, en temporadas de calor, el hedorcillo de los tallos en podredumbre penetraba tanto en las narices de sus visitantes que más de una vez observé cómo todos nos llevábamos, sin mucha discreción, la muñeca hasta los orificios nasales. Y si ella no se daba por enterada o lo hacía adrede, fue algo que jamás pude corroborar; yo era muy pequeño y las visitas eran tan esporádicas.

Repaso que en aquellas visitas los únicos niños que iban con los adultos éramos mi hermano Hassel y yo. La tía no gustaba de los “chamacos tentones” y al poco tiempo de llegar, se las ingeniaba para que nosotros quedáramos arrinconados —y jugando, pero sentados en el suelo, por supuesto— y desde aquel cerco de la ignominia contemplábamos los adornos de la casa, casi en ruinas. Las paredes estaban prácticamente forradas por cromos de almanaques: chinas poblanas, charros cantores (que no eran Jorge Negrete ni Pedro Infante), típicos paisajes de granjas holandesas, atardeceres bucólicos, artistas de otras épocas lejanas a nuestro entendimiento y mexicanas “que fruta vendían”. Era un deleite mirar esa colorida aproximación a barajas de lotería...

Quizá con Hassel siempre nos quejábamos, en voz queda, de que la casa de la tía olía a panteón. Pero ella siempre nos convidaba chocolates en forma de tortuga y eso bastaba para soportar la tibieza de las baldosas de barro cocido. Además, los cromos de las paredes y las golosinas no eran lo único que podía ser apreciado por dos niños que tenían por sola diversión los dibujos animados, mejor conocidos como “las caricaturas”. Sobre taburetes y la mesa de centro, un ejército de baratijas de yesería recubiertas de barniz y el polvo de décadas, a nuestra mirada convivían payasos equilibristas, gatitos mimosos que jugaban con pelotas de estambre, pastorcillos que con una vara guiaban a gansos y patos, cómicos y regordetes maquinistas de ferrocarril, damiselas culonas de la corte de Luis XV y niños ataviados con pijama y en postura de rezarle al dulce ángel de la guarda.

Es posible que los veintitantos años que hay distantes a ese recuerdo me hagan olvidar otros detalles, pero el barniz de aquellas figuras ya se había estrellado y justo en el rostro de una bailarina, una rajadura lograba la ilusión de una lágrima. Preguntábamos a la tía, siempre que íbamos, el motivo por ese aparente llanto y nuestros índices se acercaban tanto a la figurilla que la tía nos soltaba un suave manazo tras decir: “Caca, niño, no te embarres”. Frase que solíamos relacionar con mera prohibición y a la que sólo el tiempo me hizo encontrarle la correcta dosis de humor.

Y si había otro factor que nos maravillaba era que la tía vivía del comercio. Tenía, contigua a la sala de su casona, una tienda de abarrotes —por eso eran siempre las mismas golosinas, los chocolates en forma de tortuga— que sin muchas pretensiones, pasaba como una de las mejores surtidas de su barrio. Nos gustaba tanto que durante la visita arribara un cliente, porque siempre golpeaban con una moneda la madera del mostrador, mientras se entregaban a la cantaleta de: “Quierooooo”. Ella se arremangaba el rebozo e iba de mala gana, despachaba y seguía con el chisme que había quedado pendiente.
Entonces con Hassel, nos escabullíamos hasta la tienda para imitar los golpes y repetir: “Quieroooo”. Ella se volvía a levantar y cuando nos veía, sus palabras amenazadoras apagan nuestras carcajadas: “Pero síganle, que en la noche les va a salir el diablo, todo chinaco y se los va a llevar al infierno”.

A pesar de todo, su casa siempre tenía el tufillo a cementerio.

viernes, octubre 13, 2006

Revista “Particular”, educación en la mira

Siempre lo he dicho, buscar el nombre a proyectos, avenidas e hijos, nunca deja contenta al resto de la gente. Pero todos los nombres —sonó como a título de novela de José Saramago— parecen lo menos originales a la hora de imponerse; quizá la costumbre nos familiariza con ellos y terminamos por encontrar, incluso, diminutivos o apodos cariñosos (recuerden al payaso Brozo, que tan amablemente se refería a este periódico como el “mileño”). Y es que eso hemos pensado quienes hemos visto el primer número de la nueva revista especializada en temas educativos y que empieza a circular en algunos quioscos de esta capital: “Particular”.

¿Será un aviso que debamos leer entre líneas y deducir que por fin se privatizará toda la educación que se ofrece en México? No, no. Aunque en la portada de esta nueva revista aparece la fotografía de cinco adolescentes pertenecientes a una escuela privada de la ciudad de Xalapa; ellas, guapitas, acicaladas y bien atentas a la clase que un profesor imaginario (porque no lo vemos) les dicta. ¿Será entonces que queda bien claro el tipo de lector a quien el material va dirigido? No, tampoco, esas no pasan de ser meras especulaciones. Además, “Particular” cuesta treinta pesos, tendrá una circulación bimestral y luce un consejo editorial integrado por cuatro reconocidos administradores de la educación en el estado de Veracruz: Marcelo Ramírez Ramírez, Ragueb Chaín Revuelta, Tomás Rodríguez Pazos y Abel Juárez Martínez.

En su número uno, correspondiente a los meses de septiembre y octubre de este 2006, la revista tiene cuarenta y ocho páginas —sin contar tapas y forros— pulcramente impresas sobre papel couché, o para que me explique mejor, papel del caro. La calidad de sus materiales físicos y la de su contenido se dan un mano a mano, aunque la orientación de la mayoría de sus artículos está enfocada precisamente al sector de la educación privada en el estado de Veracruz, porque de eso se trata la revista. Según la editorial de esta entrega: “...inicia descubriendo y encontrando nuevas fronteras de la educación, algunas definitivamente peculiares [y cómo no, hay quien ha salido millonario tras invertir en el negocio de las escuelitas privadas, ¿o es mentira?], ya que en este servicio en general hablamos de pequeños colegios ubicados a todo lo largo del estado...” Un dato relevante que aporta el mismo texto editorial es que en el estado sólo tenemos 2,038 centros educativos bajo el control privado; que dan trabajo a unos 21, 000 docentes y un sueldo a cuentagotas, esto último es, por supuesto, añadido mío.

A esto se le llama pensar bien hacia quién se dirige una publicación. Si calculamos que cada centro “privado” está en potencia de adquirir dos números...
Y como toda revista temática, pues claro está, habla de educación, aunque no por eso hacen feos a secciones como la cultura y el turismo. Las firmas de su primera entrega son de plumas experimentadas y algunas, impecables. La intención es buena, proporcionar información al sector privado y al usuario; pese a descontar que algún futuro número se dedicara a un análisis de la calidad que ofrecen muchas escuelas... ya saben ustedes, las “patito” o los institutos “Vázquez”.

Para quien guste conocer la revista, hoy es una excelente oportunidad. A las 19:30 horas se presentará en las instalaciones de la biblioteca Carlos Fuentes (calle J.J. Herrera 6) en pleno centro histórico de la ciudad de Xalapa. La comentarán tres viejos lobos de mar: Ricardo Corzo, José Guillermo Trujillo y Antonio Alarcón Camarillo. No dude en conocer la revista, tomarse una copa de vino y departir con la crema y nata de la administración educativa
en Veracruz.

jueves, octubre 12, 2006

América... continental y sus islas


Doce de octubre, día de la raza, todos los viejos se van a la plaza. ¿Quién descubrió América? Cristóbal “culón”. Indique los nombres de los reyes católicos: Vicente Fox y Martha. Ay, si nos hubieran conquistado los ingleses, pero no, fueron los españoles y por eso somos tan ignorantes... ¿Se le hacen conocidas estas frases?

El descubrimiento del continente americano no fue un simple hallazgo o un mojón que el navegante Colón encontrara en su camino a las “Indias”. A partir de que Pinzón gritara el “tierra a la vista” la concepción del hombre fue otra, y no la de ese marino que junto a sus compañeros llevaba tantos días a la mar y aún más historias en la cabeza. Porque ellos ignoraban la redondez del planeta y los pocos que habían observado un mapa en su vida, sabían que allende los mares sólo encontrarían el abismo, pero antes, lo funesto, seres monstruosos y fantásticos. ¿Ignorantes? ¿Brutos? ¿Salvajes? No, hombres de su época: iletrados, sin muchas nociones del aseo, con mentalidades absorbidas por el miedo al más allá y provenientes de un reino muy recién unificado. A diferencia de los que hoy tripulan las naves de la NASA —muchos son doctores en física, además de atletas de alto rendimiento— aquellos buscadores esperaban sólo una ruta segura, pero no sabían...

Encontraron un continente que puso de cabeza a la intelectualidad, a las mentes más brillantes de su tiempo. Cuando los pensadores tomaron conciencia de lo que habían encontrado aquellos marineros andrajosos capitaneados por un hombre arriesgado y ambicioso, entonces la Teología y todos los conocimientos tuvieron que enfrentar una revolución tan necesaria que parecía que todo lo anterior era una cruel mentira. Un nuevo mundo, porque a diferencia de los seres humanos que hallaron, todo era inédito, fresco, flamante, exótico.

Se dice que antes del marino Colón fueron otros los que, siglos atrás, llegaron a las costas del continente desconocido. Un tal Leif Ericsson (Eric el rojo) y sus vikingos pudieron arribar, pero ello no cambió en nada, no significó la fundación de un nuevo orden y ni siquiera la revolución del pensamiento. Lo que marca la diferencia a ese acontecimiento del sucedido en 1492, es que a partir de entonces la historia del hombre, de la humanidad, estaría casi completa. Desde hace poco más de quinientos años los significados comienzan a experimentar la universalidad y la visión global del planeta. Y aquello vendría a llamarse América.
Y América no es nativa ni extranjera, es un crisol de encuentros, dolorosos, profundos y extraños. Es la mezcla de etnias propias y fecundadas por África y Europa. ¿Y los europeos de dónde venían? Si rastreásemos los orígenes de cualquier tripulante de cualquiera de las tres carabelas, encontraríamos rasgos de romanos, griegos, árabes, judíos, iberos, godos... latinos, germanos, paganos... casi una oración, un rezo que no conduce a la comprensión de Dios sino del hombre. Y la única forma de propagar la especie humana, de fundirla, de reinventarla una y otra vez, de continuarla en sus mitos y sus historias, es mediante el sexo ejercido por un hombre y una mujer. No hay otra forma, aún. Lujuria, pasión, temperamento, entrega, amor, fidelidad, calentura, acostones, lubricidad, jadeos, violencia... ¿cuántas otras formas hay para nombrar nuestros orígenes

miércoles, octubre 11, 2006

Policías y ladrones, al papel


La tradición inmediata de escritura de novela policíaca en México corresponde a Paco Ignacio Taibo II. Su personaje Héctor Belascoarán ha traspasado la zaga de novelas y llegó a la pantalla grande, encarnado por un Pedro Armendáriz (hijo) que lució poco y con ello logró que la intención por fundar un cine “negro” nacional terminara en un remedo de película de ficheras, pero con argumento. Sin embargo la intención del segundo Taibo no se puede evaluar por los resultados de un filme, cuando su necedad apunta a que una de sus obsesiones literarias es el género policial —para muestra sólo vale mencionar La semana negra, que se celebra anualmente en Gijón. No querrá decir que sea el único, hace casi un año Sergio González Rodríguez iluminó las librerías y las cajas registradoras de las librerías Gandhi y Sanborns tras el lanzamiento de su última y quinta novela “La pandilla cósmica”, de la que el autor dijo que la mitad es realidad y la otra ficción.

Con lo anterior he querido permitirme una breve constancia de que en México la literatura policíaca es un género que si cuenta con escritores, pues claro está que debe contar con un buen número de lectores. Y la operación cierra si pensamos en que los editores muestran interés por la publicación de estos materiales. Conclusión: aún es negocio dedicarse a resolver crímenes, aunque sea en papel.

Es probable que esto lo hayan comprendido desde el corazón del Instituto de la Policía Auxiliar y Protección Patrimonial para el Estado de Veracruz (IPAX). Probable y extraño, porque a los titulares se les ocurrió convocar a un concurso de novela y cuento policíaco, abierto a escritores residentes en territorio mexicano. No van solos, es cierto, pues se han apoyado en instituciones culturales a nivel estatal y nacional y en resumen, pues que el mosquito del género negro ya está picando a muchos —las bases se pueden consultar en la página electrónica ipax.gob.mx— que tienen como plazo de entrega hasta el día quince de diciembre del año en curso. La carnada es atractiva: cincuenta mil pesotes y la publicación de la obra, en el caso de novela; veinticinco mil, en el caso del cuento ganador y otros pilones para segundos premios y menciones honoríficas.

Menudo lío será el del jurado, pues del plazo de recepción de trabajos al de premiación sólo dista un mes, días que coinciden con el calendario más festivo del año. Pero los concursantes tienen la certeza que la espera no será demasiada; de acuerdo con la convocatoria, los premios se entregan el día treinta de enero de 2007, y para entonces ¿ya estarán editadas las obras ganadoras? Bueno, responder a la pregunta ya es buscarle peras al olmo o la clásica búsqueda de los tres pies al gato. Eso ya lo veremos y también el asunto de que si este será un premio anual, bienal o religioso —sobre lo último, me refiero a esos que suceden cada vez que Dios quiere.

Lo que va a ser interesante es observar la respuesta que tenga la convocatoria. Claro, no constreñirnos a que el imaginario del país sólo puedan habitarlo los émulos de Gervasio Robles Villa (El Pantera, ¿se acuerdan de la historieta?). ¿Quién nos dice que frente al teclado de un ordenador no trabaje ya un Georges Simenon a la mexicana?

martes, octubre 10, 2006

Pásele

Llegamos en el tiempo donde siempre hay cosechas y la gente no camina por las calles. Parece y es casi un pueblo en que uno tiene la necesidad de convocar a los fantasmas para que alguien lo habite. El Crucero.

Hace calor, estamos en la tierra caliente. La primera impresión es revisar el recuerdo para recomponer todo el origen. Coinciden parcialmente las versiones escuchadas: dos calles de terracería, aquí fue donde se conocieron los abuelos. Justo en alguna de estas dos calles él le “aventó los perros” y ella aceptó complacida a una vida que se prolongaría poco más de cincuenta y cinco años.

La casa materna. Un eslabón de viejas columnas y techos altos, de vigas ya podridas por donde precisamente tendría que deslizarse la mazacuata, un reptil encargado de comer ratas y ratones. Las paredes tapizadas con retratos ovalados. Habitaciones angostas pero largas. Otra puerta y tras ella el patio de la casa grande. Atrás las viejas caballerizas convertidas en chiqueros.

Percibo el aroma de un “Raleigh” y pienso que no hay mejor forma símil del humo de un puro para evocar la aparición de otro fantasma: Joaquín Lagunes, el viejo color de cera y ojos azules, alto, delgado, altivo y su fuete en la mano.

En Xalapa, a la abuela le hubiera gustado ver los cambios en el jardín. El paseíto de piedras de río, flanqueado por helechos y tímidas flores de Belén. Como por ejemplo, mirar que por fin han derribado los pinos altos, delgados, amenazantes; y que en su lugar quedaran esos claros sobre el jardín o finca bañados con la luz solar directa.

Su historia es como la de algunas viejas que quedan. Nieta de un cacique venido a menos por manos, balazos e ingenieros topógrafos que trajeron los agraristas. Hija de dos mitades; hija única de Rita Lagunes y de Maximiliano Lagunes. Soberbia de mirada y en sus memorias: “Yo viví en la ciudad de México y ninguno me cuenta cómo era el Xochimilco de los años cuarenta. Como era que, para el pago de luz en la Compañía de Luz y Fuerza tenía necesidad de treparme en dos camiones, el de San Cosme y Candelaria”.

Tampoco ninguno le contaba cuál era la sensación de sufrir en la espalda los treinta varazos ejecutados por su profesor, cuando vivía en el rancho. Ni de sus trampas: vigilar al abuelo Joaquín para dar con el cajón exacto donde se guardaban las monedas de un centavo, “el ripio” y comprar dulces. O amasar pétalos de rosas para mezclarlos con panela o desmenuzar los puros de la gente grande para liarse sus propios cigarrillos.

—¿Qué tanto miedo le agarran a los muertos? En el rancho se apagaban los candiles y a dormir. A veces oías tiros y con eso ya sabías que al otro día habría difuntos y al panteón. Eso sí, un lado para los ricos y otro para los pobres. Lo más curioso fue que a tío Pancho, el que inventó la división, fue enterrado del lado de los pobres.

Pero aquí venimos una vez más a recordar. El cementerio está más solo, la hierba devora a los monumentos de los olvidados y las flores son escasas.

lunes, octubre 09, 2006

Almíbar y fruta seca


(Fragmento)
Evidente, Felipa había muerto. La cocina olía a una mezcla de grasa quemada y leche agria, descompuesta; desorden que ella jamás hubiera permitido. Y por si fuera poco allí estaba el tenedor que manipulaba Esteban y cuyos picos sólo removían el arroz de un lado para otro, con el desgano de quien ha perdido el apetito y la curiosidad por separar los granos de elote y los cubos de papa. Aquel guiso era, a su parecer: incomible. Bastaba con tenerlo unos segundos en la boca para que el paladar comenzara a percibir la resbalosa consistencia que le daba una exagerada cantidad de aceite de cártamo. Él no podía tragar un bocado sin la necesidad de acudir, inmediatamente, a darse un generoso trago del refresco que dos hielos en forma de rombo enfriaban la primera cuba del día.

—A ese paso vas a terminar más borracho que satisfecho— le dijo Natalia. Estaba a punto de reclamar esa dardo envenenado con ironía cuando advirtió que su esposa también se pasaba el tiempo jugando con la comida. Pronto cumplirían los once años de aquel matrimonio y era casi la primera vez que durante las benditas tres y media de la tarde, discutían por la ausencia de sazón en un platillo.

—Ayer la crema se me pasó de sal. Es normal porque sabes que no es temporada de chícharos y como insististe tanto, no me quedó más que abrir una lata.— A Natalia la situación la divertía más de la cuenta porque no era precisamente “ama de casa” y a su manera de pensar, mucho hacía con la intención de convertirse en cocinera, de la noche a la mañana. Felipa hacía falta, mucha; eso lo pregonaba desde la reorganización que tuvieron que hacer en sus horarios hasta la resequedad que acusaba la tierra de las macetas, donde tres semanas atrás florecían con resplandor los anturios y los tímidos capullos de los tulipanes de Indias. Pero ella no leyó que en la información nutricional de la etiqueta decía que los chícharos estaban “yodados” y también la mantequilla aromada con hierbas, y también el cubo de concentrado de pollo y por eso se le hizo muy práctico rociar con tres cucharaditas de sal al espeso caldo verdoso que comenzaba a despedir los primeros borbotones. “La otra incomible bazofia de este día” pensó Estaban al instante que su cuchara rompió la humeante placidez del horizonte verde que se veía en su plato sopero.

—Pero ni has probado “tu arroz”— rió Estaban.
Natalia no respondió. Si era una broma, pues lo era, pero de mal gusto. Quería ver a Esteban sacudiendo sus maltrechos calcetines en el mismo instante que, ahora, ella descolgaba del cordón donde pendían para secarse. Dos o tres golpes decisivos y certeros al aire y luego, tras percatarse que no la miraran los vecinos, olerlos; sí. Ella tenía que estar segura de que en esas “fundas para pies” no quedara un mínimo rastro del característico aroma que los zapatos (forro de piel y suela de goma) de su marido despedían. Y luego extenderlos a manera que no perdieran su elasticidad para después enrollarlos con la curia de una monja y formar con ellos una pelota suave y protectora, capaz de abrigar los embates del caminar, de la sudoración y la fricción constante... “Tu arroz” se trataba de un tema de niños si ella lo comparaba con los días y los trabajos que le costaba mantener la casa en orden. Claro está, tras la muerte de Felipa.

Y en aquella posible discusión estaban cuando Esteban se puso de pie para caminar hasta la alacena.

viernes, octubre 06, 2006

Los 99 de Francisco Gabilondo Soler, Cri-Cri

El espacio es limitado. Voy a transcribir un extracto que realicé del artículo ¿Quién es el que anduvo aquí? escrito por la periodista Elvira García en la revista Tierra Adentro, números 137-138. Un mínimo esbozo biográfico sobre un hombre que escribió canciones con las que crecimos muchos, pero muchos niños mexicanos: Francisco Gabilondo Soler, Cri-Cri… Al grano:

Francisco Gabilondo Soler tenía espíritu aventurero y alma viajera. Nació el 6 de octubre de 1907 en Orizaba, Veracruz y se fue de este mundo el 14 de diciembre de 1990. La suya, sin duda, no fue una existencia fácil. Precisamente porque quería hacerlo todo, porque era un curioso innato. Su hija mayor decía: “…era un hombre muy estudioso… pasaba horas y horas en el piano, leyendo libros, componiendo y estudiando”.

Quizás su mayor pasión era descubrir estrellas y nebulosas; eso lo mantuvo emocionado hasta los últimos años de su vida. En las más de seis décadas que Pancho Gabilondo se dedicó a la astronomía, descubrió uno que otro cuerpo celeste, ninguno de los cuales lleva su nombre o apellido. Con el tiempo, fue nombrado presidente honorario de la Sociedad Astronómica de México.

Antes de convertirse en Grillito Cantor (el 15 de octubre de 1934 creó a Cri-Cri) Gabilondo Soler fue boxeador y torero. Asistió a la Academia Naval Weems de Maryland, donde obtuvo el grado de capitán de corbeta. Con esa preparación se hacía a la mar en embarcaciones de amigos. Contaba: “Hice bonitos viajes en barcos de personas adineradas que, como no sabían navegación, llevaban navegante gratis; no tenían que darme más que comida…” Unas veces como Cri-Cri, otras como pianista de jazz anduvo por las estaciones de radio de Buenos Aires, intentando ganar dinero.

Agotaba sus ansias de marinero y regresaba a lo que era su seguridad económica y su estabilidad profesional: la radio y Cri-Cri. Ya en los años cincuenta, la fama lo alcanzaba a partir de éxitos como La Patita, El Ratón Vaquero, El Ropavejero, La Marcha de las Letras, Lunada, La Negrita Cucurumbé y tantas. Compuso más de 170 canciones de las cuales tal vez cincuenta son cantadas por generaciones y generaciones de mexicanos.

Escondido en un rincón del estado de México, fue hasta sus últimos años ese maravilloso señor que nunca supo estar quieto o dedicarse a una sola actividad…

Hasta allí el artículo de Elvira García. Y ¿qué harían sin el grillito cantor las maestras jardineras? Los mexicanos —al menos los que tenemos de treinta en adelante— recuperamos, seguramente, algo de nuestras infancias cuando escuchamos que las canicas rodaban en cada escalón… Claro, hay que cerrar los ojos y añorar un berrinche, entonces me cantaban que el señor Tlacuache (canción: El ropavejero) andaba pregonando en las calles que compraba, cambiaba y vendía desde comadres chismosas, vecinas latosas hasta chamacos llorones.

¿Nunca se pusieron remilgosos a la hora del desayuno? Pues allí estaban las madres o las abuelas recordándonos alguna de las canciones de Cri-Cri: “Ay mamá, mira a María, que me trajo la leche muy fría”. Y cuando las primeras palabrotas (en lo particular, ya después se me hicieron costumbre) pues cierto, había un deslenguado al que tundían.

Las letras creadas por Francisco Gabilondo Soler, para ser cantadas por el grillo Cri-Cri, dan cuenta de una verdadera lotería… el mundo visto a través de la música, poesía cotidiana del imaginario dirigido a los niños.

jueves, octubre 05, 2006

Y Mambrú se fue a la guerra


Siempre he neceado con la idea de que la lectura debe servir para algo; de lo contrario es un adorno como tantos otros. Es decir, si un libro es para que los estantes de caoba luzcan mejor, está bien —después de todo el libro es tan objeto como un disco, una carpeta tejida por la abuela o una baratija de feria— pero si la finalidad de comprarlo, es para leerlo, pues ya hablamos de otra situación. Y esto de libros y lecturas me recuerda a cuando uno visita al nutriólogo, existimos los obesos de tercer grado y también los raquíticos, de todas formas tanto uno como el otro están desnutridos, o “mal comidos”.Conozco a lectores que se declaran serlo: por vicio, por oficio, por devoción, por soledad, por haraganear un poco y en última instancia (el mayor número en este país) por obligación escolar.

Y como la oferta es tan variada y el consumidor tan escaso, a veces resulta complicado hallar con quién charlar sobre la última novela publicada por Rosa Montero, o por el tratado de Eugenio Trías, inclusive, la insólita historia rompe corazones de Corín Tellado. Entonces uno se pregunta ¿para qué demonios sirve leer cuando uno ya no está en edad de asistir a la escuela? Demos de santos y diablos, que para el caso es lo mismo, que aún el público adulto “no obligado” a leer sigue consumiendo periódicos y revistas y que dos o tres curiosos leen artículos como éste.

Pero como siempre, me desvío del tema. A lo que me refería en el inicio es que uno debe encontrar utilidad a los materiales que se leen, de sacarles el provecho necesario. Fíjense ustedes que antier esperaba el autobús cuando a lo lejos observé que se acercaba una vecina más conocida por los peligros de su lengua que por sus actos de caridad. Era ya muy tarde para evitar el saludo o fingirme ocupado y mientras ella me plantaba el tímido besito en el cachete —porque si era la “mejilla” tengan por seguro que no le pondría la otra— empezó con su interrogatorio. Por suerte, hacía una hora que había concluido la lectura de un capítulo sobre el fenómeno de la piratería en México, así que manos a la obra, la charla aminoraría la pesadez de esperar el autobús...
—¿Y cómo has estado, mijo... y la chamba?
—Bien, muy bien (¿por qué habrá quien no se conforma con monosílabos?)
—¿A poco ya no trabajas en oficinas?
—No, fíjese usted que pagan tres pesos. Ahora me dedico a vender discos piratas: música, películas y los videos de los conciertos... soy como dicen: “mi propio patrón”.
—Pues te irá ré bien, ¿no?
—Ni crea, la cosa no es tan fácil, más cuando hay redadas. Lo bueno es siempre nos dan el “pitazo” y logramos salvar la mercancía.
—Y la escuela, ¿dejaste los estudios? (con la facha de maestro rural o de seminarista arrepentido que me cargo. Y aún así me lo pregunta, mientras ve que llevo colgado el portafolio de “cura pobre” como me dice una amiga)
—Sí. Pero viera, ahora los maestros de la universidad son mis mejores clientes. Como les consigo películas de sus tiempos, pues andan locos, y de a veinte pesos el disco ¿quién no se anima? Lo malo es que no estoy establecido y comparto el local con un “cuate”.
—¿No estás en una organización?
—Qué quisiera, pero no dejan, ya están bien amafiados y como ese canijo ya tiene los “contactos”, pues me esperaré a que abran otro mercado y a ver si me toca.
—Ya viene el camión, ¿te vas en ese?
—No, espero el otro.
—Adiós, mijo, y échale ganas.

Leer para creer. Aunque pensándolo bien...

lunes, octubre 02, 2006

Paco Córdoba, a donde no hay puertas ni ventanas


¡Yo tengo que dejar las bellas flores,
tengo que ir en busca del sitio del misterio!
Anónimo de Chalco


Su mano trazó una línea horizontal y tras el recorrido quedaba dibujada una persistente “raya” de gis. No se trataba de una simple recta sino más bien de la división existente entre el inframundo y el supramundo; en todo caso se trataba de la tierra, donde los hombres vivos pueden hacen de las suyas a pesar de los muchos lamentos que se incluyen en la poesía del tlatoani Netzahualcóyotl. Porque se decía entonces que las almas de los hombres no se condenan a la eternidad por su comportamiento en la vida; sino que por la forma de morir, llegan a un sitio destinado para todos aquellos que han coincidido en ese acto. Quien muere relacionado con las enfermedades o males del agua —como la hidropesía, o ahogados— van a parar al Tlalocan, la casa de Tláloc, el señor del agua y allí, únicamente se bebe, se ríe y se canta.

Era la concepción que los antiguos mexicanos tenían sobre la muerte. No se trataba, como tras la conquista y colonización española, del viraje que se obligaron a dar tales creencias. A partir de allí, el cuerpo es la cárcel del alma y cuando se muere, el alma irá a parar sólo a tres sitios posibles: infierno, purgatorio y cielo. Y esto depende, por supuesto, del comportamiento que el ser viviente demostró en la tierra. Para la religión católica de entonces, era inconcebible que el sol hiciera un viaje diario a través de veinticuatro escalones y por lo tanto, tenía la posibilidad de gobernar majestuoso por el cielo, pero también de entrar en los dominios del terrible dios Mictlantecuhtli, el descarnado, el señor de los muertos —para fines de mes, desarrollo ese tema.

Y para cuando las explicaciones iban y venían, ya habían sucedido no menos de tres o cuatro bromas; algunos dichos de su tía Adelina y una sonrisa que si no invitaba a descubrir cuanto él decía (de memoria), sí mantenía la atención de sus pupilos en la facultad de Historia. Se trataba del antropólogo Francisco Córdoba Olivares, encargado de los cursos de Mesoamérica y de organizar, año con año, la ofrenda de muertos —o los “altares de vida”, como a algún pedagogo mamón le dio en llamar— y de repartir los tamales, durante el numerito de la muestra.

Nadie le llamaba por su nombre. En el área de Humanidades era, como la Adelita, “famoso entre la tropa”. Si no se le veía, por sus voz sentenciosa —con la correspondiente malicia— y las risas que provocaba a su paso, todos sabíamos que se trataba de Paquito Córdoba y la tía Adelina para arriba y para abajo. “No les vaya a pasar como a mi tía Adelina, que por dejarse bajar las naguas, siempre creyó que era el diablo...” Pero cuando entraba al aula, el periodo prehispánico y los dos primeros de la Colonia, se convertían en una narración fabulosa que siempre terminaba en la fantasía y en las bromas. Entonces el maestro decía: “No lo digo yo, así lo dice Bernal Díaz de Castillo, aunque ya el desmadre es mío”. Pero también hablaba de su pueblo, de su Naolinco, y de sus investigaciones en Otatitlán.

Quizá algunos no estaban de acuerdo con su método, porque decían que sólo repetía lo escrito en los libros; pero hasta la fecha, no encuentro otra forma de hablar sobre lo que me fue imposible vivir, como la caída de Tenochtitlan, por ejemplo. Con él, aprendí mucho y también me reí mucho; fue mi profesor durante año y medio y un maestro siempre cercano, accesible. Hace unos día me enteré de su muerte, es una pena. Paco, ya jubilado, tomaba cursos de actuación y me había prometido avisarme para cuando estrenara su primera obra. Ya no se pudo, el maestro se ha ido a la casa que no tiene puertas ni ventanas.